Pasion en el mar

Mario era el chico perfecto, mi compañero de trabajo.

Poseía unos seductores ojos azules que contrastaban con su tez morena. Yo no podía evitar lanzarle miradas furtivas, mientras estábamos en el trabajo.

Llevaba ya durante mucho tiempo observándolo, casi el mismo tiempo que llevaba soñando con el entre juegos de sábanas y jadeos entre sus  fuertes brazos.

Soñaba cada día que le veía con dejarme llevar por el deseo, pero a su vez, no creía que mis ardientes deseos coincidiesen con los de Mario hacia mi.
Habíamos quedado un viernes para celebrar un nuevo contrato conseguido por nuestra empresa, con todos los compañeros del trabajo, pero como casi siempre, terminamos quedándonos solos.

Acabamos en una discoteca de moda, empujados él uno contra el otro por el montón de gente, que en ella había.

Me encantaban esos ataques furtivos de su cuerpo y sus pequeños roces. Notaba su aliento en mi cuello y cara.

De repente, los roces y empujones provocados por la gente, se convirtieron en un beso que despertó toda mi pasión encerrada hasta ese momento, tanto tiempo reprimida y parecía que por fin mis sueños se terminaban y se podían convertir en realidad.

Nuestros cuerpos comenzaron a contornearse al ritmo de una magnifica balada, comencé a notar como él movía su mano por mi espalda lentamente.

Lenta, pero ardientemente, me besó, mientras su mano, continuaba acariciando mi espalda bajando poco a poco hacia mi culo, se deslizaba en mi espalda lenta y suavemente, provocando que un agradable escalofrío de placer despertara todos mis sentidos.

Con una simple mirada suya, supe que necesitábamos un momento de intimidad. Con gran esfuerzo, Mario consiguió apartarse de mí, de mis labios que tanto lo deseaban, de mi cuerpo y nos dirigimos hacia su casa al lado de la playa, pero habíamos despertado ya en nuestros cuerpos, una vorágine de deseo físico imparable, así que en el momento que vimos la ruta hacia la playa, no lo dudamos ni un solo instante.

Sentía un calor imparable dentro de mi, necesitaba besarle ahí mismo.

Nos besamos de nuevo, esta vez con más fuerza y pasión, nuestros cuerpos desesperados y excitados querían fundirse el uno con el otro.

La ropa fue cayendo poco a poco, mientras las manos acariciaban nuestros cuerpos ya desnudos, como queriendo reconocer cada rincón de ellos, sin necesidad de miradas.

Se me ocurrió una idea muy, muy picarona y sugerente, así que con la voz más seductora que pude, le sugerí meternos en el agua.

Él no opuso ninguna resistencia, poseído de una tremenda excitación que le privaba de su voluntad.

Mientras nos adentrábamos en las cálidas aguas del mar,  mis piernas y mis brazos rodearon el cuerpo de Mario, perfectamente esculpido por el gimnasio.

Él, tras recorrer con sus manos mi ardiente y excitado cuerpo, deteniéndose unos instantes en mis pezones,  chupándolos con gran deseo y masajeando mis turgentes pechos.

Loco de excitación y deseo por la situación, buscó atraerme más hacia él, cogiéndome con cuidado, pero con fuerza, por mi trasero.

Posada en sus caderas, noté como la polla de mi amante me poseía y penetraba con una cadencia de extasiante placer.

El mar testigo de ese acto cargado de erotismo y pasión desenfrenada, nos permitió una nueva modalidad, permitiéndome estirarme sobre el agua, flotando sobre ella, dejándome llevar por el suave oleaje, de manera que él podía apreciar, gracias al reflejo de la luna llena sobre el agua , mi cuerpo en toda su plenitud y esplendor, con mis turgentes pechos, coronados por sus pezones, como si de 2 islas se tratasen y podía comprobar como me penetraba al ritmo que marcaba, dándole el mayor de los placeres.

Así, comenzamos un baile acuático de pasión desenfrenada y frenesí, en el que nuestros cuerpos finalmente alcanzaron el clímax de la felicidad y la pasion en el mar, al unisono.

Publicado en: Relatos de pareja Etiquetado con: ,

Deja un comentario