El trabajo de María Elena

A los veinte años, es difícil encontrar un buen trabajo, un trabajo donde una se sienta a gusto, y que cubra las expectativas estéticas e intelectuales, las remuneradas difícilmente. Yo encontré el mío. Soy modelo para una escuela de arte (no diré cual). Además de darme tiempo para mis propios estudios y ser relativamente bien pagado, me permite desarrollar una parte de mi que en un principio no me había atrevido a reconocer. El exhibicionismo.

Desde pequeña ejercí la procacidad como estilo de vida. Cuando era niña me encantaba cantar en las reuniones familiares. También me gustaba bailar dando vueltas para que se me vieran los calzones con total impudicia y más si era premiada con la risa y los aplausos de mis familiares queridos. Todo esto sin entender ni darme cuenta del gusto por enseñar. Así pues caer en el modelaje artístico fue un paso obvio.

No tardé en sentirme en mi ambiente. El primer día el maestro de dibujo me hablaba con sierto sosiego, ya le había dicho yo, que era nueva en el medio, así que buscaba tranquilizarme con su tono y sus palabras; con que se sorprendió cuando él apenas indicaba un biombo que estaba en el salón para que me quitara la ropa con comodidad, y yo ya me había desnudado delante de toda la clase.

Sentir las miradas del grupo, me llenaba de excitación, sentía latir mi corazón a mil por hora. Desde la primera ocasión, hasta ahora, cada vez que me expongo delante de mis compañeros, de mis apreciados artistas en ciernes, me mojo toda, siento como empiezo a lubricar, a llenar mi vagina de fluido. Mis pechos suben y bajan por la respiración. Me encanta sentir que el profesor se acerca y señala a los alumnos ciertas líneas, ciertas sombras o luces, ciertos contornos, a veces lo hace con una pequeña vara que deja correr muy despacio por mi piel.

Esto que voy a contar, sucedió apenas hace algunas semanas. Ya llevo bastante tiempo en este trabajo, así que el grado de confianza que el profesor tiene para con mi persona ha crecido. El día en cuestión se me acerco después de la clase y me dijo: “María Elena, tengo un trabajo para ti. ¿Si quieres? La semana que viene nuestra modelo de la tarde no puede asistir, ¿no sé si tú podrías? Te pagaríamos un poco más.” “No hay problema, profesor, ya sabe, cuando guste y bla, bla, bla.” Así que la siguiente semana me presente por la tarde. La escuela estaba casi vacía, lo mismo que el salón. Eran apenas cuatro estudiantes, tres hombres y una mujer, además del profesor.

Todo empezó con naturalidad. Digo con la naturalidad que yo tenía para con el grupo de en la mañana. Me empecé a desnudar sin más delante de todos. Lo primero que me saltó fue que la mayoría de los alumnos ya era bastante grandecito, 40 años aprox. Lo segundo fue una frase suelta que escuché cuando me quite el bra. “¡Pero qué buenas tetas tiene, cabrón!” ambas las deje pasar de largo.

Me subí a la tarima y empezamos la sesión. Primero unas poses rápidas para realizar esbozos y calentar (yo el cuerpo y los demás…). Apenas unos cuantos segundos para que los “chicos” pudieran atrapar la esencia del cuerpo, sus líneas, sus curvaturas, su calor. Después el profesor me pidió algunas poses más largas. Siempre me daba la libertad pero en está ocasión lo sentía dominante, mis poses no le gustaban, me regañaba: “No, no demasiado laxa”. “Horrible, horrible”. “No, no le falta forma”. “No, no, le falta tensión”. “NO, NO, demasiado rígida”. Me sentí fatal, estaba a punto de soltar la toalla y salir corriendo.

Entonces, se subió a la tarima y con un dejo de brusquedad me doblo por la cintura, haciendo que elevara más mis caderas y por ende mis nalgas. “Sí, sí, perfecta”. Decía cada vez que veía cumplido su capricho. Los murmullos no se hacían esperar.

Dobló un poco mis rodillas. Yo sentía la mirada atenta del alumnado y empezaba a darme cuenta que estaba más mojada que de costumbre. Mis manos fueron jaladas hasta tocar el piso. “¡Bárbara!” Y luego prosiguió a señalar los puntos de luz. “Observen, señores, como se ilumina esta área”, dijo mientras con su mano, una mano que nunca se había atrevido a usar en mi, acariciaba lentamente uno de mis glúteos. “Se une perfectamente a esta área de sombra”, agregó pasando su dedo índice por la línea que dividía mis glúteos, provocando que se me escapara un gemido profundo, lo que avivó la entereza con la que el profesor daba su clase. “Miren acá esta zona, cómo se oscurece por la sombra que genera el cuerpo”, lo decía mientras magreaba mi pecho, apretando con rigor mis tetas. Nuevo gemido.

Con sus manos, el profesor, trazaba mi figura: las piernas, los muslos, las caderas, las nalgas, la cintura, el tronco, los brazos, el pecho, el cuello, la cara, el cabello. No estaba segura, ahora lo estoy, pero presentía que mientras me usaban de maniquí para bocetos, los estudiantes se masturbaban viéndome. La campana sonó y termino la sesión de ese día. Todos salieron y el profesor se despidió de mí diciéndome “estuviste fenomenal, nos vemos mañana”.

Me fui convenciendo que, por supuesto, no me presentaría al día siguiente, me reportaría enferma o muerta, pero de ninguna manera me prestaría a que hicieran un objeto de mi persona. Y menos delante de tanta gente. Bueno, no eran tantos, corregí en seguida. Por dios ¿qué me pasaba? Estaba justificando la situación. ¿Y no era consciente? Claro que lo era. Me sentía humillada pero también me sentía excitada ante el recuerdo de la exposición. Recordaba las miradas, las respiraciones, las de ellos y las mías; recordaba las sensaciones que habían invadido mi cuerpo ante cada caricia.

Así que ahí estaba al día siguiente. Dispuesta, sumamente dispuesta. “Bien, señores”, dijo el profesor, hoy aprenderemos como el cuerpo puede, también, ser un gran pincel.

Ya se los contaré en un rato, por lo pronto: Besos y lúbricos pensamientos.

Publicado en: Relatoseroticos

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