Me gusta hacerlo gritar

Esa vez se suponía que sólo íbamos a platicar. No nos habíamos visto en varios días porque yo había salido de la ciudad, así que había muchas cosas que contarnos. Que si me había ido bien, que si me había ido mal, que cuántos chicos guapos había visto por allí. Yo solo me reía, no quería que él se pusiera celoso. Pero siendo sincera, nada más recordar todo lo que vi comenzaba a sentir caliente mi vientre.
De repente, nos quedamos callados. Yo lo miraba, recorriendo cada centímetro de su cara, disfrutando de su barba de tres días que tanto me gustaba. Viendo su sensual boca, sus cejas rectas.
-Te extrañé -me dijo con voz ronca, y pude ver en sus ojos como pasó de verme con ternura a verme con deseo, oscureciéndose su mirada.
Me tensé, anticipando el placer que seguramente me aguardaba. Pero había un problema: tenía la regla, y yo no quería que él me viera así.
Iba a apartarme de él, intentando evitar caer en la tentación, cuando él arremetió contra mi boca, besándome con pasión mezclada con necesidad. Nunca me había besado así, y no tardé en devolverle el beso.
Su lengua reclamaba la mía, mis manos maltrataban su cabello. Él me tomó de la cintura y me levantó de mi silla para acomodarme arriba de él. Sus dedos se marcaban en el pedazo de piel que dejaba ver mi blusa desacomodada, y yo comencé a moverme por instinto, meneando el trasero en círculos, rozando su erección contra mí. Él me sujetó fuerte, y me subía y me bajaba para que diera sentones sobre sus piernas, sobre su sexo. Me estaba volviendo loca, desordenando mis ideas.
Seguimos besándonos, acariciándonos, rozándonos. Me desabotonó mi blusa, dejando que resbalara por mis hombros. Yo le quité su playera, y le recorrí con las manos la espalda, el pecho, el abdomen.
Puso sus manos en la tela del sujetador que cubría mis senos, y empezó a masajearlos mientras que con su boca jugaba con mi oreja, con mi cuello. Me mordió, y yo gemí en voz alta. Estaba ya muy excitada, me movía más rápido contra él.
Su miembro se sentía duro contra la tela de su pantalón, y yo gustosa me restregaba más y más fuerte, estimulandome justo en mi clítoris. Ambos jadeábamos, gruñíamos entre besos. Me aferré a su perfecta espalda mientras él me rodeaba los pezones con su pulgares, causando fricción entre el encaje y mi piel. Sentí el placer acumularse más y más en mi vientre.
Sin avisar, me corrí. Grité y temblé encima de mi hombre como nunca antes había hecho. Estaba feliz.
Pero él todavía no había acabado, y con sus manos buscó desabrochar mi pantalón. Entré en pánico, y de inmediato me cubrí para evitar que lo lograra.
-Quiero tener tu miembro en mi boca, déjame darte sexo oral -le dije segura de mí misma. Así podría hacerlo disfrutar, y él no me incomodaría con mi regla.
Ni siquiera me contestó. Me bajó y me puso de rodillas frente a él. Ansiosa, le bajé el pantalón y liberé su erección para ponerla frente a mí.
Juro que se me hizo agua la boca. Sus jugos escurrían en la punta de su glande, y yo los limpié con mi lengua, provocando un profundo gemido en él.
Sabía bien, y en ese momento me di cuenta de que durante mi viaje había extrañado su sabor, su textura, su firmeza. Quería hacerlo gritar como nunca.
Tomé su pene con mi mano y comencé a masturbarlo. Arriba, abajo, arriba, abajo, y con la otra mano le acariciaba los testículos. Levanté mi cabeza para poder mirarlo a los ojos, y él me miraba fijamente, con la mandíbula apretada.
-¿Te gusta así amor?
-Oh si Rebeca, no te detengas -me contestó entre jadeos.
Metí su glande en mi boca, y chupé fuerte. Lamía y besaba sin dejar de masturbarlo, y escucharlo empezar a gritar fue lo más estimulante que he oído en mi vida. Entonces, impaciente, me metí todo su miembro, hasta que tocó mi garganta. Cubrí mis dientes con mis labios para no lastimarlo y saqué y metí su pene de mi boca, una y otra vez.
Primero empecé despacio, rodeándolo con mi lengua, presionando con mi mano. Pero sabía tan bien, gritaba tan rico, cada vez más, que comencé a mamársela más rápido. Era maravilloso poder darle todo sin sentir arcadas, saboreándolo por completo. Estaba disfrutando de lo lindo, y según sus temblores, él también.
Me tomó la cabeza con las manos para evitar que me siguiera moviendo, y sentí su pene palpitar antes de sentir su leche llenar mi boca. Su grito resonó en toda la habitación, y yo satisfecha me enderecé para ver su expresión de placer.
-Esa es mi hembra -me dijo con una sonrisa en la cara.

Publicado en: Relatoseroticos

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