La complaciente

Rosalía (segundo nombre, para guardar el primero en reserva) se baja el calzón hasta los muslos en donde se ha estancado su pantalón, acomoda bien su nuca en la almohada y a propósito de su frondoso vello púbico menciona:

– Desde que me lo han retirado para operarme ha crecido así de grueso. Y con el dedo nos señala su cicatriz a un costado de su vientre cerca de su entrepierna izquierda.

La marca de su operación es lo suficientemente visible y abarca unos buenos centímetros de su vientre, baja verticalmente a un costado del ombligo y sigue hasta unos pocos centímetros de su entrepierna.

Pero no es más visible que la línea vertical de su vulva que cobra notoriedad aún detrás del denso pelo.
Rosalía, a modo de desviar nuestras miradas de la marca de su operación, sube su suéter hacia arriba retirando incluso su sostén y nos vuelve a sonreír. Pero como a las presentes no nos interesaba ver de nuevo sus diminutos pechos, no le dimos la menor importancia, porque en realidad lo que queríamos era ponernos a examinar por primera vez su vagina.

Por mi parte, quería separar a un costado una de las pieles de su vulva para poder ver dentro, y así lo hice. Por su parte otra de las espectadoras, para que el fondo de su vagina quedará más expuesta, la tomó del muslo y separó su pierna, cómo era la pierna del lado contrario en que yo me encontraba y como mi mano aún sujetaba su labio vaginal, quedo mucho más expuesto el interior de su sexo: esa piel: rojiza, lustrosa y húmeda, la teníamos toda expuesta.

Rompiendo el silencio otra de nosotras exclamó: “su clítoris ya despunta”. Entonces como yo sujetaba su piel vaginal, moví mi dedo anular con dirección a su clítoris, pero me faltaban apenas unos milímetros para alcanzarlo, y entonces acomode la mano sin soltar el pedazo de piel que oprimía para que no se cerrara su vagina, hasta que al fin alcance a tocar su clítoris con la yema de mi dedo. Al primer roce lo sentí durito y seguí tocando, Rosalía soltó un fuerte suspiro y cerró los ojos, las otras se rieron en ese momento y no sé por qué, sólo una de ellas metió la mano dentro de su pantalón deportivo y dio rienda suelta a sus dedos como yo lo estaba haciendo tocando el clítoris de Rosalía.

Y así empecé a sentir su excitación, la piel interna de su vagina se sentía más cálida, rozarla más con mis dedos hacía que sus piernas intenten sacudirse encima de la cama, me gustaba ver sus piernas sometidas y retenidas por su calzón y su pantalón, con el movimiento de piernas que hacía en sus muslos se iba marcando la liga de su calzón. Pero al poco rato iba tan en aumento el pataleo y forcejeo de las piernas de Rosalía que otra de las chicas decidió tomar por el medio ambas prendas (calzón y pantalón) y de un jalón llevárselos hasta abajo.

Con las piernas ya liberadas y mi mano aun tocando su clítoris y alrededores fue que Rosalía acabó frotando su cabeza en la almohada, agitándose y gimiendo pausadamente, hasta que dobló las rodillas, elevó las nalgas y luego se soltó, dejando libremente escapar de su entrada vaginal una gota de flujo blanco que escurrió entre su piel hasta perderse en donde comienzan a juntarse sus nalgas.

Este relato es parte de mi librito digital “Lésbico y confidencial” que lo distribuyo gratis a través de correo electrónico, las interesadas en leerlo completo sólo deben pedírmelo a: isabela.4102@gmail.com
Por favor solo chicas.

Publicado en: Relatos Lesbicos

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