Vacaciones con Ginebra

Hace algunos años, durante la universidad, conocí a Ginebra; una peliroja de figura rozagante, llenita pero esbelta, con un cuerpo exuberante. Gordibuena, le decían algunos; gordisensual le decía yo, gordimala, se definía ella. Unas caderas prominentes que competían con su busto, excelso, no tenía grasa, tenía carne y en abundancia, repartida amable y afablemente en sus 175 centímetros de altura. Me encantaba ir a su lado si regularmente me miraban los chicos, los hombres y las mujeres, con ella era indudable que recibiríamos algún piropo. “¡Mamitas!”, “¡Sabrosas!”, “¡Qué culos!”, algunos, incluso, hasta subidos de color: “¡Hermosas, les gratino los molletes!”, “¡Si así está la cola cómo va a estar la función!”, “¡No tengo pelos en la lengua porque no quieren!”…

También lo que distinguía a Ginebra eran sus ganas de coger todo el tiempo, tenía colocado el chip de “quiero esa cosa en mi agujerito”; tipo que veía, tipo que se cogía. Lo que no sabía era que no sólo le gustaba la carne masculina, era pragmática, y según yo podía masticar cualquier cosa que se moviera; y eso lo averigüé yo, a costa de mi propio cuerpo.

Nos habíamos escapado a una playa para poder olvidarnos de todo. Yo había roto con mi novio y ella se ofreció a sacarme de la crisis. Nos pusimos los trajes de baño y nos tumbamos en la arena. Ella usaba un bikini tan descarado, un tanga que apenas le cubría la vulva, y un bra top que dejaba casi a l descubierto sus lechosas tetas; yo por mi parte no estaba tan recatada pero era menos evidente que el de Ginebra. “Chiquita”, me dijo, “pero que buenas carnes tienes.” Y unió la galantería a la acción de acariciarme una pierna con bastante tino y morbo que me hizo estremecer.
“Uy mira que macho está ahí,” me decía de repente, “yo sí me lo tiraba”, concluía. “Soy capaz de ir por él y echarlo en la arena”, empezó a decirme mientras me acariciaba la pierna desnuda con su mano, “le saco su enorme verga y me la trago toda hasta que se venga en mi boca”. Sin dejar de ver al chico su mano subía sin pena sobre el interior de mi muslo hasta colocarse sobre el calzón del bikini, “entonces me metería esa sabrosa verga en mi chocho, hasta que me hiciera correr de gusto, “su dedo ya jugaba con mi chochito que empezaba a humedecerse. Ginebra, le recriminaba, al mismo tiempo que le soltaba un manotazo.

La tarde iba entre la playa y los bares con mucho alcohol, pero eso no mitigaba mi pena de separación. Fue una noche, que pensé que Ginebra estaba dormida, cuando me solté a llorar por el idiota que me había dejado. Tan concentrada estaba en mi pena que no sentí cuando Ginebra se levantó de su cama y fue a meterse a la mía. Sentí su enorme y cálido cuerpo abrazándome, me cobijó con tanto cariño. Sentí sus enormes tetas embarrarse contra mi espalda. Tarde en percatarme que ella no traía nada de ropa. “¿Estás desnuda?” “Calma, no pasa nada sólo es un abrazo”.

Y era verdad, sólo me estaba abrazando pero no sé si fue mi soledad, mi enojo, momentáneo, contra los hombres, mis ganas de sentirme alegre nuevamente que fui yo quien empezó a acariciarla. Me voltee, puse mi rostro frente a ella, nuestras tetas se rozaron, pude sentir su pezón inflamado tocar el mío. Quise explicarle que yo nunca… pero fue como si me leyera la mente: “Lo sé, amiga, no te preocupes, sé que no es lo tuyo, pero te traigo muchas ganas”. Y sus ganas se volvieron acción.

Acaricio mis tetas con sus enormes tetas, sentía su carne abundante sobarse contra la mía. Su calor, el sudor que nos empezaba a correr, fino, húmedo, caliente. Su boca se planto en mi boca, me sorprendió, era un beso suave, frágil y feroz a la vez, sus dientes me mordisquearon, me halo el pelo con cierta fuerza, metió su boca entre mi cuello. Me abandone a sus besos que recorrían mis tetas, mientras las suyas se posaban en mi vientre, casi en mi cadera. Comía golosa y tiernamente, pasándome su lengua refinada, haciéndome gemir muy temprano con su avariciosa boca. Chupó, succionó y llenó mi piel de su saliva. Me dejé hacer me abandone a mi goce. Sus manos apretujaban mis nalgas mientras lamía mi vientre y mi ombligo. Acarició con su lengua mi sexo depilado, unas caricias que me hicieron volar, mientras sus manos oprimían mis nalgas, exprimiéndolas y acercándome más a su boca. Orado mi vagina, metió su lengua tocándome con placer, haciendo que mi cavidad se llenara de efluvios. Acariciaba mis nalgas con suavidad y entusiasmo, recogiendo con los dedos mis fluidos para lubricar sus dedos y meter dos en mi ano, el cual primero acarició en rededor, para abrirlo lentamente con uno. Mis manos se crisparon en su cabello cuando sentí los dos dedos juguetear en mi interior. Giraban mientras salían y entraban como un tornillo indeciso. Sentí como con su lengua y sus dedos Ginebra me hacía explotar, haciendo que me corriera en su boca.

Estaba amarrada a su cuerpo rubicundo. Sus caricias me hacían flotar, manejaba mi humanidad como si tuviera resortes que solo ella pudiera tocar. Me acaricio con sus enormes tetas, tomo una de ellas y acaricio mi vagina con su pezón. Haciendo que me corriera de nuevo. Me beso, lengüeteo y mordisqueó por todo el cuerpo. Tomó mi dedo gordo del pie y se lo metió por la vagina cabalgando suavemente sobre él. Yo me reí dulcemente mientras ella me veía. “¿Quieres probarme?”, me pregunto. No sabía, nunca había tenido una mujer en la boca, pero verla cabalgar sobre mi pie mientras con sus manos masajeaba sus tetas, me antojó probar su vulva.

Era una dulce fruta, jugosa, cuando coloco su sexo sobre mi cara ya estaba sumamente empapada. Bese con inseguridad su saturada rosa, la lengüeteé y probé con ganas, con necesidad de acabármela. Mientras yo comía de su hermosa flor ella se doblo para volver a probar de la mía. Fue un festín de dos bocas. Quede tendida en el colchón, llena de pasión y jadeante, con su aroma impregnado en mi cuerpo. Entonces abrió sus piernas y las mías y le dio un beso a mi vulva con los labios de la suya, el contacto me estremeció, sentía como sus labios acariciaban mi sexo rozando constantemente mi clítoris de una manera tan tierna tan seductora que en ese momento pensé que jamás lo volvería a hacerlo con ningún hombre. La pasión que Ginebra puso en ese nuestro primer encuentro hizo que tuviera unos orgasmos formidables. Después nos quedamos abrazadas llenándonos de caricias, y terminamos profundamente dormidas.

La mañana me sorprendió llena de vida y ánimos, Ginebra me llenó de besos por todo el cuerpo. “¿Qué dices, amiga, hoy nos buscamos un hombre para cogerlo? Nos quedan algunos días de vacaciones. Y salimos. Ya les contaré como estuvo.

Publicado en: Relatos Lesbicos

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