Trio con mi marido y su jefe

Me llamo Marta, tengo 42 años y desde hace 20 estoy casada con mi marido Luis que es cuatro años mayor que yo tiene pelo castaño canoso, ojos oscuros y un cuerpo que ha pesar de haber perdido parte de su encanto y tener algo de barriguita, para mi sigue siendo atractivo.

Podríamos decir que somos una pareja acomodada y bien avenida sin muchos problemas, con una vida sin sobresaltos (ni siquiera en lo referente al sexo, que llega a ser monótono con un cumplido mete saca semanal y poco más). Yo siento que podría mejorarse ¡desde luego!, y por mi mente más de una vez han vagado fantasías morbosas con desconocidos, llegando incluso a masturbarme a escondidas. A veces me he planteado si eso es lo que mucha gente le da por llamar “la crisis de los cuarenta” y que reconozco no entiendo del todo su significado, pero si os confesaré que me quedo con bastantes ganas en la cama.

Es posible que a Luis le pase lo mismo, ya que de un tiempo a esta parte le cuesta entrar en acción, ya no somos los que éramos esperando cualquier oportunidad para insinuándonos y provocándonos hasta que acabábamos follando en lugares inverosímiles. Incluso hemos recurrido a ver juntos películas porno que aunque a mi no me gustan demasiado, es una buena forma de ponerlo a tono mientras se la estoy chupando.

Nos casamos muy jóvenes, no por causas de embarazo ni nada por el estilo simplemente nos amábamos ¡Jamás le he sido infiel!, de hecho no he conocido a otro hombre sexualmente a pesar de haber tenido varias ocasiones para ello. He de decir que llevo mis 42 primaveras muy bien puestas, me encanta arreglarme sacándole el máximo partido a mi larga y ondulada cabellera oscura, a los grandes ojos azules que tengo, así como a mi maduro pero sensual cuerpo de grandes pechos y caderas torneadas. No es que se me tiren encima como lobos, pero si reconozco que me lo han propuesto, sin haber dado nunca el paso y desde luego sin comentárselo nunca a él ¡lo quiero demasiado, como para que sufra!.

Ese día era nuestro 20 aniversario, no es que tuviéramos en mente hacer nada extraordinario. Pero el cariño y afecto que nos profesábamos, además de los buenos modales que siempre habían primado en nuestra relación, nos llevaban a compartir algo un poco diferente. Esa noche habíamos reservado mesa en un lujoso restaurante, cenaríamos allí y con suerte buscaríamos habitación en un buen hotel para no dormir en toda la noche.

A las 9:00 ya habíamos dejado a los peques al cuidado de la asistenta, para dirigirnos a nuestro destino, mientras disfrutábamos de una estupenda velada se acercó un señor a saludar a mi esposo. Según me presentó era su jefe Marcos, tenía una cita importante allí con unos clientes, pero al parecer a última hora lo había suspendido y acababan de llamarlo por teléfono.

Luis amablemente le invitó a compartir con nosotros la mesa. A mi la verdad que no me desagradaba ya que la conversación entre nosotros era aburrida, rutinaria… nos conocíamos tanto que podía adivinar sin mucho problema cual sería su siguiente frase. Además de que su jefe tenía un aspecto impecable, posiblemente algo mayor que Luis pero tremendamente atractivo, bien cuidado y con gusto exquisito en la ropa, se veía a lenguas que era un hombre de mundo.

La charla entre nosotros comenzó a animarse, mientras que su jefe de vez en cuando miraba sin mucho reparo mi escote. A mi esposo no parecía molestarle, por el contrario pensé que le gustaba la situación, pues me miraba con cierta lujuria y deseo (lo que me excitó bastante) además me encantaba sentirme observada por dos hombres a la vez.

Al terminar la cena su jefe nos invitó a tomar unas copas en un pub no muy lejano, a lo que Luis accedió encantado. Era un garito con buena música y no demasiado iluminado. Allí se sentó en mitad de nosotros y tras varios gyn tonic y muchas risas Marcos me puso la mano sobre el muslo justo al filo de la falda, con demasiada familiaridad. Tal vez debido a los efluvios del alcohol mi marido sonriendo dijo:

– Marta que suerte tienes, mi jefe te está metiendo mano.

Yo mirando a mi marido no pude evitar ruborizarme, sobre todo porque unos centímetros más arriba el calor de la palma de aquel desconocido estaba provocando que mi sexo se humedeciera. Bajé los ojos abochornada, cuando vi que Luis, tenía un enorme bulto bajo su cremallera, delatando que tenía duro aquel sexo que tan bien conocía y que últimamente costaba llenarlo.

Marcos soltó una gran carcajada, era perro viejo y sin duda alguna estaba jugando con los dos. Miró la entrepierna de Luis y dijo:

– A ti parece no molestarte – y se puso su propia mano sobre la bragueta, para hacerse entender mejor.

Metió los dedos por debajo de mi falda subiendo hasta rozar el filo de las braguitas, por mucho que intenté cerrar los muslos llegó a notar que estaba mojada y frotó suavemente resbalando su meñique por dentro de la tela. Luis tomó otro sorbo de su tercer cubata y se acomodó abriendo las piernas mirándonos:

– Si os parece podemos ir a un lugar más cómodo – comentó su jefe – por desgracia estoy solo en casa, mi esposa ha tenido que ir de viaje, allí podemos tomar la última copa.

Yo estaba deseando de marcharme donde sea, de huir de aquel hombre que parecía conocernos tan bien y conseguía que a mi marido se le levantase y a mi ponerme cachonda. Nos dirigimos los tres hacia el aparcamiento y al llegar a nuestros coches que casualmente estaba aparcados muy cerca, Luis me cogió de la nuca besándome con una intensidad que había perdido hacía años, su lengua me penetraba posesiva reclamando mi boca, metiéndome mano en el culo y sobándolo a su antojo. Su jefe protestó:

Ey, ey, ey… que esta fiesta es de tres, dejad un poco para luego. Creo que sería mejor que tú vinieras conmigo mientras que tu mujer nos sigue en vuestro coche, así te relajas.

Yo me sentí muy unida a mi marido y a esas alturas un poco zorra, así que mirando a Marcos fijamente y con intención de hacerle saber a quien pertenecía de verdad, abrí la cremallera de mi esposo, metiendo la mano hasta que encontré una polla tan dura que se me erizó por completo la piel de todo el cuerpo, la saqué y amparada por la oscuridad que nos ofrecía el parking me agaché, acerqué mi boca a su glande que aun estaba cubierto de piel y metiéndome la punta en la boca comencé a mamarla, apretando con los labios para deslizar su pellejo para abajo, yo estaba muy salida por lo excitante de la situación y sin apartar la mirada en ningún momento de su jefe. Este pasó la lengua sobre los labios:

– ¡Tienes una gran hembra! – le dijo a Luis – mira como me tiene a mí también.

y seguidamente se sacó su verga, cogiéndola con una mano y mostrándonosla, era muy gruesa, venosa y no demasiado larga, aparté mi boca del falo de mi esposo, que estaba como hipnotizado con todo aquello. Le gustaba ver a otras parejas follando, como habíamos descubierto juntos con las pelis porno… pero creo que le excitaba más que nos vieran a nosotros.

– Ven Marcos acércate – dijo mientras metió su mano dentro del sujetador sacándome una teta por encima de la ropa, yo me dejé hacer (no puedo negar que me encantaba).

Marcos se aproximó mirando a mi marido, pasó su pulgar por mi mejilla, mientras seguía portando en la otra su verga. Todo aquello era espectacular a sólo unos centímetros de mi rostro, otro hombre a quien conocía de hacía unas horas, estaba frotándose el pene delante de mí, junto a mi esposo… y lo mejor ¡Todos estábamos disfrutando de ello!. Subió su mano para acariciarme el pelo y orientó mi cabeza de nuevo al falo de Luis, guiándome en los movimientos.

– Así es mucho mejor cielo, lo hacías demasiado rápido.

Yo gemí con la boca llena, ese tipo sabía perfectamente como provocar. Todo era como un sueño, deseé probar también su verga, así que en una de las veces que mi boca quedó vacía, giré la cabeza y él agarrándome fuertemente del pelo me la clavó por completo sepultándola en mi garganta, el cambio de grosor me obligó a abrir más los labios, Luis me sobaba las tetas, pellizcándome los pezones. Aceleró la velocidad tirándome del pelo para moverme la cabeza de un lado a otro y que en mi boca entrasen alternativamente la polla de mi marido y la suya, los tres jadeábamos de gusto. Comencé a notar en el paladar el gusto salado y algo ácido del líquido preseminal que ambos estaban supurando, cuando…un ruido no muy lejano nos anunció la llegada de otro conductor que seguramente vendría a por su auto. Me dio mucho coraje que tuviéramos que parar justo en ese momento, sabía que ambos me iban a regar con su semen y yo lo deseaba, pero Marcos con voz tranquila comentó:

– Este no es lugar para seguir con la charla – ayudándome a incorporarme mientras nos íbamos recomponiendo un poco la ropa.

– Si queréis ponemos irnos juntos en mi todoterreno es amplio y cómodo – dijo con una sonrisa cargada de sexo, abriendo la puerta trasera – yo conduciré hasta casa.

Efectivamente el interior era confortable y espacioso, tenía las lunas tintadas, daba la sensación de estar en la calle a pesar de saber que por la oscuridad de los cristales y la altura del vehículo nadie veía lo que ocurría en el interior. Desde atrás advertí que el jefe de mi marino no se había molestado siquiera en subirse la cremallera, lo que dejaba entrever la piel suave del dilatado pene, pasé la lengua sobre el paladar ¡Todavía tenía su sabor en la boca!.

Mi marido se manoseaba por encima de la tela, todo eso formó un cúmulo de sensaciones que me encendió como nunca antes y sin pensármelo me hinqué de rodillas como pude delante de Luis, mis caderas se instalaron entre los asientos delanteros. Tome su sexo en las manos, sentí que engordaba entre mis dedos, tenía que recorrer un buen trecho antes de topar con la tela abierta del pantalón, al llegar a la base tiré del pellejo con los pulgares y asomó una cabeza roja, desafiante, con los labios abiertos dejé que cayese saliva sin rozarla, empapé la punta de la polla que la tenía algo sudada… entre el movimiento del coche y la humedad que tenía apenas tuve que hacer nada, las palmas resbalaban por tu tallo de arriba abajo.

Marcos a través del retrovisor se deleitaba con el espectáculo, mientras Luis estaba delirando entre gemidos de placer al saberse observado. Paramos en un semáforo y noté como una mano me alzaba la falda hasta enrollarla en la cintura, no me importó demasiado entregada como estaba. Mi hombre echó el cuello hacia atrás, recostándose en el asiento, había perdido toda compostura

– Apriétamela Marta, apriétamela.

Y yo se la estrangulé, la estrujé todo lo que pude, pero él no tenía suficiente, aferró su fuerte mano sobre la mía con la otra se dedicó a bajarse un poco los pantalones, yo disfrutaba del momento (olvidándome por completo que estábamos siendo escudriñados por otros ojos), le tomé los huevos que habían salido por encima del boxer y mi dedo corazón presionó sobre su escroto.

Una mano que apenas rozó mi piel, deslizó también mi ropa interior hacia abajo, dejando expuesto mi sexo y escuché:

– Luis tu mujer tiene un precioso y estrecho culito, seguro que tiene que ser una gran experiencia follárselo.

Ese comentario tensó mi cuerpo. En dos ocasiones le había pedido a mi marido que me follara el culo, pero ninguna de ellas llegó a hacerlo ¡Si lo intentó!, pero el dolor que me producía aquella penetración era tan grande que no podía soportarlo. Entonces Luis habló

– Lo cierto es que nunca lo hemos hecho así. – no se porque aquella confesión me abochornó.

– ¡Joder Luis, no me digas que aun es virgen por ese agujero!

No creía que pudieran hablar con tanta confianza de algo tan íntima. En ese momento el coche entraba en un aparcamiento privado, cuando salió de mi boca

– Ya sabes Luis que me encantaría hacerlo por detrás, pero jamás lo hemos conseguido.

Un suspiro resonó a mis espaldas

– Entre los dos me estáis haciendo sentir más depravado y pervertido que en toda mi vida, sois tremendos – confesó su jefe, apagando el motor del coche ya dentro de su vivienda.

Noté que algo húmedo y ligeramente rasposo pasó por medio de mis cachetes, giré un poco la cabeza y el rostro de Marcos estaba sumergido entre ellos, lamiéndome la rajita delante de mi marido, que aferró mi nuca y dirigió de nuevo la cabeza hasta su polla. Sólo estuvimos un ratito, el suficiente para que mi vagina se hiciera líquido, pero cuando estaba a punto de estalla, una fuerte palmada en el cachete me paró.

– Eres estupenda, pero antes nos quedamos con las ganas, así que ahora ya estamos los tres igual – rió entre dientes Marcos – vamos a casa estaremos mejor dentro.

Yo no lo deseaba y estuve a punto de suplicar que siguieran, me habían dejado apunto de explotar y mi coño me dolía de necesidad, pero al ver que mi marido también se retiraba, tuve que abdicar saliendo los tres del auto para subir las escaleras que accedía al interior de la vivienda.

– Quítate la falda y ponte a cuatro en el sofá – pidió mi marido.

Yo perra como estaba, deseando que me follase en ese momento y os juro que habría hecho cualquier cosa que me pidiera con tal de correrme. Pero los dos con gran complicidad parecían haberse puesto de acuerdo para no ponérmelo sencillo. Se desnudaron por completo mientras hablaban mirándome y tirando de vez en cuando de los labios vaginales o azotándome suavemente en el culo, yo ronroneaba como una gata en celo buscando su contacto. Unos pasos se alejaron de la habitación y mi marido se puso delante de mi cabeza, que caía por el respaldo del sofá, pasando un dedo por la raja de su glande y metiéndomelo en la boca, dándome a probar la prueba densa e irrefutable de su deseo, yo lo chupé con fricción (ya que era lo único que me ofrecía), mientras que por detrás escuché que su jefe se acercaba de nuevo a nosotros.

Marcos me cogió de los tobillos separándome más las piernas, mis tetas se abollaban contra el asiento frotándome a mi misma para sentir placer, sus fuertes manos se apoderaron de mis nalgas abriéndomelas, noté el frío del ambiente sobre mi rajita empapada y palpitante, deseaba que me penetrase, en lugar de eso me escupió sobre el culo, su saliva caliente en contraste con el flujo que se había enfriado hizo que mi espalda se curvase de gusto. Con el pulgar empezó a hacer círculos concéntricos alrededor de la rugosa, grisácea y apretada piel de mi ano apretándome en mitad metiéndome un poco su yema.

Mi marido me golpeaba con la verga en las mejillas y yo intentaba atrapar, pero una y otra vez me tentaba en la comisura de los labios, para dejarme cada vez más necesitada. Como si lo tuvieran planteado me subió la cara tirándome de los pelos y metiéndome su sexo con una lentitud tortuosa en la boca, mientras al unísono, su jefe empezó a insertarme en el recto un objeto duro y frío, de punta redondeada. Intenté echarme hacia adelante por aquella invasión no esperada, pero la pelvis de mi marido me impedía avanzar así que haciendo acopio de la poca cordura que me quedaba intenté quedarme quieta mientras que milímetro a milímetro Marcos me iba sepultando un dilatador anal que aunque al principio era fino (no más grueso de un dedo), según entraba en mi se hacía más su grueso y difícil de acoger. Lo extraía un poco para volver a hundirlo, cada vez más profundo, sentí expandiéndose mis entrañas hasta el límite, pero el dolor se mezclaba con el placer, haciendo que perdiera el control de mis miembros. Mientras que con la otra mano sabiamente me descapulló el henchido y rosado clítoris, aliviándome ligeramente con sus caricias, hasta que el juguete entró por completo en mí permitiendo que el ano se cerrase sobre él. Mi marido entonces con muchísimo cariño me acarició la mejilla aflojando la presión de su falo en mi garganta, yo estaba exhausta. Una voz por detrás susurró:

– Relájate, ya está dentro

Tenía los músculos laxos, pero cuando mi interior se adaptó a aquel objeto empecé a estar insatisfecha ¡Necesitaba más!. Con un giro inesperado me dieron la vuelta quedando tumbada de espaldas sobre el asiento, lo último que pude ver antes de que los huevos de Marcos se posaran sobre mi cara, fue a mi esposo metiéndome la cabeza entre los muslos lamiéndome el clítoris y volviéndome loca.

El dilatador seguía dentro de mí, pero yo ya me había olvidado, succionaba los huevos que me ofrecían uno y otro alternativamente, mientras sentía a Luis abrirme la tierna piel de mis pliegues externos, recorriéndolos con su lengua, hasta que estuve a punto de correrme. En ese momento noté que el dilatador se movía, el clítoris se hinchó todavía más, mi vagina se contraría en el vacío, Luis tomó la base el juguete y empezó a moverlo girándolo dentro, me dejé llevar por las sensaciones, cuando alzó mis piernas sobre sus hombres y sacándome el dildo lo sustituyó inmediatamente por su polla, que a pesar de ser bastante más grande no me hizo daño.

Marcos sin dejar de estar sentado sobre mi cara, bajo su cabeza y empezó a mordisquearme en el pubis, sus labios, su lengua, sus dientes… mi marido a la vez follándome como no lo había hecho nunca, todo eso consiguió que me corriera gritando una y otra vez pero no paraban, haciendo que me llegara varias veces al éxtasis hasta que casi perdí el sentido.

Sólo entonces se levantó Marcos y ayudado por Luis giraron mi cuerpo lacio, poniéndome de pie sin que en ningún momento saliera la polla de mis entrañas. Me subió los muslos hasta acoplarlos en sus caderas y de un solo empujón me sepultó su gruesa verga. Apenas podía responder, me dolía ¡Sí!, pero a la vez me sentía más llena que nunca, creí que me partirían por la mitad hecha un sándwich entre los dos hombres. Me aferré con los brazos al cuello de Marcos para cabalgarlos, subí y bajé un par de veces, sus huevos me comprimían a la vez los pliegues externos de mi coño mientras saltaba como una posesa.

Luis me frenó cambiando la dirección del movimiento de delante a atrás provocando que en la follada se acompasaran los dos y mientras uno entraba el otro salía, frotándose sus vergas a través de la fina pared de mi interior. Nos amoldamos los tres al movimiento, sus pollas engrosaban cada vez más y yo por primera vez en mi vida eyaculé de gusto derramándome a chorros sobres sus pies descalzos, como si me meara… mientras ellos se corrieron simultáneamente dentro de mi, jadeando y llenándome de su tibio y denso semen que mezclado con mi flujo se derramaba hasta el suelo. No pararon hasta que sus vergas ya flácidas salieron por si solas de mi cuerpo y yo caí de rodillas y sin fuerzas viendo que ellos se derrumbaron sobre el sofá.

– Esto tenemos que repetirlo – dijo Marcos agotado – pero con mi mujer, seguro que los cuatro disfrutamos y a ella también le encantará.

Con aquella frase resonando en mis oídos dejé caer mi cabeza sobre los cojines y quedé profundamente dormida.

Publicado en: Relatos de trios

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