La trampa (primera parte)

Me confié demasiado y confié demasiado en ellos. Me descuidé.
Acepté la propuesta y dejé que ella me convenciera con su encanto y su sonrisa seductora, haciéndome creer que estaba improvisando una nueva experiencia. Pero finalmente caí en una trampa armada por ellos y me sentí humillado, traicionado y sumamente imbécil.

La visita de Diego, como tantas otras veces, había sido casual (eso fue lo que me hicieron creer). Cenamos, conversamos, repasamos experiencias, bebimos y fumamos. Hasta allí nada fuero de lo habitual de nuestros encuentros. Sabíamos que luego sucedería algo, pero yo pensaba que sería el mismo juego de siempre: Conmigo mirando como ellos se acariciaran o, incluso que María le chupara la verga a él o Diego masturbara a mi esposa. Nunca había sido más que eso. Como un juego amoroso y de pre calentamiento cómo para que luego, ella y yo, tengamos sexo intenso a solas.

Pero ésta vez, dejé que ella llevara las riendas e impusiera las condiciones. Me convenció de atarme a una silla que cuidadosamente colocaron frente al sofá. Me pidió que me quitara la ropa. Mientras ella me ataba cuidadosamente con mis manos por detrás del respaldo y luego mis piernas atadas a las patas de la silla, nuestro amigo hacía algo detrás mío que no podía ver, puso un disco de los Stones y encendió el televisor. En ese momento no me llamó la atención, porque yo estaba muy atento a cómo me estaba atando mi esposa con tanto cuidado. Cuando estuve inmovilizado por completo, ella trajo unas medias y un pañuelo con los que me amordazó. Yo intenté evitarlo y decirle que eso no, pero con caricias y besos, María me fue seduciendo y yo me fui entregando a sus deseos.

Ella miró a Diego que estaba fuera de mi vista y él se acercó para controlar las ataduras y la mordaza en mi boca. Luego, ambos se colocaron a mi lado y entre los dos giraron la silla dejándome justo enfrente del televisor encendido pero con la pantalla azul. Luego vi la cámara a un lado, colocada sobre un trípode y caí en la cuenta de que nada había sido improvisado y que todo estaba previamente pensado. Traté de frenarlos con gestos. Intenté desatarme y girar mi cabeza para sacarme la mordaza, pero me fue imposible. Estaba totalmente a merced de ellos y no podía decirles que esa situación no me gustaba para nada.

Intenté relajarme, pensar en qué sería lo siguiente. Supuse que encenderían la cámara que apuntaba al sillón y ellos se manosearían allí, a mis espaldas, pero que yo los vería por la tele. Pero entonces, Diego se acercó a la cámara y se la llevó, allí recién me percaté de un extenso rollo de cable que se fue desarmando mientras ellos llevaban la cámara hacia el pasillo. Escuché una puerta cerrarse y la angustia comenzó a hacerse sentir en mi estómago. No podía creer cómo había podido llegar a car de manera tan inocente e infantil en aquella trampa.

Yo miraba atentamente el televisor que continuaba con la pantalla azul y la leyenda “AV” en una de sus esquinas. Ya hacía varios minutos que se habían encerrado en la habitación y no habían encendido la cámara. Era inevitable sentirme un completo imbécil imaginando las cosas que estarían haciendo sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Traté de calmarme, pensando que María jamás haría algo que me pudiera lastimar, ella me amaba y sólo tenía sexo conmigo, esa era la condición fundamental. Ella jugaba y chichoneaba con nuestros amigos, pero jamás iría más allá de eso. Se me cruzaron por la cabeza miles de imágenes de mi mujer con Diego; situaciones que habíamos vivido antes. Él acariciando y besando sus tetas, pellizcando sus pezones… Ella chupando y lamiendo su miembro rígido.

¿Cuánto tiempo había pasado ya? Entre mis pensamientos y mis miedos ya había perdido la noción del mismo. Y en mi cabeza seguían esas escenas que tanto me habían excitado de ellos juntos.

Entonces sucedió. El televisor parpadeó y la pantalla azul cambió por la imagen de mi habitación, de NUESTRA habitación. Se veía la cama de frente y sobre ella, recostada y sonriendo, estaba mi esposa vestida con un conjunto que yo le había regalado en alguna ocasión. Una bombachita y una musculosa negras. Luego apareció Diego, ya desnudo de la cintura para abajo, pero con una remera mía, lo cual me enfureció aún más. “Todo planeado… todo meticulosamente planeado, tenían éstos hijos de puta”, pensaba mientras observaba cómo ella se arrodillaba frente a él y comenzaba a acariciar es verga que ya estaba rígida de antes.

¿Qué habían hecho antes de que se encendiera la cámara?

María acarició la pija de Diego, luego se agachó despacio y se la fue metiendo en su boca. La chupó y la lamió. La imagen comenzó a cerrarse sobre la cara de placer de mi mujer saboreando aquel tozo duro de carne. Pude ver que Diego tenía algo en su mano: el control remoto de la cámara para manejar el zoom. No habían perdido detalle. Eso me generó más bronca. Pero María seguía devorando aquella verga de manera tan sensual y majestuosa como siempre. Y todo el enojo y angustia que tenía no pudo evitar que mi pija también comenzara a crecer y a endurecerse con aquella escena.

Me olvidé por un momento de mi situación y me excité observando a mi esposa comiéndose y jugando con la pija de nuestro amigo. Yo sabía que a ella le gustaba esa verga, nunca me lo había dicho, pero me daba cuenta de cuánto le gustaba. Mi miembro estaba erecto y la excitación me desbordó por unos instantes. Diego empujaba la cabeza de mi mujer sobre su verga para que se la introdujera toda en su boca, mientras miraba y se sonreía a la cámara. Podía escucharla a ella hacer el esfuerzo para tragarse toda esa carne. Quería pajearme, pero mis manos estaban atadas, en ese instante aquellas ataduras me sirvieron para estirar y alargar aquel estado de éxtasis. Podría haber acabado sin tocarme, sólo viendo cómo ellos jugaban y se acariciaban sobre nuestra cama.

Pero de golpe algo me sacudió y me hizo volver a mi angustiante y terrible situación. Diego acariciaba la cola de mi mujer cuando de repente comenzó a quitarle la bombacha. Ella colaboró para quitársela y mi corazón comenzó a latir más fuerte. Mis miedos y pensamientos comenzaron a convulsionarse en mi cabeza y en todo el cuerpo. Un sudor frío me recorrió toda la humanidad. El zoom retrocedió y me ofreció la imagen de ambos semi desnudos sobre mis sábanas. Diego dejó el control sobre mi mesa de noche y tomó algo que había allí que no pude distinguir y se lo entrega a María. Era un preservativo.

Todo aquello que revoloteaba y revolucionaba en mi cabeza finalmente explotó. Miedo, bronca, ira, angustia, terror… excitación. No entendía cómo con tantos sentimientos encontrados, mi verga siguiera dura como una roca. Sentía el sudor fría recorriendo mi cuerpo y entrepierna muy caliente. La diferencia de temperatura era notoria. Decidí no mirar más y cerrar los ojos, pero no pude aguantar más que unos pocos segundos. Luego volví mi vista a la pantalla. Ella le estaba colocando el preservativo a él que continuaba mirando a cámara y sonriendo. Sonriéndome, burlándome… Humillándome. Cuando ella terminó de colocárselo, giró su cabeza, miró fijo a la cámara, me sonrió dulcemente, me lanzó un beso largo con sus ojos cerrados.

– Te amo -dijo tiernamente -Espero que puedas disfrutar de ésto cómo lo vamos a hacer nosotros.

Luego apoyó sus manos sobre los hombros de Diego, levantó una de sus piernas para subirse sobre él. Pude ver con claridad su conchita húmeda y caliente, abrirse despacio y voraz para que ella, con una de sus manos sosteniendo el miembro de nuestro amigo, comenzara a introducirselo dentro. Despacio, suave. Con su espalada arqueada y sus piernas abiertas para mostrarle muy bien a la cámara como ese trozo firme de carne comenzaba a perderse dentro de ella. Cuando la tuvo por completo adentro la escuche suspirar de placer y eso fue otro golpe más a mi orgullo.

– Ah! Qué lindo se siente -la escuché murmurarle a Diego que se aferraba a sus caderas. -Está muy durita, me encanta. -le dijo y yo escuchaba todo con extrema claridad a través del micrófono de la cámara.
-Mmmm… se siente rica tu conchita, ¿eh? -le respondió él -Hoy estás muy linda y me calentás más que nunca.

Quería gritar y no podía, la mordaza en mi boca estaba muy bien ajustada. Me sacudí un poco para intentar aflojar las ataduras pero me fue imposible. Volví a mirar al televisor y la imagen volvió a sacudirme por completo. Mi esposa cabalgaba con intensidad la verga de Diego, moviendo sus caderas de adelnte hacia atrás, sus gemidos retumbaban en mis oídos y el rítmico golpeteo de la cama contra la pared me helaba la sangre. Luego ella se inclinó hacia adelante mientras Diego acariciaba su delicioso trasero le decía algo al oído y ella reía entre suspiros de placer. Ahora sus caderas subían y bajaban y me enseñaban como la inmensidad de la verga de nuestro amigo entraba y salía dela concha húmeda y abierta de mi mujer. Los gemidos se transformaron en pequeños gritos, sus movimientos se volvieron irregulares y Diego aumentó la fuerza de sus embestidas para penetrarla con fuerza. El primer orgasmo de ella se acercaba. Yo la conocía y sabia que estaba gozando como nunca.

Intenté calmarme, resignarme a mi situación para bajar mi ansiedad y toda esa angustia que invadía mi cuerpo. Por momentos lo conseguía y por momentos no. Mi miembro seguía rígido entre mis piernas atadas y la excitación me ayudaba a olvidar toda aquella tortura.

El primero de los tres orgasmos de mi esposa, llegó de manera intensa y entre fuertes gritos de placer. Con ella subiendo y bajando sobre aquella pija que cada vez parecía crecer más y más. María convulsionaba de placer sobre él mientras que Diego separaba con sus manos las nalgas de mi mujer para mostrarme como la estaba cogiendo y haciendo gozar.

Sin detenerse por aquel intenso clímax, ella siguió moviéndose y sacudiendo su cuerpo sobre la humanidad de nada nuestro amigo que yacía sobre nuestra cama totalmente extasiado. Los dos orgasmos de ella se dieron de manera casi consecutiva, entre gritos y jadeos de placer de ambos. Podía distinguir a través de la cámara como Diego aguantaba su eyaculación con denodado esfuerzo. Sus venas se marcaban en su rostro y cuello. Sus manos se aferraban con fuerza al trasero de mi esposa que no paraba de moverse sobre él. Aguantó hasta el tercer orgasmo de María y la acompañó en ese momento, haciendo mucho mas excitante e intenso aquel instante culmine. Yo no podía despegar mi vista de la pantalla e imaginaba aquella explosión de placer llenando el preservativo dentro de mi mujer que gozaba como pocas veces la había visto.

Ella se desplomó sobre nuestro amigo, quien todavía tenía su verga dentro de mi mujer y ambos se abrazaron totalmente exhaustos. Se besaron larga y apasionadamente y eso me estremeció nuevamente, pero todo mi cuerpo ya estaba derrotado y resignado para reaccionar ante aquella situación. Entonces ambos giraron sus cabezas y miraron a la cámara y me sonrieron felices.

-Mi amor -la escuché decir con voz agitada por el esfuerzo físico -La verdad es que nunca acabé como hoy, estoy totalmente mojada… -me decía con voz entrecortada -¡Empapada! -aseguró y se rió junto con Diego. -Espero que hayas disfrutado como lo hicimos nosotros. Diego es un león y me cogió como los dioses. -sus palabras no eran improvisadas, eran elegidas para seguir haciéndome sufrir, lo sabía. pero no podía evitar la angustia y la humillación que me invadía por completo.
-Espero que no te enojes por lo que hicimos -intentó calmarme a la distancia Diego -Sos un capo y te felicito por tu mujer. es una loba. No encontramos otra manera de que pudieras dejarnos hacer ésto. Y, de verdad, es que creo que te gustó y por eso también lo hicimos.

María comenzó a levantar su cola y la pija de nuestro amigo comenzó a salir de su conchita. Ambos me miraban mientras ese miembro se despedía de aquel agujero caliente y caía sobre el vientre de Diego con el preservativo completamente lleno de su jugo. Luego la imagen se acercó por completo sobre la concha abierta y recién follada de mi esposa para terminar de noquearme y dejarme sin aliento y totalmente abatido sobre la silla.

Dejé caer mi cabeza, mientras la pantalla de la tele volvía a ponerse azul. Pude ver mi verga aún rígida, aunque me había olvidado de aquella sensación en los últimos momentos. En mi cabeza los seguía recordando uno sobre el otro… Y las palabras de ella: “Me cogió como los dioses”… su concha abierta y mojada… la verga hinchada de Diego llenando el preservativo con su jugo… los jadeos… los gritos… y el tum-tum de la cama golpeando contra la pared de mi cuarto.

Aquella fue la primera vez que vi a mi esposa follar con otro hombre. Una tortuosa pero a la vez excitante experiencia.

Continúa… “La Trampa (2da parte)”

Publicado en: Relatoseroticos

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