Perdí mi virginidad con un maduro a mis 16 años

Recordar mi primera vez, me hace sonreír y suspirar en añoranza por aquella grata experiencia. ¡Qué nunca olvidaré! Esa experiencia la tuve a mis 16 años; recién que los cumplí, casi una semana después. Imposible olvidarlo. Sucedió con un hombre que aún recuerdo con muchísimo cariño. En aquél entonces tendría unos treinta y tantos años, muy próximo a los cuarenta; era divorciado, vivía sólo, y según consejos de mi familia no era alguien de buena reputación, no era una persona de fiar, a mis padres no les agradaba nada. En fin… sucedió que yo lo conocí a la mitad de mis 14 años. Él invirtió en comprar una casa vieja y lo adecuó como un pequeño Café a pocas cuadras de donde solía vivir con mis padres en aquella época. Empecé a frecuentar mucho ese lugar y poco a poco nos fuimos haciendo grandes amigos.

Debo confesar que siempre tuve un gusto especial por los hombres mayores, en ese tiempo yo no le ponía atención a mis compañeritos del colegio, mi atención estaba sobre sus señores padres… me imaginaba una y otra vez sus gruesos, fuertes y maduros cuerpos desnudos, tan distantes de los de mis compañeros de salón tan enclenques y tiernos… Me encantaba ver la forma en que ellos me miraban, y su especial atención hacia mí a diferencia de hacia mis compañeras, era como si supieran que yo estaba abierta o disponible para ellos. Tal vez su instinto les decía que era una “Nínfula”. Siempre fui “coqueta” desde niña, y siempre fui muy curiosa sexualmente. Confieso que fui de esas niñitas pequeñas que solían masturbarse… Sí, ¡claro que es posible!, pues a muchos les es impensable. Y es verdad que no todos los niños pequeños lo hacen, pero yo lo hacía. Pues si algo tengo presente en mi memoria son las ocasiones en que me recostaba sobre el sofá a ver televisión; me llevaba una mano a mi boca para chuparme los dedos (el índice y el anular), pues tenía ese infantil hábito, y mi otra pequeña mano juguetona se iba entre mis piernas a andar curioseando por ahí entre mis pequeños labios vaginales…

Era la forma gratificante de encontrar placer y relajarme: mis dedos en la boca y en mi pequeña vulva… Era instinto. Me pasaba largos ratos despatarrada en mi sofá plácidamente toqueteándome hasta que caía dormida… ¿Qué cómo puedo recordar esto habiendo siendo tan pequeñita? Pues ahora mismo se me viene la imagen de mi madre que acostumbraba a reprenderme cada vez que me cachaba; recuerdo que me hacia ir con ella, me olía los dedos para comprobar mi osadía y me decía con tono gruñón que “eso era sucio, que no debía tocarme allí” y de inmediato me mandaba a lavar las manos. Más de una vez me llevaron con un doctor para entender ellos cómo era posible que hiciera eso tan pequeña jajaja.

Perdón, me desvíe un poco del tema… seguiré con mi desvirgamiento. Comentaba que aquel Sr. dueño de ese café que solía frecuentar muy seguido se hizo mi amigo muy cercano. Me regalaba muchos libros; lo que me encantaba de él, y claro todo lo que consumía en el café era gratis. Yo le admiraba; era muy inteligente, sabía infinidad de cosas, platicar con él era como platicar con una biblioteca viva… y era tan divertido. No era guapo, debo admitir que mi primera impresión de él fue de desagrado físicamente, no era mi tipo, claro que no. Pero su trato y su inteligencia, me hizo que poco a poco me fuera encariñando de una manera muy especial. Al grado de quererle.

Fue todo para mí; mi amigo, mi padre, mi amante, mi hermano mayor, mi mentor, mi consejero, mi confidente. Hablábamos de todo… y fue la primera persona que me trató como un adulto; eso fue un gancho importante, no hay cosa que le haga sentir mejor a un adolescente que ya sentirse adulto jajaja.

Ese día por la tarde pasé a saludarlo, aún no abría al publico su negocio (café), pero yo podía entrar por la puerta pues me regalo un par de llaves, que yo guardaba secretamente para que mis padres no se enteraran que solía hacer esas visitas a escondidas de ellos, siempre mentía diciéndoles que iba a casa de una amiga o a otro lado. A veces entraba y solía esperarlo allí, a veces ya me lo encontraba acomodando cosas y yo solía ofrecerme ayudarle. Recuerdo mucho el entusiasmo con que me recibía, su abrazo y ese besito secreto de piquito en los labios con lo que me saludaba cariñosamente a escondidas. A mí me encantaba.

Ese día que llegué se quedó viéndome mucho, y me comentó lo linda que me veía y lo rico que olía; me tomó por los hombros, me atrajo hacia él, se inclinó y enterró su cara en mi cuello aspirando con ganas, después tomó un mechón de mis cabellos y se los restregó por la nariz: “qué rico hueles hoy linda”. Y era cierto, yo me había esmerado en arreglarme para él, me gustaba tanto gustarle. Recuerdo también como se les quedó viendo a mis senos y a mis piernas… él lo hacía con descaro, y a mí no me importaba, pues ya existía esa extraña confianza entre nosotros. “¡Pero qué linda te estás poniendo!”; solía siempre decirme viéndome de una forma especial a los ojos. Yo tenía puesto una faldita de mezclilla muy cortita y coqueta, y una simple playerita blanca algo ajustada. Era verano. En aquél entonces era muy flaquita y de piernas largas, sin muchas caderas; apenas se me estaban formando las curvas, aunque a diferencia del resto de mi cuerpo, me desarrolle muy pronto y demasiado de mis senos, tenía unos senos que ya eran de toda una mujer, y por mi complexión delgada y espigada parecían enormes.

Después de verme con esa sonrisa suspiró diciendo mi edad: “l6 años… Ya eres toda una linda mujercita”.
Yo le puse cara de enfado, pues me molestaba que me tratara como niña, eso de mujercita me sonaba aún a niña y… ¡Yo ya quería crecer!… y por eso me había pintado mucho la boca de color rojo y puesto rímel en los ojos; pues quería que él me viera más grande. Se sonrió con mi enojo y corrigió: “bueno, está bien; ¡ya eres toda una mujer!” y empezó a bromear sobre ello con su característico humor que a mí me mataba de risa.

De rato, aún faltando más de dos horas para que abriera el negocio. Me ofreció un café, nos sentamos muy juntos y empezamos a platicar como solíamos hacerlo, pero en esa ocasión recuerdo que tenía una mirada especial en mí… un brillo en sus ojos que no olvidaré… no sé explicarlo… siempre era amable conmigo, esa vez lo fue más; más halagos sobre mi apariencia, me tocaba mucho las manos, me tocaba el cabello, me lo acariciaba −lo tenía muy largo y lacio en aquél entonces− después sonriendo me peinaba con su dedo un mechón juguetón que resbalaba de vez en cuando coqueto sobre mi rostro.

Recuerdo que estaba hablándole y me di cuenta que no me estaba prestando realmente atención, pues de repente en medio de mi conversación suspiró y de nuevo pronuncio como para sí mismo: “16 años linda, sólo tienes 16 años”… yo me reí y le dije que era un tonto, porque sabía que no me estaba poniendo atención. Él se disculpó y después me dijo que era porque me veía muy bonita.
De repente me dijo que cuando tuviera 18 me iba a robar, siempre bromeaba con ello, y yo siempre le decía que sí, que me iría con él hasta el fin del mundo. Que cuando tuviera 18 sería su novia. En aquél entonces mis padres aún no me dejaban tener novio, pero yo ya había tenido unos cuantos a escondidas, nada importante, ni relevante en mi vida, en ese momento mi novio era un compañero de salón, y yo le platicaba de todos. Recuerdo el montón de consejos que me daba; me decía que me cuidara, que todos los chicos de mi edad sólo buscarían su placer, que podrían lastimarme, que me diera a desear. A veces se portaba como un padre celoso o como mi hermano mayor. Y me gustaba que me dijera todo eso, me sentía protegida e importante para él. No había nada en ese entonces que no le platicara. Yo le comentaba de las amigas que ya lo habían hecho con sus novios y que para unas había sido una experiencia X, o incluso fea. Le platicaba las veces que mi novio y yo nos besábamos y nos tocábamos. Nunca quise llegar a más ni con él, ni con ningún otro, la verdad no me gustaban mucho, los tenía de novios porque así lo dictaba el rol social de mi edad.

Esa vez hablando sobre esos temas me preguntó sobre ello: “… ¿Aún no lo dejas tocarte más?”. Yo le contesté que no, y él se sonrío complacido. Me repitió lo que siempre solía decirme: que tuviera mi primera vez sólo con alguien que supiera que me amaba. Que después lo hiciera cuantas veces quisiera y con quien quisiera por gusto, pero que mi primera vez tenía que ser especial. La verdad es que me sabía encantar con todo lo que me decía, era astuto.
No sé por qué, pero en medio de la plática se me ocurrió decirle que yo no tendría sexo hasta mis 18 años. Él se sonrío y soltó una risita burlona: “Huy no creo que aguantes, eres bien cachonda”. Yo me reí por lo que dijo. Entonces le repuse: “Claro que sí puedo aguantarme… es más, mi primera vez lo haré contigo, quiero que tú me hagas el amor cuando tenga 18 años… Serás el primero.”

Cuando dije eso a él se le borró la sonrisa de golpe en sus labios y puso una cara muy seria, su mirada cambió y me vio directamente a los ojos. Hubo silencio…yo esperaba un comentario al respecto, pero sólo hubo silencio. No dijo nada sobre el tema, segundos después desvió la mirada y le dio un buen sorbo a la taza de café que el tomaba. Pensé que había dicho algo malo, así que también me quede callada y le tomé a mi café.

Después de un rato volvió a mirarme y cambió abruptamente de tema… “Déjame tomarte una foto así como andas hoy, para que no se me olvide este día, hoy te ves realmente linda”. Yo le objeté diciéndole que ya me había tomado muchas fotos, qué para qué quería más. El insistió y como siempre terminé accediendo pues me divertía hacerlo.
Fuimos hacia arriba, a la segunda planta en donde la decoración era más de un estilo étnico árabe, algo marroquí; había pequeños espacios con mesitas muy bajas sobre alfombras muy acojinadas y con muchos cojines alrededor de todos tamaños y formas, para recostarte cómodamente o sentarte sobre ellos, había pequeños candiles por todos lados que tornaban todo el ambiente muy acogedor. Recuerdo que me senté sobre la alfombra en un pequeño rincón mientras él iba por su cámara. Escuché que había puesto música tranquila, de rato regresó, y con su habitual sonrisa me dijo que posará para él. Yo desplegué mis habilidades juveniles para ser fotografiada, el tomó unas cuantas, ya estaba acostumbrada, a él le gustaba eso de tomar fotografías, era su hobby y por un tiempo se dedicó profesionalmente a ello. De pronto se me acerco, dejó la cámara a un lado y se puso en cuclillas frente a mí muy serio, yo estaba medio recostada como cleopatra encima de un cojín… a mí se me borró la sonrisa. Pues por un momento su seriedad la interpreté como enojo, por lo que me reincorporé hacia él.

“¿Ya no me vas a tomar más fotos?” Traté de romper el silencio y la seriedad con la que me miraba. Lo escuché inhalar mucho aire como si tratara de tomar valor y después suspiró: “Dime, ¿por qué me dijiste que te gustaría que te hiciera el amor, en verdad te gustaría eso? ” Yo abrí muchos mis ojos cuando me preguntó eso, y enmudecí, no sabía que contestarle, pensé que había hecho una burrada al habérselo comentado, así que de ratito sólo atiné a preguntarle con cara de preocupación: “¿Estas enojado conmigo porque te dije eso? Fue cuando me soltó una sonrisa torcida. “No, claro que no estoy enojado, sólo quiero saber por qué me dijiste eso… lo dijiste sin sentirlo ¿verdad?
Después de mirarlo mucho incliné mi cabeza, pues decidí decirle la verdad y me avergonzaba hacerlo:
“No, lo dije porque es verdad, yo quería que tú me hicieras el amor, que fueras el primero.” Tímidamente levante mis ojos y continué: “¿Eso está mal para ti. No quieres hacérmelo?”
Me tomó de la mano y me alzó la barbilla: “Huy pequeña no sabes lo que me pides… no sabes lo que me provoca escucharte hablar así…” “…¡Pero ya no soy pequeña!… no me digas así”, le interrumpí.

“Para mí lo eres… ¿sabes la edad que tengo? −yo iba a contestarle pero no me dejo pronunciar palabra, cómo si él mismo no quisiera escucharlo de mi boca− ¿por qué quieres que alguien como yo te lo haga?” Su última frase me sonó como a lamento e incredulidad.
“Porque tú me quieres…−le dije con convicción− me lo has dicho, lo sé, lo siento, además tú sabes mucho de eso… y yo te quiero mucho; eres mi mejor amigo”.
Suspiro profundo, no entendí aquella vez esa expresión en su rostro que se le dibujó, pero ahora sé, que me vio con mucha ternura. Después se sentó a un lado de mí viendo hacia la nada. Y fui yo la que ahora se puso frente a él en cuclillas…

“Pero no te preocupes… será hasta mis 18… aún falta dos años, y ya no seré tan pequeña.”
Me miro a la cara y lo vi sonreír de nuevo, y después soltó una carcajada.
Yo me molesté, me hizo sentir como si hubiera dicho algo tonto, así que enfada le dije:
“Pero si no quieres, no tienes porque reírte de mí… ya encontraré a otro que si quiera”. E hice ademán de levantarme para irme… pero él me detuvo por la cintura y me abrazó hacia él, yo quise quitarme, estaba molesta pero me aferro a él y pegó su boca a mí oído.
“No te enojes, no me malinterpretes preciosa, mira cálmate, ¿quieres que te diga que es lo que pasa?, es que tengo un secreto…”
Yo deje de forcejear, y me acomodé en su abrazo sentándome de lado encima de sus piernas extendidas, mientras aún con tono de fingido enfado pregunté: “¿Qué secreto?”
“Quieres que te diga porque me gusta tomarte muchas fotos…”
“Porque coleccionas fotos de mujeres bonitas… ya me lo habías dicho… ”
Me sonrió y acomodo mi cuerpo en su regazo como si fuera una niña pequeña apunto de arrullar, −ya lo había hecho en otras ocasiones mientras yo leía para él un libro, a mi me encantaba ponerme así con él− me doblé un poco y escondí mi cara en su pecho, me gustaba la forma en que su voz muy ronca retumbaba vibrando en mi oído cuando me ponía así.
− ¿Pero sabes que hago con esas fotos…? –me preguntó.
− No.
− Me toco viéndolas.
Entonces alcé mi rostro para verle…
− ¿Te masturbas? Le pregunté sorprendida.
− Sí, como tú me platicas que lo haces, yo también lo hago mucho y con tus fotos me masturbo mucho más. Son las que más veo.
Yo debí haberme sonrojado muchísimo… no creía lo que me estaba diciendo. Volví a enmudecer. Así que continuó:
− Y sabes, no hay nada que desee más que hacerte eso que me pides. Sueño con ello.

De pronto sentí una de sus manos acariciándome los muslos de las piernas… yo no me inmuté, seguía viéndole a los ojos. Una extraña alegría me invadió, tanto que no pude ocultar y le sonreí ampliamente por todo lo que me decía, me encantaba, simplemente me encantaba saber que yo le gustaba así.

− Entonces te masturbas viéndome… ¡te excito como a mis novios!…
− Muchísimo, eres muy linda… yo quisiera tocarte ahorita como tus novios lo hacen contigo, de pensarlo y desearlo ahora estoy muy excitado, sientes eso debajo de ti… -empujo sus caderas hacia arriba y me recorrió hasta que una de mis nalgas quedó encima de su hombría-
− ¡La tienes parada!
Sorprendida me solté de él, me levanté y me puse en cuclillas de nuevo frente a él, y con mi sonrisa de oreja a oreja mis ojos se fueron a clavar sobre su pantalón.
El sonrío también divertido por mi infantil emoción.
− Sí la tengo bien dura ahorita. ¿Quieres que te la enseñe como tus novios te las han enseñado?

Yo no creía lo que me estaba diciendo… ¡vería por fin un pene de un adulto!… por un momento dude, pero mi curiosidad era muy poderosa. Yo sólo había visto un pene de un hombre maduro en una hoja de revista porno que alguna amiga encontró por allí, no había el acceso a internet como lo había hoy, en ese tiempo era muy restringido, todo lo que sabía de sexo era casi nulo, tuve una educación sexual muy limitada y conservadora, lo que aprendí, lo sabía por lo que se escuchaba y lo que había experimentado con caricias superficiales con mis novios.
Le asentí con la cabeza. Yo estaba en medio de sus piernas así que vi como se retiró la camisa desfajada de encima de ese bulto que sentí… y sin pensarlo mi mano se fue directo hacia él, lo acaricie tratando de descifrar la forma de lo que había abajo. Pero un golpe de conciencia me hizo mirarle a los ojos, como si me avergonzará el atrevimiento de lazarme a tocarle así de prisa. Busqué en su mirada algo que me dijera que pudiera seguir, y me topé con la expresión de su cara excitada, sin decirme nada puso su mano encima de la mía y la empezó a mover como yo lo había hecho al principio… y emitió un largo suspiro. “¿Quieres ver cómo es? “Me preguntó y
Le asentí con la cabeza aún a pesar de que sentía en mí muchísimos nervios pues mis creencias de ese momento y mi educación me dictaba que eso no estaba bien. Entonces lo vi desabrocharse el pantalón, levantar las caderas para bajárselo hasta los muslos, de inmediato vi un bulto enorme alzarse de lado y apretadamente en la trusa blanca de estilo clásico que tenía como ropa interior. Sus piernas eran muy velludas, se desabotonó la camisa y me descubrió su abdomen plano, debajo de su ombligo le seguía un caminito de vellos muy oscuros y gruesos. Volví a tocarle por iniciativa propia, quería palparlo y deseaba ver cómo era… “Sácalo linda. Sácalo para que lo veas.” Le escuché decirme.

Obedecí… Metí mi mano bajo su ombligo por el resorte grueso hasta alcanzar eso que me hizo entreabrir la boca en cuanto lo palpé; qué calientito y duro se sentía. Recuerdo que mi reacción inexperta y curiosa fue apretarle muy fuerte todo su tronco, él gruñó en protesta y se dobló, de inmediato aflojé la mano, lo mire a la cara y me sonrió: “pero con cuidado linda”, yo sólo atine a devolverle la sonrisa apenada y decirle un “lo siento” pero pronto seguí con lo mi labor y se lo saque todo. Él termino ayudándome bajándose el resto de la prenda hasta sus muslos. Yo no podía creer lo que mis manos tenían, era grandísimo en comparación con lo poco que yo había visto a mis incipientes adolescentes novios… él era grande, era un hombre bien dotado. Su físico delgado estaba bien compensada con su sexo, no estaba circuncidado, y esto era nuevo para mí, tenía mucho pellejo que yo movía morbosamente de arriba hacia abajo, cubriendo y descubriéndole la cabezota de su glande.

Quería grabarme esa imagen de su cuerpo frente a mí, pues distaba mucho de la que tenía de mis noviecillos. Recuerdo haber soltado una de mis manos de su cosota para tocarle su pecho y su abdomen, parecía dibujársele un toro y eso me gustaba, ver su respiración profunda en su pecho ir y venir, la textura de su piel morena, bajé a su ombligo y seguí así hasta meter mis dedos en la gruesa y oscura mata de sus vellos púbicos y sentir como mis dedos podían enredarse en ella. Terminé tocándole los huevos, grandes y pesados, los sopesé en mi mano mientras la otra seguía entretenida con su tronco. Me abstraje en eso por un buen rato hasta que volví a mirarlo a la cara y ya tenía los ojos entornados y respiraba entrecortadamente.

− ¿Te gusta que te toque así?” Le pregunté después de pasarme toda la saliva de mi embobamiento.
− Muchísimo, siento muy bonito, ¿quieres que te haga sentir igual a ti?
− ¿Vas a tocarme mis partes?… es que nadie me ha tocado allí. –dije algo sobresaltada, asustada y nerviosa. Y aunque detuve el movimiento de mis manos no lo solté.
−Lo sé linda, tú me lo has dicho… no lo haré si no quieres.
Debió haberse notado mucho mi miedo por la expresión de mi cara, porque él se incorporó y poniéndome una mano encima de las mías me dijo:
− Suéltalo linda, si ya lo quieres me lo guardaré. No tienes porque tocarme si no quieres.
Pero contrario de lo que esperaba, le conteste con un tajante “No”, lo mire a los ojos y le pregunté esperanzada a que no se negara: “¿puedo seguir tocándote otro ratito? Me sonrío y se recargo de nuevo hacia atrás para ponerse cómodo y me contestó con esa sonrisa: “Tócalo todo lo que quieras… pero sólo si a ti te gusta hacerlo”

Sonreí ampliamente y le asentí con una cara de picardía que a él le causo una risilla divertida… Pero un rato después un pensamiento volvió a distraerme de mi hacer. Me detuve y le mire de nuevo a la cara poniéndole una expresión de preocupación.
− ¿Pasa algo linda?…
− El día que me lo metas me dolerá muchísimo ¿no es así? Eso dicen mis amigas… además yo no entiendo cómo esto va a caber.
Volvió a sonreírme, y con voz muy seria tratando de que en verdad le creyera me contestó.
−Tendré cuidado y te lo haré despacito… y primero te haré sentir muy excitada para que no te duela…
− … Sabes, ya estoy muy excitada… − le interrumpí con una sonrisa− me siento bien mojada y tensa de allí, como cuando me masturbo.
En ese momento su pene dio un respingo en mis manos…
− ¿Estas excitada por tocarme?
Asentí y él suspiró largamente. Su mirada se tornó muy penetrante.
− ¿Me dejas besarte?…
Sin contestarle yo fui la que me acerque a él, pero sin soltar de mis manos lo que manoseaba, él quería abrazarme, pero yo seguía sujetando su falote entre mis manos, y era difícil hacerlo así, por lo que se rió.
− Pero suéltalo linda, suéltalo ahorita te lo vuelvo a prestar…

Yo me reí junto con él y obedecí, me volvió a poner en su regazo como me tenía de principio, y sentí como aquello que quedaba debajo de mí, tocaba una de mis nalgas.
Me empezó acariciar la cara, y apretarme contra a él, me volvió acariciar mis piernas y mis brazos. El tenía una descuidada y corta pero suave barba en su rostro, y cuando yo le estaba tocando su cara me tomó esa mano, la apretó y beso, me miró de nuevo a los ojos mientras me mecía en sus brazos, se inclinó y me besó la boca. Yo ya tenía experiencia besando novios, pero a diferencia de ellos que de inmediato me atragantaban con sus lenguas y me hacían abrir mucho la boca… él empezó a besarme muy despacio, como si le quitara sutilmente los pétalos a una flor, me atrapaba los labios alternadamente y chupaba, succionaba cada uno suavemente, saboreándolos… hasta que fue mi lengua la que atrajo la de él. Qué beso más intenso, el primer beso de mi vida que me supo a beso, fue un beso muy largo, suave, intenso, tierno y apasionado. Nadie me había besado así… haciéndome sentir tanto… me gustaba la calidez y el sabor de su saliva, y las cosquillas que me hacía su barba. Me sumí tanto en él que no me di cuenta cuando sus manos empezaron a acariciarme debajo de mi falda, mis muslos y mis nalgas. Yo ya respiraba muy agitada junto con él… Fueron un sinfín de caricias teniéndome así.

De rato mientras me acariciaba mis piernas, abrí los ojos y me desaparté de su boca, nuestras miradas chocaron y fue en ese momento que le tome la mano, e impulsada por la confianza, el cariño que sentía por él, mi deseo y mi necesidad de sentir más, que le separé mis rodillas y llevé su mano a que me tocara entre mis piernas…
Lo vi entreabrir la boca y suspirar cuando tocó mi humedad por encima de mi prenda interior, se dio cuenta de lo excitada que me tenía, no dejaba de mirarme a los ojos cuando sentí como la deslizó hasta quitármela. Y de inmediato fue de nuevo a tocarme, lo hizo despacio; palpó mi vulva con su mano, mis incipientes vellos por todo mis labios, mis ingles, hasta que su dedo se deslizó resbalosamente por toda mi raja, yo gemí, me estremecí y cerré los ojos, pues a esa caricia le siguieron muchas iguales. Y sus labios volvieron a mi boca.

Yo estaba en el cielo aún con los ojos cerrados cuando sentí como me fue recostando sobre la alfombra y él se puso medio encima de mí. Volvió a desapartarse de mí y entonces pude ver su cara encima de la mía. Yo temblaba en ese momento como gelatina, mi cuerpo se sentía como nunca había experimentado, era mucha excitación envuelta en un gran nerviosismo inexplicable… Mi cara debía delatar estos sentimientos porque me beso en la mejilla, me abrazó y me susurró en el oído: “Te quiero mucho linda… sabes que te quiero mucho, y quiero que estés bien, que te sientas muy bien… si algo no te gusta detenme, no voy a enojarme contigo.”
Entonces volvió a mirarme y únicamente le asentí con la cabeza, las palabras ya no me salían.

Enseguida hábilmente me despojó de mi sostén sin quitarme la playera blanca, y así empezó a besarme los senos. Debieron en poco rato estar mis pezones bien grandes y tiesos, recuerdo que un momento lo vi detenerse, me despojo de la falda y así se alzo en sus brazos para contemplar mi cuerpo debajo de él en ese estado, casi ya totalmente desnudo. Le he de haber gustado mucho porque vi como se llevo su mano a su hombría y mirándome con mis pezones bien marcados sobre la tela humedecida por su saliva empezó a tocarse. Le veía en su cara una expresión de perdido, de lujuria. Fue la primera vez que vi esa expresión en la cara de un hombre y sentí unos enormes deseos por complacerle. Mi instinto no me falló, pues lo vi gruñir complacido cuando le sorprendí ante su mirada abriéndole totalmente mis piernas flexionadas para exponerle mi virginal sexo excitado. Mi instinto, mi deseo, me impulsaba a ofrecerme de esa manera sin pensarlo.

De inmediato azuzado se junto de nuevo hacia mí buscándome la boca, sentí como recargo su pene en mi sexo y presionó, como si quisiera meterlo de una vez… Gemí entre excitada y asustada. Pero no lo detuve, lo dejé hacer, fue él mismo que puso control a su cuerpo, decidió mejor alzarme la playera para sacarme los senos y fue directamente a succionarme los pezones. Eso me empezó a poner realmente caliente; el sonido y la sensación de sus labios al succionarme, acompañado de sus jadeos terminaron por enardecer mis ganas, tanto que yo estaba ya meneando mis caderas involuntariamente tratando de rozarme con él. Hasta que el atraído por mis movimientos se acompasó conmigo y empezó suavemente a deslizar su pene por mi rajita empapada e hinchadísima… Yo gemía y gemía, y él me besaba por todos lados, toda mi cara, mi cuello mis senos y me apretaba contra él.
Hasta que detuvo sus caderas y dejó de besarme, abrí los ojos para entender qué pasaba. Se estaba despojando por completo del pantalón y de su trusa que tenía hecho bolas en sus tobillos, se terminó por desnudar y lo hizo conmigo también. De nuevo se acomodo totalmente encima entre mis piernas, sin dejarme caer todo su cuerpo, me abrazó y mirándome a los ojos, sentí como puso la punta de su pene en la entrada de mi vagina, hizo un movimiento en falso que sólo provoco que se deslizara de nuevo por todo mi raja dándole un buen razón a mi clítoris… yo me retorcí en placer debajo de él. De nuevo se colocó en la entrada de mi cuerpo, y empezó a empujar suavemente, yo sabía lo que iba pasar y deseaba conscientemente en ese momento con todas mis ganas que pasara… así que yo empecé a empujar mis caderas hacia arriba, tratando de que también entrara. Nos veíamos las caras; veía su expresión excitada, su respiración nerviosa y entrecortada salir por su boca, el sudor en su frente, su propio temblor en su cuerpo para controlar sus ímpetus y no lastimarme… pues ahora sé que de haber sido otro hombre nada lo hubiera detenido por habérmela metido de una vez sin tantos preámbulos.

De pronto en un movimiento sentí como la humedad y suavidad de mis carnes internas inflamadas succionaron su glande y un poquito más, gemimos al unisonó y yo detuve mi vaivén… él siguió con el suyo suavemente. Hasta que poco a poco me fue abriendo, yo cerré los ojos por lo que empecé a sentir, placer, mucho placer, hasta que los abrí y gemí sobresaltada cuando dio un empujón más, y me dolió. Mi instinto fue poner mis manos en su abdomen para desapartarlo, más él no desistió, volvió a empujar, y me volvió a doler… En ese momento estaba sobre mi virginidad… mis ojos miraron a los suyos suplicantes para que se detuviera… pero no lo hizo… volvió a empujar y yo me retorcí en dolor y empecé a gimotear y a poner un puchero en mi cara. Fue cuando se detuvo y me abrazó sin salirse de mí, él era grande, ancho, y por muy sutil que intentará hacerlo tendría que dolerme… Escuche en mi oído un: “Shhh tranquila, tranquila, respira…” Yo obedecí y me fui tranquilizando en sus brazos hasta que pocos segundos después volvió a desapartarse de mí para verme y a empujar despacito… Traté de ser valiente, de aguantar ese dolor que insistía en agobiar mi excitado cuerpo. Pero me era imposible y volvía a gimotear y trataba de detenerle con mis manos. Me abrazó y me dijo: va a dolerte un ratito si quieres que continúe, ¿quieres que dejemos de hacerlo? Yo no quería, yo quería que siguiera, pues por paradójico que se escuche, cada vez que se detenía, dentro de mí sentía un enorme deseo porque retomara el movimiento de sus caderas…

Le negué con la cabeza y lo abrace por el cuello, entendió que lo alentaba a seguir. Me empezó de nuevo a besar y a retomar sus movimientos pélvicos, y cuando menos lo esperé empujó fuerte dentro de mí, y cedió, yo emití un pequeño grito de dolor y empecé a convulsionar mi pecho en sollozos, pues sentí un ardor dentro de mí que me causo gran dolor, pues me había por fin desvirgado. Se quedó dentro sin moverse y empezó a llenarme de besos la cara mientras me salían unas lágrimas… Empezó a decirme muchos te quieros como si fueran letanía. Me fui calmando pues después de un ratito me sentí acoplada a él. Y me dijo: “abrázame con tus piernas…” Al obedecerle la posición lo hizo acoplarse mejor y fue cuando empezó a moverse sin salirse por completo ni adentrarse más de lo que estaba, sabía que no me lo había metido todo, aún le faltaba carne, creo que no quería lastimarme más y sin embargo yo sentía que me habían metido el mundo allí dentro… lo sentía inmenso.

Sus movimientos fueron haciendo que sobre mi clítoris hubiera cierta presión y ese placer que me provocaba fue consolando y excitando más mi estrenada y dilatada vagina… hasta que vio como mis sollozos se convirtieron de nuevo en puros gemidos de placer… No paso mucho rato en que sentí como ese placer se iba agrandando más y más hasta que cuando menos lo espere me tensé, lo abrace mucho, mi espalda se arqueó y sentí como explotó desde mi vagina un orgasmo que atravesó cada centímetro de mi cuerpo, haciéndome convulsionar debajo de él en un gemido largo y fuerte. Apenas percibí su gruñido complacido y sus jadeos diciéndome, “te siento linda, te siento alrededor mío, vente así, ordéñame.” Y de pronto gimió gravemente, me abrazó muy fuerte mientras las contracciones involuntarias de mi sexo lo apretaban a él… pero pronto se salió de mí y dejó su miembro encima de mi vientre y ahí se descargo todo. Después se desplomó a mi lado y volvió atraerme hacía él en un abrazo aunque sin fuerzas, cálido y lleno de amor.

Pocos minutos después abrí mis ojos y lo vi mirándome, me sonrío y le devolví la sonrisa. Yo no quería decirle nada, me gustaba ese silencio en sus brazos. Las palabras sobraban en ese instante. No quería que me explicara nada, ni quería entender nada… Aún así después de unos minutos me dijo…
“Creo que no nos aguantamos hasta tus 18 linda…” y nos soltamos riendo ampliamente. Y fue en ese momento que ya no sólo fue mi mejor amigo, sino que nos convertimos en cómplices y amantes.

Besos Fogosos
Dánae.

Publicado en: Relatos porno

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