Una primera vez con embrujo

El cabo Fontalta entró en su casa, cerró la puerta y echó el pestillo. Era el único en el bloque que hacía tal cosa; en la casa sólo vivían policías, de modo que ninguno de ellos ponía el cerrojo a las puertas y éstas sólo se cerraban a partir de cierta hora o cuando por algún motivo se necesitaba intimidad. NADIE estaría tan loco de entrar a robar o a hacer el gamberro en la casa cuartel de la Policía, aunque fuese la policía de un pueblo tan pequeño que el Cuerpo quedaba reducido a cuatro efectivos.

Una vez echado el pestillo, el cabo suspiró de alivio, se quitó la gorra y la colgó de la perchita que había junto a la puerta. Acto seguido, metió los dedos bajo su corto cabello castaño, soltó los prendedores, agarró el cabello desde la frente y tiró de él hacia atrás. Una lisa y larga melena castaña apareció, y el cabo meneó la cabeza para soltarla completamente, ¡qué alivio tan grande! Después de llevar la peluca todo el día, era un gustazo poder soltarse el pelo, le picaba toda la cabeza y le parecía tener agujetas en el cabello. Nadie debía enterarse de eso, como nadie debía enterarse de otras tantas cosas. Oyó pasos en el descansillo y cogió de nuevo la peluca, porque podía ser Fugaz, que vivía arriba… pero no, oyó la llave, era su Magda. Se apostó tras la puerta de todos modos, y cuando ella abrió, la tomó de los costados haciendo “¡BU!”

-¡Nim! – se rió ella – ¡Serás traidor! – Cerraron la puerta y se besaron. Sergio Fontalta y Magdalena formaban una pareja bien avenida. Aún no tenían hijos y muchos conocidos en el pueblo les solían decir que ya era hora de animarse, que pasando los dos de los treinta… pero al oír aquello, el rostro, habitualmente risueño de Magda, se ensombrecía. Nunca explicaba más, pero el interlocutor no insistía. Actualmente, ya nadie lo sacaba a colación.

Magda le acarició el largo cabello mientras permanecían abrazados y se besaban, de pie en el pasillo. Bruno, el capitán, cuando les veía encontrarse en la calle y saludarse con un largo beso y un abrazo, o cuando veía que ella bajaba a la comisaría a llevarle cualquier chuchería y se besaban, decía que parecían dos colegiales recién enamorados y les tomaba un poco el pelo. Buenavista, el sargento, decía que no eran más que ganas de llamar la atención, que él también quería mucho a su costilla y no necesitaba irse besuqueando por las esquinas. Fugaz, el joven cabo soltero, solía quedárseles mirando con carita de cachorro abandonado.

-¿Qué tal ha ido el día? – preguntó cuando por fin se soltaron – ¿Qué le ha pasado a Buenavista, por cierto? Porque parece ser que ha pasado un huracán por su casa… – bromeó. El sargento se había comido un caramelo preparado por Aura, la chica del chiringuito de quien decían que era bruja, y, nadie sabía cómo, pero el calmoso Raymundo Buenavista había tenido que ir urgentemente a ver su esposa y… digamos, expresar físicamente todo lo que sentía por ella. Y se lo expresó unas seis veces. Magda no había estado en casa en ese momento porque, a diferencia de Valentina, la mujer del sargento, ella no compraba una vez por semana y se pasaba el día en casita, sino que salía a comprar todos los días, a ensayar con el pequeño grupo de teatro, a la biblioteca, a su clase de manualidades, de música, de orientación espiritual, de yoga (lo que el sargento llamaba “conjuros” y usaba para picar a Fontalta)… Pero el no estar en casa, en un pueblo pequeño donde las noticias volaban y más si eran como esa, no era impedimento para enterarse de lo que había sucedido.

-Oh… oh, bueno… – titubeó el cabo, Nim, como de cariño le decía su mujer – Da gracias por que no estabas aquí… Nosotros abajo tuvimos que oírlo todo, ¡y me tocó a mí subir para ver si todo iba bien!

-¿A ti? ¿Para qué? – A Magda no le sorprendía realmente que le hubiera tocado a él; su Nim parecía tener algún tipo de imán para atraer marrones.

-Buf… después de un montón de rato dale que te pego, dale que te pego, de pronto, silencio completo. Te aseguro que creímos que se la había cargado a… a base de sexo. Así que alguien tenía que subir a ver si… bueno, y me tocó a mí… oh, uau… ¡qué corte!

Magda sonrió y le besó la cabeza. Nim la siguió hasta la cocina para preparar juntos la cena; su mujer había traído tomatitos de los que le gustaban, tres tipos de lechuga, queso de cabra y vinagre de Módena para hacer una rica ensalada, y leche, zanahorias y manzanas para hacer bizcocho para desayunar… Nim era vegetariano. No estricto, sí tomaba leche, huevos y miel, pero no comía carne, pescado ni marisco. Ahora que lo pensaba, era muy raro que Aura, que traía los bocadillos a la comisaría todos los días, siempre reservase un bocadillo sin carne para él, y sin embargo, el cabo estaba completamente seguro de que jamás le había dicho nada. De hecho, ni siquiera el capitán lo sabía… Buenavista sí, porque a veces habían cenado en casa de uno u otro, y había tenido que advertírselo. Para el sargento, que si una comida no tenía carne le parecía que no había comido, aquello era “una tontería de niños pijos que no saben lo que es pasar hambre, una posguerra os daba yo”, pero su mujer había sido tan amable de empollarse recetas vegetarianas y prepararlas para todos, y hasta Buenavista tuvo que admitir que le gustó la cena… Nim estaba divagando otra vez, le ocurría siempre, tenía que centrarse en que Aura sabía o al menos parecía saber que era vegetariano y él no se lo había dicho. Salvo el sargento, nadie en el pueblo lo sabía, y él era el primero que cuidaba que no se enterase nadie… ¿no era aquello otra señal de que efectivamente era bruja, y podía, quizás…?

-Magda… eeeh… quería decirte algo.

-¿Si? – contestó ella distraídamente, llevando los vasos a la mesa mientras él terminaba de aliñar la ensalada.

-Pues… he pensado que… – Magda se quedó clavada en el suelo mientras una sirena de bomberos sonaba en su estómago, “malo, malo”. La joven quería muchísimo a su marido, pero cada vez que decía pensar, no era para nada bueno. No quería recordarlo, le parecía un reproche injusto, pero no podía evitar recordar que toda su forma de vida actual había empezado con un “he pensado que”. – Bueno… acerca de… lo que tú y yo sabemos, pues… Pues que quizá tenemos la solución muy cerca, y resulta que no lo sabíamos.

-¿Solución? – Magda tenía ojos muy tristes. Como siempre que él sacaba el tema.

-Aura. To-todos dicen que es bruja, yo ni lo creo, ni lo dejo de creer, pero… – Nim gesticulaba abriendo y cerrando las manos, los brazos alzados hasta el pecho, como siempre que se ponía nervioso y quería hacerte entender que estaba entusiasmado, que tenía esperanzas en algo, que ahora sí iba a funcionar y todo saldría bien – si hubieras visto a Buenavista esta mañana, si le hubieras visto correr… Si ha conseguido que el sargento tenga esa reacción, a lo mejor…

-Nim. – su mujer negó con la cabeza – Me estás diciendo, ¿Qué allí donde fracasó un médico, un hombre con estudios, un hombre de ciencia, una persona que se basa en pruebas y hechos comprobados… tienes esperanzas de que triunfe una cantamañanas? ¿Una timadora que se aprovecha de la ignorancia de las personas para sacarles el dinero, y que afortunadamente les saca tan poco, que tiene que vivir del chiringuito y de hacer cestos? Nim, ¿de verdad quieres contar nuestras intimidades a una camarera de bar barato de verano?

El cabo dejó caer los brazos y puso cara de pastel chafado. Si Nim tenía el don de volar, Magda tenía el de hacerle aterrizar. Pero él sabía lo que había visto, él sabía que existían afrodisíacos naturales y él mismo los había tomado en alguna ocasión y se los había dado a Magda, y precisamente por eso, sabía que no tenían un efecto tan arrollador ni poderoso, y desde luego, no hacían milagros… Por Magda que hablaba con la mujer de Buenavista, sabía que éste llevaba una buena temporada muy tristón sexualmente hablando, estaba empezando a tardar en “presentar armas”, y de golpe y porrazo, zas, seis por el precio de uno. Aquello no lo hacía un afrodisíaco, ni la Viagra. Tenía que haber algo detrás, algo que no podía explicarse, pero lo pensaba averiguar… sin embargo, sería mejor de momento que Magda, no se enterase.

Se sentaron juntos a cenar y a charlar, y Nim no volvió a tocar el tema. Entre cháchara y bromas terminaron de cenar y recogieron juntos, y luego se sentaron un rato delante de la tele. Magda se abrazó a él y recostó la cabeza en su pecho, hasta que la respiración regular del cabo la amodorró. Nim la alzó en brazos para llevarla a la cama; Magda no llegaba al metro sesenta y se pasaba el día caminando o trabajando, no pesaba nada. La acostó, y cuando le echó la fina colcha por encima, ella le abrazó.

-Mi Nim… anda, ven…

-Eeeh… enseguida vengo, es que quiero acabar de ver la peli, está muy emocionante. – le besó la frente y se alejó en silencio. Antes de que él llegase a la puerta de la alcoba, Magda ya estaba completamente dormida.

Apagó la luz del salón y amontonó cojines en el sofá, de modo que si su esposa se asomaba, viese una sombra creíble. Se miró al espejo, llevaba la ropa de estar por casa, que estaba viejísima: una camiseta lavada en lejía con cuerda para hacer una espiral de colores que ya tenía la mitad de su edad, el jersey gris debajo y los pantalones marrones desgastados con los tobillos llenos de flecos y manchitas de lejía y pintura. Se puso las zapatillas blancas, esas tan viejas que ya eran grises, y se sacó el pelo de detrás de las orejas para echárselo por la cara. Genial. Quien quiera que le viese, no vería al cabo Fontalta, sino sólo a un hippi.

Salió por la puerta. Todo estaba en silencio. Subió a toda prisa al terrado, y desde allí, por la escalera de incendios, ganó la calle. Dio la vuelta al edificio y caminó con rapidez, a pesar de su camuflaje, no era conveniente que le viera nadie. Llegando a la playa, había más movimiento de bares y turistas, a pesar de lo avanzado de la hora y de que era día laborable, pero nadie le prestó atención. Finalmente, llegó a casa de Aura, una pequeña casita blanca en el centro de un terrenito en el que cultivaba verduras, hortalizas y lo que la bruja llamaba “las hierbas”. Nim sonrió. Al igual que la casa de la policía, la de Aura estaba siempre abierta, y muy probablemente por la misma razón: no habría nadie tan tonto de intentar algo contra ella. Se acercó, y llamó al vano.

Aura sabía que iba a venir alguien, aunque no quién, y por eso no se había acostado. Se acercó a la puerta y sonrió.

-Buenas no… – pero la sonrisa se le congeló – ¿Cabo Fontalta? – El citado se llevó un dedo a los labios con gesto a la vez de sorpresa y fastidio, ¡¿cómo le había reconocido tan rápido?! – No se apure, nadie más le habría conocido con esos pelos, ¿por qué no pasa? – sugirió, intentando contener la risa. El cabo entró y Aura cerró la puerta tras él. La joven bruja podía percibir el nerviosismo del cabo, y su incomodidad. No parecía que estuviese allí para leerle la cartilla por lo de Fugaz, sino para pedirle ayuda, de modo que se decidió a ser amable. Al fin y al cabo, Fontalta no era el borde de Buenavista. – Siéntese y diga, ¿en qué le puedo ayudar?

El cabo se acomodó en uno de los sillones del saloncito mientras Aura hacía lo propio en el sillón vecino. Sus manos se abrían y cerraban, y parecía buscar un modo de empezar.

-Verá, lo de esta mañana, lo del sargento… quería hablarle… ¿es usted bruja? – Aura le dedicó una mirada de párpados caídos y cejas elevadas. Chasqueó los dedos y una llama apareció en ellos, que la joven empezó a hacer aletear en la palma de su mano. Un “oh, uau”, se escapó de labios del cabo.

-¿Le contesta esto?

-Eeeh… ¿sí?

-Pues hace mal, cabo. – Aura apagó la llama aplastándola con la otra mano. – Es un truco, y cualquier ilusionista lo podría hacer. No se crea todo lo que ve.

-Pero… yo he visto a Buenavista esta mañana… usted… ¿usted me podría ayudar?

-Esa es otra pregunta, cabo, y por ahí tendría que haber empezado. ¿Qué sucede?

-Se trata de algo relacionado con mi mujer y conmigo y con… nuestra vida marital. – Fontalta bajó los ojos y se calló. Estaba rojo como un pimiento morrón.

-Cabo, va a tener que explicarse un poco más. – le animó.

-Verá… usted sabe que Magda y yo llevamos casados unos seis años, ¿verdad? – Aura asintió. Era el mismo tiempo que llevaban en el pueblo – Pues a pesar de eso, los dos aún somos vírgenes. – Aura no movió un músculo de la cara, pero su tono delató su estupor.

-Cabo, va a tener que explicarse un poco más. – le exigió. “Sólo espero no tener que ser yo la que te lo explique a ti” dijo para sí, ¿qué pareja lleva casada seis años sin probarlo?

-Esto va a ser complicadillo… Verá… Todo es mentira. En mi vida, todo es mentira, todo lo que todo el mundo cree saber sobre Magdalena y yo… es mentira. ¡Ni siquiera me llamo Sergio Fontalta! Me llamo Gerónimo Delrío, por eso Magda me dice “Nim”, de Gerónimo, Nim… Y ella tampoco se llama Magdalena, sino, a lo mejor su nombre le suena, se llama Blasa Castro.

Aura se levantó de un salto.

-Cabo, dígame que no es verdad. Que no es “esa” Blasa Castro… – el cabo rehuyó la mirada y Aura se volvió a sentar llevándose las manos a la cabeza. Ella, que sabía tantas cosas sobre los demás, que sin necesidad de preguntar podía saber tanto… aquello se le había pasado completamente por alto, jamás había mirado realmente al cabo y a su mujer. Había cometido un error infantil, el pensar que por parecer tan anodinos, eran realmente anodinos.

Blasa Castro era, o había sido, un estallido mediático. Unos seis años atrás, había desaparecido, al parecer secuestrada por un compañero de universidad, y el país se había volcado buscándolos, sin ningún éxito. La pareja parecía haber sido tragada por la tierra. Como aquello había sucedido tan lejos del pueblo, Aura no había tomado medidas, no se había molestado, para ella había sido simplemente un titular con el que se había armado mucho ruido, y que había ido desapareciendo paulatinamente después. También es verdad que justo aquél verano, había comenzado su trato con Bael, y en esos meses, su atención no estaba todo lo centrada que hubiera debido estar… Aura se dio cuenta de cuánto le quedaba por aprender todavía.

-Siga, cabo, cuéntemelo todo. – pidió. El joven tomó aire y pareció reunir valor. Falta iba a hacerle.

-Todo empezó en la Universidad. Ella tenía dieciocho años y yo diecinueve (porque esa es otra, tampoco tenemos treinta años, ella tiene veinticuatro y yo veinticinco). Nos conocimos allí, ella era timidísima, y yo también, y ella tenía un miedo increíble a que nos vieran juntos. A lo primero, nos comunicábamos dejándonos notas en libros de la biblioteca; ella me pasaba la signatura, y yo buscaba en ese libro, y la contestaba en otro… Nos costó semanas hacer algo tan simple como sentarnos en la hierba juntos.

-¿Qué le daba tanto miedo a ella?

-Su familia. – contestó, sin alzar apenas la mirada – Su padre y sus cinco hermanos. Ellos siempre la habían protegido, ni siquiera la dejaban hablar con chicos; una vez hizo amistad con un niño, teniendo unos diez años, y su padre le cruzó la cara al chico delante de ella y le hizo expulsar de la escuela. Su padre le había dicho que cuando fuese hora de casarse, él le presentaría “chicos formales” para que eligiera entre ellos. Ella me dijo que tuviese paciencia, que esperase, que ella iría hablando poco a poco con su padre y le prepararía, pero yo no quise esperar… Le dije que lo había pensado bien, y que iría a hablar con su padre personalmente, que no me daba miedo y que se lo explicaría.

-Y no se lo tomó así de bien, ¿verdad?

-Pues la verdad, yo no lo sé. – Aura le miró, inquisitiva – Es cierto. Yo llegué allí, le dije a su padre que era el novio de su hija y que tenía que casarme con ella, que había razones de fuerza mayor… – “serás bruto” pensó la bruja, pero se lo calló – Y ya no recuerdo más. Me desperté en la enfermería de la Universidad, con Magda llorando a mi lado.

-Y entonces usted y ella resolvieron fugarse, ¿es eso?

Fontalta asintió.

-Me dijo que su padre planeaba sacarla de la Universidad y hacer que estudiase en casa. No volveríamos a vernos… “Llévame contigo”, me dijo. “Llévame contigo”. Y me la llevé, aunque ni sabía a dónde.

-¿Cómo se escondieron, con todo el país detrás de los dos…?

-Donde podíamos. Yo tenía un pequeño equipo de cámping, ya sabe, tienda plegable, fogón de gas, sacos de dormir… así que íbamos campo a través casi todo el tiempo. Sólo nos acercábamos a pueblos pequeños para comprar comida o agua y algún periódico para ver si nos seguían la pista, y con frecuencia bajaba solo yo, si ella venía, era con una gorra mía que le tapaba casi media cara. Un día, menudo susto nos dimos, porque estábamos en una tienda pequeña, y entró la Guardia Civil, y nos paró… Yo casi me hago pis del miedo, y Magda me agarró de la mano con tanta fuerza que luego no podía ni mover los dedos… Y sólo querían decirnos que nos dejábamos el cambio. Qué mal rato…

-Ánimo, Cabo, eso ya pasó – Aura le ofreció un poco de vino, y Fontalta vació el vaso de un trago – Aquello no pudo seguir mucho tiempo, el dinero que llevasen, tendría un límite…

-Sí. Lo tuvo muy deprisa. Al cabo de un par de semanas, ya no nos quedaba nada, y seguíamos andando sin saber adónde ir, y seguíamos viendo su cara en periódicos y en todas partes. Magda decía que deberíamos salir del país, que aquí era cuestión de tiempo que nos encontraran y no podíamos vivir toda la vida como animales de campo… Y entonces, se me ocurrió venir aquí. Yo conocía el pueblo porque había venido aquí a veces de vacaciones, sabía que era pequeño y tranquilo, y que teníamos el mar ahí mismo; en el peor de los casos, podíamos salir del país… pero siempre nos ganaríamos mejor la vida en éste.

-¿Cómo llegaron hasta aquí?

-Las más de las veces, en el coche del Rey Fernando: un rato a pie, y otro andando. Pero seguíamos la vía del tren y a veces pasaba algún mercancías con un vagón sin cerrar, o podíamos coger algún autobús interurbano entre dos pueblos… lo peor, los Picos de Europa. Qué tres días… Comíamos de bocadillos; llegábamos a algún bar y decíamos que éramos mochileros. Con la pinta que llevábamos después de tantas semanas, nos creían. Nos ofrecíamos a limpiar platos, o a servir mesas durante una hora o dos a cambio de un bocadillo y agua para cada uno. Como sólo pedíamos comida, muchas veces nos la daban sin hacernos trabajar, pero aún así insistíamos. Un hombre en un bar, al que volvimos más tarde para agradecérselo, después de una hora de trabajo nos regaló dos salchichones y dos hogazas de pan. Sólo el pan nos duró casi seis días…

-¿Y cuando llegaron aquí, qué pasó?

-Pues poco menos que nos vino Dios a ver… Estábamos deambulando por el pueblo, y llegamos a la comisaría. Magda no quería ni acercarse, pero yo vi un papelote expuesto y me acerqué. Era una oferta de trabajo en prácticas para vacaciones, que contaba para las oposiciones a Policía Nacional. Me pareció una idea estupenda, porque así me enteraría de todo lo nuestro de primera mano. Entré y pedí información. Entonces aún no estaba el capitán Bruno, él llegaría al año siguiente, estaba d. Agustín, ¿se acuerda usted de él? – Aura asintió. D. Agustín había sido el antiguo capitán de la comisaría, un hombre tan educado que hubiera pedido permiso a los carteristas antes de esposarlos, si alguno hubiera habido en su carrera. Que no lo hubo. – Fue tan amable conmigo… después de todo el miedo que habíamos pasado, fue una maravilla. Él mismo, como había pisos vacíos, me ofreció a quedarme en la casa-cuartel, y cuando le dijimos que habíamos perdido toda la documentación en un incendio, nos hizo los carnés, las partidas de nacimiento… todo falso. Se creyó todo lo que le dijimos. A veces, aún me pesa haberle colocado todas esas bolas… Era principio de Agosto, y nosotros nos habíamos fugado en primavera. Medio país estaba de vacaciones, pero usted sabe que aquí, como es el norte y que si llueve, que si frío, viene menos gente. Había pasado el tiempo, las cosas parecían asentadas. Casi por primera vez, no veíamos nuestra noticia en la tele, ni en periódicos. Los dos estábamos agotados, pero felices. Nos sentíamos como si hubiésemos llegado al paraíso. Y entonces, llegó la “noche de bodas”.

-¿”Noche de bodas”?

-Durante el tiempo que estuvimos de fuga… los dos dijimos que no queríamos que nuestra primera vez fuese en mitad del campo, como dos conejos. Decidimos esperar. Y aquélla noche, la primera en el pisito, dijimos “ahora sí”. Pero fue que no.

-¿Qué pasó?

-Pues… que Magda estaba cerrada. Por completo.

-¿Vaginismo?

-Según el médico, no. “Sexo inmaduro”, lo llamó. Yo al principio, creí que era eso también, nervios, miedo… pero pasaban los días, pasaban los intentos, y no se podía. Y no era sólo por las noches, era todo el día… La pobre, cuando quiere hacer pis, a veces tiene que ponerse en cuclillas y abrirse, porque si no, no sale. – El cabo tenía cara de ir a echarse a llorar, y Aura le colocó una mano en el hombro.

-Cálmese, Cabo, ¿qué les dijo el médico?

-Dijo “no todo el mundo está capacitado para el sexo, ni se tiene por qué reproducir”. Eso fue lo que dijo.

Aura suspiró. Conocía a los dos médicos del pueblo. Uno de ellos, el más joven, era bastante amable. El otro… no. No lo era. Todos los de la franja 20-30 le habían conocido cuando aún era practicante y el que menos, no le saludaba por la calle.

-Según él, mi Magda tenía un cuerpo inmaduro, de niña, y no podría tener sexo jamás. Si lo intentábamos, probablemente no podría sacarla después y la rompería. La destrozaría por dentro. Tuvo la gentileza de darnos muchos detalles… Mi Magda salió de la consulta llorando a lágrima viva y pidiéndome perdón por ser…. – El cabo era un joven pacífico, más propenso a la tristeza que a la rabia, algo apocado. Y en ese momento, estaba estrujando el brazo del sillón. Aura se levantó.

-Cabo, supongo que usted y su mujer habrán tenido sus razones para no acudir a mí antes. No me interesa conocerlas, pero que sepa que llevan seis años perdidos. ¿No se les ocurrió siquiera consultar al otro médico? ¡Llegó aquí poco después!

-Magda ya no quiso. Dijo que ya pasó suficiente vergüenza y que ya nos habían dicho que no tenía remedio. Desde entonces, yo he probado algunas cosas, afrodisíacos, intenté hipnotizarla, juegos… nada funcionó – de nuevo su cara de pastel chafado, pensó Aura mientras buscaba en una estantería cerrada con doble llave – Sí, tenemos algo de vida sexual, no crea. Pero sólo caricias. Los dos nos quedamos bien, no crea que tengo queja, no soy ningún machista, ni un egoísta… es sólo que yo creo que puede tener solución, no es que yo sea uno de esos que sólo piensan en meterla, con perdón, sino que…

-Cabo, después de lo que me ha contado, si algo no se le puede llamar a usted, es egoísta. – le cortó Aura. Sonrió – No creo que Magda pueda tener queja del amor que usted le tiene.

Nim se sonrojó, pero al volver a mirar a la bruja, se sorprendió. Ella tenía los ojos húmedos. Quiso preguntarle algo, exactamente por Fugaz, pero ella le alargó una cajita redonda, metálica.

-Tenga. Es una crema. Úntela por el vientre, la cara interior de los muslos y la vulva de su esposa; no hace falta que use mucha, un poquito bastará. No es tóxica, pero si la traga, sepa que le dará muchísima sed. Efectos instantáneos.

-¿Qué… exactamente qué hará? – quiso saber el cabo.

-La felicidad de su esposa, cabo. – sonrió la bruja. – Pero más concretamente, lo que hará será distender los músculos que ahora tiene tensos y que le cierran el cuerpo.

Nim miraba a Aura y a la lata alternativamente. No acababa de creerlo, pero quería creerlo, lo quería de verdad. La joven sonrió y le condujo a la puerta.

-Generalmente, siempre cobro por adelantado, porque soy de la opinión de “favor otorgado, grato olvidado”… pero por esta vez, cabo, pruébelo primero, y ya hablaremos del precio luego. No se preocupe, no le pediré nada horroroso.

El cabo asintió y salió poco menos que huyendo. Aura sonrió viéndole marchar. “Yo he sacrificado tanto y aún soy una bruja sólo mediocre… tirando a buena, eso sí, pero aún mediocre. Si tenía alguna duda respecto a dejarlo con Fugaz, no tengo ninguna ya: no puede ser. Ya he cometido bastantes torpezas estando sola como para enfangarme con un hombre; para mi comunidad sería terrible”.

Nim corrió todo el camino hasta su casa. A pesar de que no estaba muy lejos, de que él tenía las piernas muy largas y estaba en buena forma, llegó jadeando como un perro de caza y tuvo que tomar aire antes de subir de nuevo por la escalerilla trasera del edificio. En esa ocasión no llegó hasta el terrado, se quedó en el tendedero de su piso y entró por la puerta del lavadero. De inmediato se dirigió a la alcoba de matrimonio. La tele aún seguía puesta y la apagó, y por ir completamente a oscuras, al entrar en la habitación tropezó con unas cuantas macetitas de plástico que Magda tenía allí preparadas para ir a recoger plantas para la terraza. Afortunadamente, como eran de plástico, no hicieron demasiado ruido; Magda no pareció darse cuenta.

Fontalta distinguió la sombra de la pierna de su mujer, fuera de la cama. Era la seña que ella utilizaba para hacerle saber que, cuando se acostase, si tenía ganas, que la despertase. Recordó lo que Aura había dicho, “efectos instantáneos”, y se quitó el pantalón y los calzoncillos… Magda y él se daban placer tocándose, y la verdad que era muy agradable, pero… le daba la sensación que, en pasando de los dieciocho años, ya era una forma de sexo que se quedaba un poco pequeña. Abrió el bote de crema, tomó una pequeña porción en los dedos, retiró la ligera colcha y empezó a untarla en el vientre de piel suave, pero de carne dura, de su mujer. Tenía un olor fuerte como a algo muy salado y, él no podía verlo en la oscuridad, pero era de un vivísimo color rojo. Continuó untando por la cara interna de los muslos, como Aura había dicho. Se dio cuenta que conforme untaba, la carne dura y prieta de su mujer, parecía hacerse más blandita… su vientre ya no estaba duro como el mármol, sino que podía hundir los dedos, y Magda empezó a gemir en sueños. Cuando se dirigía a la vulva…

***************

En la cocina de su casa, Raymundo Buenavista había sacado el bote de leche condensada que su mujer escondía detrás de las verduras y se estaba zampando unas cucharadas lo más deprisa que podía.

-¡Raymundo! – el sargento respingó, tapó el bote, lo colocó en su sitio, escondió la cuchara y cogió la botella de agua fría, todo a una velocidad de vértigo. Años de régimen impuesto por su mujer le habían dado esos reflejos. Tina entró en la cocina y vio que su marido simplemente bebía agua fresca, pero no era ninguna sospecha marital lo que la traía allí. – Creo que alguien se ha colado en el piso de arriba.

-¿Qué?

-No puedo estar segura… pero he salido a quitar las toallas del tendedero antes de acostarnos, y creo que he visto a alguien en la ventana de arriba.

Buenavista cogió del paragüero una cachiporra con la leyenda “paga o cobras” que había rescatado del bar de su difunto padre como recuerdo.

-No será nada, pero voy a subir un momentito. Si en cinco minutos ves que no he bajado, sube al cuarto y avisa al capitán.

-¿Y por qué no le avisas a él directamente? – le apremió Valentina.

-Porque yo subo con esto – señaló la porra – Él directamente, cogería la pipa. Y si resulta que no es nada y esto se me escapa, siempre será menos grave.

Su mujer le vio marchar, algo angustiada. Raymundo subió al piso de arriba, donde vivían Fontalta y su mujer, y llamó al timbre.

-¿Fontalta?

Nim brincó. Magda gimió y se despertó.

-¿Nim…?

-Estoy aquí, han llamado a la… – pero no terminó la frase; su mujer le cogió de la nuca en un gemido perezoso y le metió la lengua en la boca. El cabo dejó caer la lata y sus manos se abrieron y cerraron solas. Sólo a duras penas consiguió separarse – El… el sargento ha llamado, enseguidísima vuelvo, cariño.

-No tardes… ¡no tardes! – rogó. Nim tomó una de las macetas de plástico y se cubrió con ella para ir a abrir; sabía de sobra lo pesado y sobreprotector que era Buenavista, si no contestaban, no se iría. En el último momento recordó recogerse la melena y ocultarla bajo la camiseta. Con la luz tan débil que daba el descansillo, no la distinguiría.

-Buenas noches, sarge – contestó, abriendo con la cadena puesta.

-Buenas noches, ¿todo bien? – Raymundo hizo ímprobos esfuerzos por no mirar la maceta que el cabo sostenía justo donde debería llevar unos calzoncillos que no parecía llevar.

-Eeeh… sí, todo muy bien, ¿por…?

Buenavista sonrió con alivio.

-Por nada, mi mujer dice que vio a alguien en la ventana de vuestro tendedero.

-¡Oh, era yo, sargento; salí a fumar!

-¡Nim! ¡Ven, corre, ven enseguida, ven! – gritó Magda.

-¿Sucede algo grave? – preguntó de nuevo Buenavista. Nim puso la otra mano en el vano de la puerta.

-No, nada de nada, sarge, de veras… ¡mi mujer me decía que había perdido de vista una araña; seguro que ya la ha encontrado, buenas noches, hasta luego! – Buenavista estuvo en un tris de perder la nariz, tal fue la rapidez con la cerró el cabo. Raymundo no quería hacerlo, de verdad que no quería contar, pero contó. “Una mano detrás la puerta. Otra mano, en el vano de la puerta. Y la macetita, no se cayó… No voy a sacar conclusiones. No voy a sacar conclusiones. HE DICHO que NO voy a sacar conclusiones”.

****************

-Nim… Ni-Nim… estoy… estoy húmeda… ¡por fuera! – El cabo no fue capaz de sonreír. Ni siquiera de hablar. Su esposa no lo creía, y él tampoco. Se acercó a la cama y de rodillas, llegó hasta su mujer, que se tapaba el sexo con las manos. Del cuerpo de la joven emanaba un olor poderoso, húmedo y salado. El cabo consiguió que ella se recostara y, muy suavemente, la acarició hasta llegar a sus manos. Magda retiró las suyas lentamente. Le daba muchísima vergüenza, pero sentía que tenía más ganas que nunca. Nim tenía miedo, mucho miedo de tocar allí y que siguiese cerrada, pero se atrevió. Bajó lentamente la mano, tocó sus labios, habitualmente tensos y pegados, y notó que estaban como más gorditos, y… blandos. Exhaló un gemido de emoción, y siguió tocando. En el centro, donde antes apenas se notaba la línea que separaba la vulva, ahora había un pequeño agujero cálido empapado en jugos.

-¡Oh, Dios! ¡Oh, uau! – Miró a su mujer. Ella no entendía qué había sucedido, pero que estaba abierta, eso era indudable. Con mucho cuidado, Nim metió muy ligeramente la punta de su dedo corazón.

-¡Aaaaaaaaaaaah….! – a Magda se le escapó un gemido y se puso colorada. El cabo la besó y subió con su dedo hacia el clítoris, ¡ahí estaba, por fin podía tocarlo directamente, no sólo acariciar la vulva…! Su mujer se retorció de placer entre sus brazos y él se dedicó a acariciarlo con calma. Era perfecto, tan suave, tan caliente, tan húmedo, ¡qué bien resbalaba! Cada vez que movía el dedo, Magda suspiraba. No podía creerlo, no podía creer que la estuviera tocando allí por fin, que le estuviera dando placer por fin… – Mmmmmmh…. Miaaauuuu… oh, miau… – Magda maullaba. Siempre que Nim la dejaba satisfecha, ella maullaba y fingía ronronear como un gatito, pero hoy lo estaba haciendo sin necesidad de llegar primero al orgasmo; el placer era tan dulce e intenso que le motivaba a ello aún sin haberlo colmado. Nim tenía la sensación de que se le iba a salir el corazón por la boca.

“Oh, tío, tendría que haber puesto una cámara y grabar esto…” pensó el cabo, acariciando con lentitud, oyendo el sonido húmedo que hacía su dedo al resbalar en la perlita de su chica “Quiero recordar cada suspiro que dé, cada escalofrío que tenga… uah, mira cómo tiembla… Mira cómo se le mueven las piernas y cómo se agarra a la almohada, está guapísima…”.

Magda quería conservar los ojos abiertos, mirar a su Nim, pero no podía; el gustito maravilloso le hacía cerrar los ojos de placer y ponerlos en blanco cada vez que intentaba hacerlo. Lo que no sabía, es que eso a él, le estaba encantando. La joven sentía su punto débil acariciado con lujuriosa lentitud, el dedo de su cabo se paseaba a su capricho por el botoncito, arriba y abajo, arriba y abajo… era estupendo, era delicioso, pero no le bastaba. Su cuerpo pedía ser penetrado. Por vez primera, lo pedía a gritos.

-Niiim… – suspiró ella. – Por favor… hagamos el amor… – El cabo se estremeció al oír aquella frase, pronunciada en el tono abandonado y agudo del placer de su chica, pero afortunadamente no se corrió encima. Poco le había faltado, pero se había contenido. La cabeza le daba vueltas.

-Magda, yo… Tengo tantas ganas, te quiero tanto que… a lo mejor se me… – balbuceó. La joven le sonrió y le atrajo hacia sí.

-Dulzura, si te me corres nada más entrar, nada me quitará ésta felicidad. – susurró. Un suspiro infinito salió del pecho del cabo, y se colocó entre las piernas de Magda, ¡qué tremendo calor salía de allí! Nunca, nunca antes habían estado así, era tan… empezó a frotarse, ¡Dios! ¡Era increíble, y ni siquiera estaba dentro aún! El vello púbico de su mujer le cosquilleaba de un modo maravilloso, y su humedad le mojaba el miembro de calor. Magda le abrazaba y acariciaba la espalda mientras se besaban y movían, frotándose. La joven sentía un calor inmenso en sus entrañas, deseaba ser penetrada, lo ansiaba, ¡jamás se había sentido así! Siempre le había dado un miedo horroroso, vergüenza, culpabilidad… ahora, todo eso se había marchado, sólo quedaba el deseo, el ansia de sentir y dar placer. “Eso es, darle placer, quiero darle placer…” pensó, y sus caderas se movieron solas.

-¡AH! – Nim tuvo que soltar la boca de su mujer. Estaban abrazados tan estrechamente que ambos tenían los brazos acalambrados, pero el cabo no se separó un centímetro de su cuerpo, sólo soltó su boca para tomar aire, ¡estaba ahí! La entrada estaba ahí, podía sentirla en la punta de su glande, cálida, tórrida. Tuvo miedo. ¿Y si a ella le dolía? Era virgen a fin de cuentas, ¿y si pasaba lo que decía el médico, que la desgarraba por dentro? Miró a los ojos a Magda. Y sus dudas se fueron. Al menos, en buena parte. Movió las caderas, primero lentamente. Al segundo, hasta el fondo. Y el tiempo no se detuvo. Se alargó.

Nim quería hablar, quería decirle algo como “somos uno, por fin somos uno; estamos unidos, estamos haciendo el amor, te quiero, te quiero, te quiero”. Pero no podía. Una especie de bombillita se encendió en su interior, en un sitio indeterminado entre su columna, su corazón y su estómago, y empezó a brillar más y más intensamente a cada segundo, hasta que Nim tuvo que abrir la boca y gritar, fuerte, hasta quedarse sin aire, hasta que tomó aire de nuevo en un gemido rasgado que terminó en un sonoro “¡UAU!”. En el piso de abajo, el sargento Buenavista y su mujer casi saltaron de su cama del susto, y en el piso de arriba, el cabo Fugaz sintió una envidia tremenda.

-¡SEIS… malditos… años, hijo de puta! – Nim pensaba en el padre de Magda, el hombre que la había educado castrada y cuyo fantasma de culpabilidad se había cernido sobre ellos tanto tiempo. El pensar que por fin le vencía completamente, por fin hacía suya físicamente a su niña, le daba una sensación de picardía que lo hacía aún más excitante. Debajo de él, Magda reía. Reía, y reía, y reía, y le parecía que no podría detenerse, ¡Nim le hacía cosquillas… las cosquillas más dulces y placenteras que podía sentir jamás! Cada embestida le hacía descubrir sensaciones que ni había sospechado que existieran, le hacían ponerse tensa y relajarse, y cada vez se ponía tensa más segundos. Era como si fuese a suceder algo, algo picante y cosquilleante que le hormigueaba la piel… “Dios santo, voy a correrme…” logró pensar “¡Voy a correrme en su pene, voy a terminar con él dentro de mí!”. La idea fue excesiva. Atinó a decir su nombre, Nim la miró sin dejar de embestir, y ella repitió su nombre una vez, dos veces… y la tercera lo alargó mucho, “¡Niiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiimmmmmmmmmmmmmmmh…”, sus caderas dieron golpes contra el miembro de su cabo, sus piernas le abrazaron con fuerza, con los dedos de los pies encogidos, con los hombros temblando…

Magda notó su cara húmeda. Estaba llorando de emoción, y no era la única. Las lágrimas de Nim, en medio de una sonrisa infinita, le caían sobre las mejillas. Tenía la cara tan ardiente, que parecían frescas en comparación. El cabo agarró a Magda de las corvas y embistió más hondamente. Su mujer gimió, ¡qué placer tan eléctrico, sentir la penetración justo cuando acababa de correrse! El cabo jadeaba como un animal, ahora era aún más estrecho, se contraía aún un poco… el placer le daba mordisquitos en el bajo vientre, en los testículos, en el ano, y sobre todo en la punta del miembro, que no dejaba de rozarse en el interior caliente y suave de su mujer. Apenas un minuto más tarde, un escalofrío le hizo temblar de pies a cabeza; su pene palpitó, cada palpitación era una ola de gusto inmenso que le dejaba en la gloria, y se derramó dentro de ella. Se dejó caer sobre el pecho de Magda y se besaron frotándose mutuamente las lenguas, entre gemidos sonoros. Nim esperaba que a ella no le hubiera importado que él se hubiera corrido dos veces; la primera había sido nada más entrar, ¡había sido demasiado delicioso…! Pero estaba tan emocionado, que ni siquiera se le había bajado y había podido seguir sin problema.

-Nim… Nim, mi vida… – musitó su esposa. El cabo la miró, y se dedicaron una mirada sonriente llena de picardía. – Ahora, yo encima, ¿quieres?

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-Psssst… Fontalta… Fon-tal-taaaa…. – susurraba Fugaz. En la mesa de al lado, Fontalta había apoyado la cara en la mano y se había quedado totalmente frito, con una bobalicona sonrisa en el rostro. Fugaz intentaba que el capitán no se diera cuenta, pero el jefe Bruno levantó la mirada de su mesa y le vio. Pidió silencio al cabo llevándose un dedo a los labios y se dirigió a la mesa de Fontalta con todo sigilo. Frente a la misma, pegó un manotazo en la mesa con las dos manos.

-¡CUIDADO, QUE VIENE EL CAPITÁN! – voceó, y Fontalta pegó un brinco de casi metro y palmo.

-¡Si estoy en comisaría…! – lo terminó de arreglar.

-Fontalta, habitualmente estás perezoso y disperso para el papeleo, pero hoy es la CUARTA vez que te pesco roncando. Tendrías que salir a las tres, pero te vas a quedar hasta las cinco para recobrar el tiempo perdido, y harás la guardia del sábado.

-¿E-el sábado? Pero, capitán… – Fontalta vio la cara del jefe Bruno y se corrigió – Sí. El sábado. Oído. Vale. Vale. Vale.

-Y te prevengo que me pasaré por aquí a verte. Como te pesque simplemente con los ojos entornados, te vas a comer guardias de festivos hasta que el calendario cambie de siglo, ¡tómate un café doble y a currar!

-Sí, sí, señor – Fontalta obedeció, ¿qué culpa tenía él? Sencillamente, no habían podido parar, y el amanecer les había pescado todavía dale que te pego… No podía sentirse enfadado ni aún pensando en la guardia del sábado. Sólo era capaz de sonreír.

Publicado en: Relatoseroticos

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