La trampa (segunda parte)

Totalmente abatido e inmerso en mis pensamientos, perdí por completo la noción del tiempo. Al escuchar la risa de mi mujer que provenía del pasillo, intenté sobreponerme rápidamente y fingir que todo estaba superado.

Ambos ingresaron a la sala, pero recién pude verlos cuando se encontraron a mi lado. Me sorprendió ver a mi mujer completamente desnuda y Diego vestido aún con mi remera. A los dos se los notaba felices y relajados, con caras de cansancio pero sonrientes. María me sacó la mordaza y yo intenté simular una sonrisa pero ella de inmediato se dio cuenta de todo lo que me pasaba. No hizo falta ninguna palabra, sólo me miró fijamente y leyó todos mis pensamientos.

-Voy a intentar sacarte la mufa -me susurró al oído.

María comenzó a aflojar mis ataduras, pero Diego la interrumpíó con un gesto. La cuerda que sujetaba mi pecho quedó suelta mientras que las que sostenían mis manos y piernas siguieron firmes y bien sujetas. Los miré a ambos intrigado por saber qué estaban tramando.

-Todavía no -dijo nuestro amigo mientras revisaba la cámara que había traído de nuestra habitación.

Mi mujer se quedó de pie frente a mi, mirándome con cierta lástima pero también con ojos mórbidos, se arrodilló delante mío y comenzó a acariciarme. Mi verga que ya se había aflojado, de inmediato dio un salto y volvió a recuperar la hinchazón. Sus manos se sentían calientes y transpiradas. Mi miembro se derretía entre sus dedos y la excitación se apoderó de todo mi cuerpo. Ella jugaba con todo mi miembro desde mis huevos hasta mi glande. A mi cabeza volvieron los recuerdos de ella montando la pija de nuestro amigo y esas sensaciones encontradas me provocaron una explosión repentina y sorpresiva que no pude controlar. Mi verga comenzó a escupir leche y a chorrear los dedos de mi esposa que continuaba masturbándome sin detenerse. Mi jugo caliente y espeso se derramó entre sus dedos, cayendo en gruesas gotas sobre la silla.

Tanta tensión previa, tanto sufrimiento y la enorme excitación contenida me habían agotado. me sentía muy cansado y agobiado. Mi mujer me rodeo mientras acariciaba mis hombros y se detuvo a mis espaldas. Yo esperaba que comenzara a desatarme. Diego había desaparecido, no sabía dónde estaba, suponía que habría vuelto a la habitación para cambiarse. Podía sentir a mi esposa detrás mío, pero no estaba aflojando las sogas.

-¿Qué te pasa que no me desatás? -pregunté molesto -¿Vas a tardar mucho más?

Sentí las manos de ella apoyarse en mis hombros. Luego asomó su cabeza y me besó en el cuello.

-Sos tan lindo y tan cabrón a veces -dijo burlándose. -Te quiero t- tan- to…

Su voz sonaba rara, entrecortada, cómo si estuviese corriendo. Dejó su cabeza apoyada en mi hombro y comencé a sentir pequeños empujones en mi silla. Inmediatamente me di cuenta de lo que sucedía. No podía ver lo que pasaba a mis espaldas, pero seguramente Diego no estaba en la habitación como yo pensaba. Se estaba follando a mi esposa nuevamente. Y ella estaba encima mío.

-¿Qué pasa ahí? -dije en voz alta y enfadado.

-Me la está poniendo de nuevo -me susurró María en mi oído, y mi piel se erizó en todo el cuerpo. -Está tan dura y gruesa que llena toda mi conchita. -su voz se oía muy sensual y lujuriosa. Yo no podía hablar, mi garganta era un nudo. -Puedo sentir cada vena de su pija rozando en mi interior… me encanta…

El golpeteo de las caderas de Diego contra mi mujer se escuchaban claramente y acompañaban con pequeños empujones sobre mi silla. Yo intentaba girar mi cabeza lo más que podía, pero apenas podía ver sus sombras detrás mío.

María jadeaba y gemía en mi oído y los empellones de nuestro amigo eran cada vez más fuertes que hasta desplazaban mi silla.

-Mmmm… voy a acabar otra vez.. -murmuró y la humedad se sentía hasta en su voz -¿Estas preparado? -me preguntó tartamudeando.

-¿Preparado para qué? -intenté responder con enfado pero mi voz casi era imperceptible.

María se incorporó y me soltó, los golpes y empujones cesaron y ambos volvieron a pararse delante mío. Mi esposa apoyó sus manos en mis piernas, bajó su cabeza y comenzó a chuparme la pija que aún tenía los restos de mi acabada anterior. No hizo falta demasiado para recuperar la erección de mi miembro, ella sabía perfectamente lo que hacía y cómo me gustaba que lo hiciera. Yo la observé atentamente y me entregué al placer de su boca. Pero ese instante de felicidad duró poco. Diego estaba parado detrás de ella, la tomó de su cintura y ella levantó su cola y abrió las piernas para permitirle a nuestro invitado que la volviera a penetrar. Diego agarró su verga y la fue metiendo con cuidado en la concha de mi mujer que seguía devorándome mi pija. Nuestro amigo comenzó nuevamente a empujar sus caderas contra la cola de mi esposa y a follarla por tercera vez. Pero ahora, lo estaba haciendo ante mis ojos, sin importarle mi opinión ni mis sensaciones. El la penetraba con fuerza, aferrándose a las caderas de ella, mirándome con soberbia, con lujuria, como burlándose de mi situación. Humillándome.

María estaba demasiado excitada cómo para aguantar mucho tiempo aquella impresionante follada que le estaba propinando su cómplice. Para entonces ya me había acostumbrado a esa mezcla de sentimientos y podía convivir con esa ira que sentía por haber sido engañado, esa humillación a la que había sido sometido y esa angustia de ver a mi esposa disfrutando y gozando intensamente con otro hombre sin que yo pudiera hacer nada. María dejó de chupar mi verga y apoyó su cabeza en mis piernas. Su respiración era entrecortada, con la boca abierta y los ojos bien cerrados jadeaba y gemía. Sentía su aliento caliente en mis muslos y sus uñas se hundían en mi carne por el esfuerzo de aguantar su cuarto orgasmo en la noche.

-N-nno… n-no pue-do más… -intentó balbucear, pero el orgasmo le ganó la batalla y estalló en un grito húmedo y profundo de placer. Verla en ese estado tan alto de excitación me hizo volar la cabeza y mi verga se hinchó aún más y mi glande se volvió más morado. Diego, que había sido la causa de todo, también acusó la imagen de mi esposa y la potencia con que había logrado su último orgasmo y tampoco pudo contener su excitación. Sacó rápidamente su pija de la concha caliente de mi mujer y comenzó a descargar en chorros abundantes (muy abundantes) y espesos de leche sobre el trasero y espalda de ella. allí me di cuenta que la había estado cogiendo sin preservativo y eso me hizo temblar y la angustia volvió a ganarle a la excitación. Mi esposa no pudo más y se desplomó sobre mi, sus piernas se doblaron y se arrodilló en el piso, mientras las últimas gotas de leche salían del miembro de Diego para caer en el suelo de la sala.

María levantó su cabeza y me miró fijamente, sus ojos cansados y mas azules que nunca me observaban profundamente.

-Jamás en mi vida tuve un orgasmo cómo el de recién -confesó -Jamás. Fue algo increíble. Gracias… gracias a los dos.

Sus palabras sonaron sinceras y honestas. Yo seguía tratando de contener mi rabia por todo lo que había experimentado tratando de consolarme con todos los momentos de alta excitación que había vivido.

-¿Cómo estás? -me preguntó Diego mientras mi mujer se levantaba y se perdía en el pasillo rumbo al baño.

-No sé -respondí y me sorprendió lo calma que sonó mi voz -La verdad es que no puedo saberlo, son muchas cosas las que me pasaron.

-Pero, ¿te gustó?¿La pasaste bien? -insistió al tiempo en que se subía el pantalón.

-No te puedo decir ahora… -contesté dudando -Por momentos no la pasé nada bien. No me lo esperaba. No estaba preparado… no sé. Quizás te pueda responder la próxima vez que nos veamos, una vez que haya digerido todo.

Diego se sonrió, se terminó de vestir y se fue feliz de haber logrado lo que quiso desde el primer momento que lo invitamos. Follarse a mi mujer.

Publicado en: Relatoseroticos

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