La casa era absolutamente ordinaria

La casa era absolutamente ordinaria, ni una sola señal que permitiera distinguirla del resto de las casas de la zona. Sin embargo, se podía sentir algo en el aire un poco, como si fuera un poco más pesado conforme nos acercábamos. El tiempo entre el momento en que tocamos el timbre y se abriera el portón, se estiro como si fuera de hule.
No te preocupes, te dije, Yo se como es esto.
Al pasar por la puerta principal, nos recibieron un par de esculturales mujeres que no llevaban ninguna vestimenta además de una mascara de carnaval y unos zapatos de tacón alto y delga-do. Tú le diste tu gabardina a una de ellas. La otra nos guió hacia nuestra izquierda y pasando la gruesa cortina que hacia de puerta, entramos a un cuarto obscuro y lleno de humo. Una vez que nuestra vista se acostumbro a la penumbra, vimos una serie de mesas pegadas entre ellas, la mayoría de los asistentes eran parejas de mediana edad, pero también había hombres y mujeres solos. Ocasionalmente veíamos también algunas mujeres envueltas e gruesas capas de terciopelo, usando las mismas mascaras que las mujeres de la entrada.
La mujer que nos guiaba nos indico una mesa a mitad del salón, nos sentamos sintiendo en el estomago una creciente ansiedad con cierto dejo de excitación. Te tome de la mano, un poco como para sentirnos más seguros.
Del fondo de la habitación salio un hombre de color vestido con un traje de tres piezas. El cual con una voz gruesa y profunda como de cantante de Jazz, nos dio la bienvenida a todos, mien-tras caminaba por el pasillo que formaban las mesas. Detrás de él colocaron una simple silla. Un par de minutos después, se sentó en la silla una mujer blanca de cabello rubio platinado, estaba completamente desnuda. Esta vez la mascara ya no estaba presente. Tu apretaste mi mano cuando el tipo de color paso frente a nosotros y te saludo discretamente. Yo moría de ganas de meterte mano bajo la falda, estoy seguro de que además de nerviosa estabas absolu-tamente caliente.
El tipo regreso frente a la mujer que estaba sentada con la espalda recta y las rodillas juntas, si no fuera por que estaba desnuda frente a varios extraños, hasta se podría decir que su actitud corporal era de pudor. El tipo de color pasó a su lado acariciándole el hombro, hasta quedar detrás. De la parte posterior del salón, salieron las mismas mujeres con mascaras que nos reci-bieron, llevando unas cosas en una charola. Al ponerlas en el suelo, vimos que eran instrumen-tos de restricción, esposas y cintas de cuero con hebillas. Ambas mujeres se hincaron al lado de la silla y gentilmente hicieron que la mujer abriera las piernas, fijando sus tobillos con los cinturones de cuero a las patas de la silla, nuestra mirada se fijó en las exuberantes líneas que formaban los labios de su vagina.
Tu estabas absorta y totalmente embebida en lo que estaba pasando a unos metros de nuestra mesa, pero eso no impidió que abrieras levemente las piernas cuando solté mi mano de la tuya bajándola hacia tus muslos, esa mínima abertura fue dejándome el camino abierto para per-mitirme ir adentro, mucho más adentro.
A la chica de la silla, ya le habían colocado unas esposas en la muñecas, y un grueso cinturón a la altura del estomago, con lo que su movilidad estaba seriamente restringida. Ambas muje-res todavía hincadas a los lados de ella, comenzaron a pasear sus manos por sus muslos, al tiempo que lateralmente pasaban la lengua por sus senos. Para cuando llegue a sentir tu raja con la punta de mis dedos, ya estabas totalmente mojada. Tu mirada y tu atención no se apar-taba de las personas en el escenario, pero tu cuerpo ya reaccionaba a mis caricias, respondien-do con una serie de acciones que tienen todo de instintivas; un incremento del ritmo cardiaco, un redireccionamiento del flujo sanguíneo hacia tu bajo vientre, un incremento en las secre-ciones lubricas de las paredes de tu vagina.
El tipo de color que nos había dado la bienvenida retiró la mano del hombro de la chica y se movió hacia fuera del circulo de lúz que bañaba a la mujer de la silla, lo que sirvió como señal para que las otras dos mujeres se abalanzaran sobre ella como vampiros ávidos de carne hu-mana. Sus manos hurgaban entre las piernas de ella, y sus senos fueron inmediatamente cu-biertos por bocas y lenguas que recorrían cada centímetro, buscando el lugar donde le arranca-rían el suspiro mas profundo. La música suave, solo servía para acentuar los gemidos cada vez más intensos, que la mujer profería cuando la búsqueda de los botones de su placer tenía éxi-to.
De manera un tanto abrupta, el tipo volvió a pasar al frente, pero ya sin el traje con el que ha-bía comenzado. Su verga erecta tenía un tamaño muy superior al promedio. ¿Cómo ves? Te pregunte. No respondiste. Sin embargo, avanzaste casi imperceptiblemente tu pelvis hacia delante, provocando que mis dedos se hundieran un poco más dentro de tu sexo. Tus ojos se entrecerraron un poco en respuesta. Tu respiración, ya profunda y acompasada, provocaba que tus pechos subieran y bajaran rítmicamente. Te veías espectacularmente atractiva.
El tipo de color tomo a la chica de la silla por un mechón de cabellos y usándolos como agarra-dera con la cual la controlaba introdujo su verga en la boca de ella a la velocidad y con la pro-fundidad que el deseaba. Una de las mujeres con mascara se había movido entre las piernas de ella, introduciéndole un consolador plateado. La otra mujer había desaparecido.
En las mesas aledañas a nosotros había algunas parejas tocándose mutuamente mientras veían el espectáculo, algunos hombres se masturbaban solos. Directamente a la derecha de nuestra mesa había una pareja, ella agachada le chupaba la verga a él. Nuestras miradas se cruzaron, y él acarició la espalda de su pareja mientas esbozaba una media sonrisa. Yo respon-dí a la cortesía, abriendo los botones de tu vestido.
La chica de la silla jadeaba fuertemente, respondiendo a los impulsos naturales de su cuerpo, que no distingue entre un falo de verdad y uno de metal. El tipo de color mostraba orgulloso la manera en la que a veces de manera lenta, a veces sorpresiva metía y sacaba la verga de la boca de la chica. Por la manera lenta en la que el tipo se movía y los gemidos de ella, era evi-dente que la chica iba a acabar mucho antes que el. Sin embargo, al poco rato, salieron unos tipos totalmente vestidos de negro, los cuales colocaron un arnés colgado del techo.
Algunas de las parejas en las mesas de alrededor ya habían comenzado a coger, en su mayoría las mujeres se habían sentado arriba de sus parejas viéndolos de frente. Yo voltee para darme un beso contigo, tu boca cubrió mis ansias absoluta y totalmente de modo que todo alrededor nuestro desapareció. Tu cuerpo siempre ha sido el lugar donde invariablemente me pierdo al recorrer el consabido camino que pasa por todo tu cuerpo.
Nuestros besos, apasionados y húmedos, eran el punto donde nos fundíamos en la entrega, sin embargo mis manos tan curiosas como la primera vez que me dejaste recorrerte, ya iban pre-surosas acariciando tus senos, bajando entre tus piernas. Sin embargo, al levantar la vista, percibí, mas que vi, que la pareja al lado nuestro nos veía con intensa atención. Fijando la mi-rada mientras seguíamos besándonos, comencé a abrir tus piernas presionando suavemente entre tus muslos, tu pecho descubierto subía y bajaba acompasadamente al ritmo de profun-dos suspiros.
El inicio de los movimientos rítmicos de tu cadera dejaban ver lo mucho que estabas disfru-tando de este faje. Mi mano ocultaba totalmente tu sexo, mientras mi dedo índice desaparecía entre los labios de tu vagina. Eventualmente, entre beso y beso, volteábamos a ver a la pareja de al lado, quienes nos miraban hipnotizados.
El sonido de un par de fuertes nalgadas, nos saco de la ensoñación en la que estábamos, y vol-teando hacia el escenario, vimos que la chica había sido liberada de la silla, solo para ser atada de vuelta, esta vez en el arnés que colgaba del techo, con lo cual quedaban expuestos los orifi-cios de su vagina y culo, mientras que flotaba dando vueltas sobre el escenario. El tipo de color la tomo por las piernas, puso un poco de saliva en la punta de su verga y comenzó a introducir-la dentro de ella, iniciando un rítmico movimiento que hacía que ella diera fuertes brincos en el arnés.
Cuando voltee hacia ti, vi que la pareja que estaba sentada en la mesa de al lado, había movido sus sillas para quedar exactamente al lado tuyo. Volvimos a besarnos apasionadamente, mien-tras el tipo se tocaba ostensiblemente al vernos. Al cobrarme el beso que habíamos dejado a la mitad, introduje de nueva cuenta la punta de mis dedos entre tus piernas, que para estas altu-ras ya tenías absolutamente abiertas. Me sorprendió lo húmeda que estabas. Que putilla, pen-sé mientras empujaba tus muslos aún más, para que quedaras como una flor abierta de par en par. Tu respuesta, adelantando las caderas unos centímetros hacia fuera del sillón, aseguraba una buena vista de tu cuerpo mientras te acariciaba. Tu respiración era cada vez más rápida y jadeante, al tiempo que mis dedos jugueteaban con tu clítoris. La pareja sentada a tu lado te veía con deseo y ansia.
Para balancear tu placer, comencé a acariciarte los senos, besarte y tocarte entre las piernas. Ser objeto de tanta atención, tuvo el predecible efecto de ponernos exageradamente calientes. Tu sexo rezumaba de humedad, tus senos se habían vuelto hipersensibles, y tu boca simple-mente devoraba cuanto beso pudieras agenciarte.
¿te gusta mi mujer? le pregunte al tipo que te veía como si fueras un enigma. Sin embargo, no alcance a oír su respuesta, ni me importaba mucho, ya que el efecto en ti, era lo que me intere-saba. Saber cuanto más te podía seguir excitando antes de que literalmente me rogaras que te coja, siempre ha sido fuente de un verdadero regocijo. Y para eso no hay nada mejor que un extraño (o un amigo) dispuesto a mostrar de manera explicita cuanto le gustas.
Situado desde el lugar donde te acariciaba, tu cuerpo formaba una barrera que al mismo tiem-po atraía y nos separaba de la pareja. Así que con precisión casi quirúrgica, mis dedos comen-zaron a recorrer los espacios que te movilizan. El circulo alrededor de tus pezones, el valle en-tre tus senos, la cavidad que se forma en tu cuello bajo la barbilla, la línea que va desde allí, hasta el monte de Venus, tus ingles, el camino desde tus rodillas hasta tu sexo pasando por tus muslos.
Y acompañando cada movimiento de mis manos alrededor de tu piel, nuestras miradas que se engarzan y a veces se alejan para ir a encontrarse con los de la pareja que nos veía y para quie-nes este show estaba resultando sumamente excitante. El tipo te veía como un ladrón miraría un diamante en una joyería, deseando poseerte, pero sobretodo sabiendo que con suerte y un poco de habilidad, podrías ser suya en unos momentos más.
Con cada caricia te acerco más y más al umbral donde sé que dejas todas tus inhibiciones. Mis dedos no cesan de llevarte en esa dirección y el tipo presintiendo lo que ya era inminente, se movió aun más cerca de ti. Sus miradas fijas en los ojos del otro, tus senos turgentes que se levantan con cada respiración jadeante, tu boca entreabierta, invitando el beso, que finalmen-te se da en el mismo instante en que sus manos se encuentran a medio camino. La punta de mis dedos se baña con el flujo natural con que tu cuerpo muestra el gusto que encuentra en esos besos, y en las manos que una vez que se soltaron de las tuyas, acariciaban tus senos con una mezcla de ternura y ansiedad. Así con tus labios y los de él formando un candado infernal, comencé a tocarte frenéticamente para hacer que te vinieras antes de que el beso terminara.

Publicado en: Orgias

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