Mi diario como criada (capitulo 1)

Desde hace unos meses trabajo como criada en casa de un hombre digamos, extravagante. El primer día en llegar a la opulenta casa me encontré directamente con él, yo sería la única sirvienta de la casa. Él, un hombre de mediana edad, apuesto, refinado, elegante, serio… me hablo de las condiciones y del trabajo que desempeñaría.

En principio las labores típicas de una empleada de hogar, pero me llamaron la atención dos cosas fundamentalmente, debía mostrar especial atención en el cuidado de su ropa interior, la cual me mostró… cajones y cajones llenos de la más delicada lencería femenina, braguitas de seda, encaje, culottes… según sus palabras le resultaba burda la ropa interior masculina…todo esto de la forma más natural.

Mi primer pensamiento fue que era gay, algo en lo que estaba realmente equivocada. La otra sorpresa fue mi uniforme, el típico de película pornográfica, negro con faldita cortita, algo de vuelo, delantal blanco, cofia, medias negras con ligueros y braguitas blancas. Todo esto hubiera hecho pensar a más de una, pero el sueldo era más que generoso.

Pasaban días y días en los que prácticamente ni me hablaba ni reparaba en mi presencia. Una noche tuvo invitados, un matrimonio de su misma posición. Yo, serví la cena, las copas y todo transcurrió de forma normal. Cuando se marchaban, escuche como ella quedaba en volver a la mañana siguiente para montar a caballo. Y así, esa mañana yo fui quien la recibió.

Era una señora de entre 35 y 40 años, guapa, rubia, con el pelo recogido, ojos azules, altiva, muy estirada. Vestía la indumentaria apropiada para montar, pantalón blanco y ceñido que realzaba sus magnificas caderas, botas altas, camisa blanca, chaquetilla roja… él bajó y salieron. Yo hice mis labores habituales y no repare en que después de un par de horas habían regresado.

Cuando me dirigía hacia su habitación para dejar unas cuantas piezas de lencería oí a través de la puerta una especie de “glu-glu”, abrí lentamente y allí estaban, él de pie, ella de espaladas a mí, de rodillas, desnuda de cintura para arriba, con el pantalón ceñido a su culo perfecto y las botas todavía puestas, lamiendo, chupando, comiendo aquel enorme miembro que salía por un lado de sus bragas blancas de seda. Él le tenia las manos sobre la cabeza mientras miraba hacia arriba con la boca abierta de placer. Como se afanaba aquella dama, agarrándole el trasero mientras chupaba y chupaba.

Cerré la puerta lentamente y me alejé, aunque durante unos noventa minutos no dejé de oír gritos de placer y el traqueteo de la cama. Después bajaron y me dijo que subiera a recoger la habitación. Cuando entré todo olía a sexo, encontré las bragas de él, llenas de semen, por el suelo, sobre la cama las de ella, blancas también, de encaje, con semen en la parte trasera, bien mojadas. Recogí las dos prendas y no pude reprimir mi deseo de acercarlas a mi nariz, a mi boca, de lamerlas.

Me arrodille con cada una de las bragas en una mano y las lamí, perdiendo la noción de lo que hacía, embriagada, pasándomelas alternativamente bajo mi falda, no pudiendo reprimir el deseo de quitarme las mías y ponerme las de ella, calientes, con el semen pegajoso en mi culito, masturbándome mientras lamía las de mí amo hasta caer en el suelo con un orgasmo increíble.

Continuara…

Publicado en: Relatos porno

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