El marques, su capataz y una pobre viuda

Isabel es una mujer alta, morena, con unos ojos negros y profundos que llaman la atención de cuantos la miran. Sus piernas robustas y largas, su espléndido culo y sus pechos generosos fueron una dificultad añadida para que las otras mujeres del cortijo, más delgadas y bajitas, le prestaran la ropa apropiada en aquellos momentos de luto, así que, por no ir vestida de colorines, tuvo que ir al entierro de su marido con una batita prestada, negra y abotonada por delante, que le quedaba bastante ridícula. Le estaba tan corta y apretada que resaltaba todavía más las voluptuosas y bellas formas de su cuerpo y, como los botones tiraban tanto de la tela, a veces la bata se le habría un poco y dejaba ver un trocito de su piel o de su ropa interior.

Ella no era consciente de las miradas de deseo que le lanzaban los compañeros de su difunto esposo, todos los jornaleros y peones que habían acudido al velatorio, porque en su cabeza sólo había sitio para las deudas que dejaba el muerto y para pensar en cómo iba a dar de comer a sus tres hijos, porque con la granja a medio pagar y sin el sueldo de capataz que hasta ahora le entraba por las puertas, no sabía cómo iba a salir adelante. Por eso, en cuanto su marido estuvo bajo tierra y acabó el funeral, acudió a ver al patrón sin cambiarse ni siquiera de vestido, con aquella cortísima batita negra que acreditaba su condición de viuda.

– Señor marqués, la viuda del Roque pregunta si puede usted recibirla (El nuevo capataz se mostraba servil y pelotillero al máximo cuando hablaba con el jefe)

– ¿La viuda de Roque? Ah, sí, pobre hombre, déjala pasar, pero antes dame ese batín para taparme las vergüenzas y quédate esperando en el pasillo, Damián, por si se pone pesada y necesito que la eches

Eufemiano Aramendi, marqués de Soltierra tenía cincuenta años y un corpachón enorme. No dudaba en usar la violencia, el chantaje y a su pandilla de matones para conseguir todo aquello que se le pusiera entre ceja y ceja, pero para recibir a la viuda, a la cual creía una mujer mayor y estropeada por las faenas del campo, tuvo la deferencia de colocarse sobre su cuerpo sudoroso una corta bata, de raso negro con filos dorados, a pesar de que en los calurosos días del verano le gustaba andar descalzo y completamente desnudo por la enorme casona del cortijo.

Aparte de sentir menos el calor, le gustaba provocar el escándalo de las jóvenes criadas exhibiendo sin tapujos su desnudez, aunque más de una, ruborizada por la vergüenza o puede que por la excitación, observara de reojo y con una sonrisita pícara en la boca, aquel cuerpo peludo y grande, con una enorme verga “campaneando” entre sus testículos de toro.

– Pasa, pasa, mujer…..siento mucho lo de tu marido

– Con permiso, señor marqués, muchas gracias

– ¡Caramba! No sabía que ese vejestorio de Roque tuviera una mujer tan guapa y tan joven ¿es que te tenía escondida? el muy truhán no querría que sirvieras en la casona para que yo no te viera

– Hombre, señorito, no hable así de él, era mayor pero fue muy bueno conmigo hasta el final y el pobre todavía está caliente en su tumba

Cuando se puso a llorar, él se levantó y rodeó la mesa de su despacho para acercársele, agarrándola suavemente por la cintura (y aprovechando la ocasión para catar la firmeza de su carne a través de la tela) invitándola a sentarse en el sofá del despacho donde le cogió una mano entre las suyas

– Lo siento hija mía, no quería hacerte llorar ¿Cómo te llamas preciosa?

– Isabel, para servir a usted, señor marqués

Mientras ella hablaba, Aramendi la escrutaba de arriba a abajo con sus ojos de águila y registraba en su cabeza los detalles de aquella hermosa anatomía: pelo negro y brillante recogido en un moño sobre la nuca, dentadura perfecta, piel suave y perfumada, pechos turgentes, muslos grandes y blancos, pantorrillas fuertes….¡qué buena está la moza!, pensó.

– Bueno…pues tú dirás, Isabel ¿qué quieres de mí?

– Mire don Eufemiano, necesito un trabajo de lo que sea, porque me vencen las letras de la granja y ahora sin el sueldo del Roque no se qué hacer….. me da igual que sea de criada, o en el campo…..o de lo que sea

– ¡Qué tontería! ¡En el campo….con este cuerpo! Yo te buscaré alguna cosita más apropiada, aunque te advierto que en este momento me estoy viendo obligado a despedir gente porque las cosas no van muy bien. A ver, Isabelita, cuéntame, para ir haciéndome una idea….¿qué edad tiene y cuántos sois de familia?

Al sentarse, la bata de la viuda se entreabría un poco por el escote dejando ver gran parte de sus pechos, apretados por el sujetador de encaje blanco, mientras que por debajo enseñaba un buen trozo de sus muslos y, entre dos botones, un trocito del algodón de las bragas.

– Pues mire señor marqués, me casé con diecisiete y mi Lorena ha cumplido los diez, así que tengo….veintisiete años, además tengo a Roque de ocho y a Gustavito de cinco….

– ¡Vaya, el sinvergüenza de Roque no perdía el tiempo, sí que es verdad que te hace falta un trabajo! ….déjame que piense en algo apropiado para ti

Puso una mano sobre la rodilla de Isabel mientras con la otra se rascaba la entrepierna dejando que, como por casualidad, asomara la punta de la enorme polla por los pliegues del batín, provocando un sobresalto en la viuda, sorprendida por el tamaño y la negrura del miembro.

– Don Eufemiano….perdone….pero se le ve….

– ¡Ah! ¡Bueno….eso! No te preocupes, es que no soporto el calor y me gusta andar desnudo por la casa….pero supongo que a ti no te importará ¿verdad? Además, una mujer que ha parido tres veces no creo que se asuste por ver una buena polla

Aramendi no se tapó, sino que al contrario, siguiendo sus inclinaciones exhibicionistas, se abrió un poco más la bata enseñándole el miembro en toda su extensión, por lo que la viuda se puso de pie de un salto dando un respingo

– ¡Pero señorito, tápese por favor, que yo soy una mujer decente!

– Mira….Isabelita….no te pongas nerviosa, estoy haciendo un esfuerzo por ayudarte para que a tus hijos no les falte de nada, así que no me vengas con milongas, porque yo en mi casa hago lo que quiero y ando en pelotas si me da la gana. Vuelve a sentarte en el sofá o te largas con viento fresco, tú verás

Durante unos segundos la mujer pareció dudar. Tenía la despensa vacía, el monedero sin un céntimo y dos letras protestadas en el banco, pero a su moral y a su decencia le resultaba muy duro aceptar aquella situación tan vergonzosa para ella.

– Usted perdone señor marqués, es que me da un poco de vergüenza, pero no quería ofenderle

– Así me gusta, que seas razonable, mujer, ya verás como todo te será más fácil así

Viendo que la viudita se avenía a razones tan fácilmente, quiso comprobar hasta donde sería capaz de llegar así que siguió interrogándola durante varios minutos y colocó su manaza distraídamente sobre aquel muslo blanco y suave. Como ella no protestó ni hizo nada por zafarse, decidió hacer un avance, empezando a masajearse descaradamente, y con toda la naturalidad del mundo, la enorme verga hasta que estuvo completamente erecta. Ella, por su parte, ruborizada hasta las orejas, le iba contestando mientras miraba para otro lado para no ver aquel espectáculo bochornoso, hasta que el marqués acabó sujetándole delicadamente la barbilla, haciendo que volviera la cabeza hacia él.

– Tienes una boquita muy sana, Isabel, muy bonita, enséñame lo que puedes hacerle a mi polla con esos labios tan rojos y el trabajo es tuyo

– Pero señorito ¡por favor! ¿Qué me está pidiendo? No me obligue a eso, mi Roque todavía está caliente en la tumba

– Venga mujer, a él ya no le importa nada, tú ahora eres una mujer viuda, libre, que se tiene que buscar la vida…y yo estoy haciendo un gran sacrificio económico para que a tus hijos no le falte de nada. Piensa que voy a tener que despedir a algún padre de familia para colocarte a ti.

Poniéndole las manos a los lados de la cabeza dirigió, venciendo su escasa resistencia, la boca de ella hacía el enrojecido y brillante capullo y mientras la viuda comenzaba a besarlo y a lamérselo aguantando las náuseas, él le acariciaba el negro cabello deshaciéndole el moño y sintiendo las cosquillas que le hacía la melena suelta entre sus piernas.

– Pero de esto ni una palabra a nadie ¿me entiendes Isabelita?, lo digo más que nada por ti, para que la gente del cortijo no te pierda el respeto y no digan de mí que soy un abusador

No podía contestar porque tenía la enorme polla del marqués agarrada con ambas manos y metida hasta la garganta, pero entre chupada y chupada asintió con la cabeza. Nunca le había hecho algo así a su marido, así que se dejó guiar por su intuición femenina para intentar dejar satisfecho a aquel cacique gordo y pervertido.

– Muy bien Isabelita….hmmmmm….muy bien, mujer, lo haces muy bien

Aramendi alucinaba con lo dócil e inocente que era aquella granjera y lamentaba no haberla descubierto antes, “Con razón el viejo cabronazo del Roque la guardaba de mi vista, porque además de ser una hermosura de mujer, su boca es mejor que el coño de una virgen”. Ella le envolvía el glande con su saliva cálida a la vez que succionaba fuerte para excitárselo, dejaba que sus dientes menudos mordisquearan sin apretar mucho la regola, y luego la repasaba con su lengua lamiéndole el tallo del nabo en toda su extensión.

– Ahhhhhh, que buena eres chiquilla, me voy a correr…..me voy a correr……trágate toda la leche y……no dejes…..ni una gotaaaaaaa….

El marqués no tenía mucho aguante por lo que estalló en un orgasmo rápido y fulminante y la viuda se quedó extrañada cuando él, sin sacar la potra de su boca y de manera cariñosa, empezó a acariciarle las mejillas arreboladas y a repasar sus labios llenos de semen con un dedo.

– Muy bien, muy bien, muchacha, me parece que ya tengo faena para ti en el cortijo, te lo has ganado, serás mi nueva doncella

– Muchísimas gracias don Eufemiano…..¿cuándo puedo empezar? Es que me corre prisa

– Tranquila, mujer, te has portado tan bien que luego te daré un anticipo, pero ahora es mejor que te pruebes los uniformes y veamos si necesitan algún arreglito

La joven viuda sintió un sabor agridulce en la boca (aparte del sabor algo salado del semen del marqués) porque la alegría que sentía al haber solventado de momento sus problemas económicos se veía empañada por la tristeza de la muerte de su marido y por la sensación de haberle sido infiel de alguna manera. Se sentía sucia y prostituida, pero aliviada porque sus hijos iban a comer caliente ese día.

– Ven por aquí, muchacha, vamos al vestuario……..y tú, Damián, mastuerzo, acompáñanos, que luego iremos a las cuadras, ya sabes……para la revisión higiénica

El garrulo siempre le había tenido ojeriza al difunto capataz y ahora que él había heredado su puesto, no veía con buenos ojos que la mujer de Roque entrara a servir de doncella. El hubiera preferido que fuera su mujer la que dejara de ir al campo y trabajara con los señores en la casa, pero a pesar de todo no pudo dejar de echar una mirada de admiración al culo de la viuda, que se señalaba escandalosamente en aquella batita tan corta y estrecha, cuando se apartó dejándola pasar con una sonrisa atravesada que no auguraba nada bueno

Cuando llegaron al cuarto de vestuario el marqués abrió una caja metálica y contó varios billetes con cuidado y se los tendió a la viuda

– Toma, Isabel, el anticipo prometido, será suficiente hasta que cobres el primer sueldo

A ella se le pusieron los ojos como platos cuando vio el dinero. Con esa cantidad tenía suficiente para pagar las letras atrasadas y para que sus hijos comieran caliente más de dos meses

– Muchísimas gracias, don Eufemiano, no sé cómo pagarle todo lo que está haciendo por mí

– Ya tendrás ocasión, muchacha, no lo dudes y ahora veamos donde habrá puesto la inútil de Valentina los uniformes de la antigua doncella ¿serán aquellos de allí? Súbete a ver, Isabelita

La escalera de mano llegaba hasta el segundo piso del gran armario empotrado, que era donde se encontraban los uniformes negros de raso. Con el cuello y la cofia blancos, bien planchados y colgados cuidadosamente de cada percha, pero hasta que no había subido la mitad de la escalera, Isabel no se dio cuenta, por primera vez en todo el día, de lo corta que resultaba la batita que llevaba. Cuando se percató de las miradas lujuriosas de aquellos dos hombretones clavadas en sus muslazos de piel lisa y blanca y en su culo, ya era tarde para retroceder

– Pero don Eufemiano…eso está muy alto….¿y si me caigo? ¿no será mejor esperar a que Valentina se despierte de la siesta y que se los baje alguna de las criadas?

– Tonterías mujer, no seas miedica ¡ y tú, Damián, mastuerzo! aguántale la escalerilla a la señora, haz algo ¡coño! Que no sé qué haces ahí parado, mirándola como un pasmarote

El nuevo capataz se apresuró a colocarse debajo de la viuda y a sostener la escalera mirando hacia arriba, consiguiendo así una visión privilegiada de las interioridades femeninas de Isabel. Por más que esta intentaba cubrirse no podía evitar que se le vieran las bragas así que, resignada ante lo inevitable, siguió trepando por la escalera proporcionando unas vistas inmejorables de sus bellas piernas y de su ropa interior a los dos hombres.

Se dio toda la prisa del mundo en coger las perchas con las prendas y bajar lo más rápido que posible, pero aun así, cuando volvió a pisar terreno firme pudo comprobar, con una mirada a hurtadillas, las erecciones que había provocado en el señorito y en el rústico.

– Sí, creo que estos son los uniformes correctos, muchacha, vamos a probártelos ¡venga!

– ¿Dónde puedo cambiarme, señorito?

– Aquí mismo ¡joder! ¿no has oído al señor marqués?, eso de los camerinos es para las artistas. Aquí las criadas no tienen esos lujos (intervino el capataz, con tono desabrido y tajante)

– Pero ¿aquí? ¿delante de ustedes?

– No seas tan remilgada, muchacha, no tienes nada que no hayamos visto antes, venga, déjate de tonterías y pruébate los uniformes que nosotros no te miramos

El cuarto de vestuario no era muy grande, así que era muy difícil que habiendo tres personas en él, las miradas de los hombres no se dirigieran hacía ella, pero como no se atrevía a negarse, por miedo a ver a sus hijos en la indigencia, la viudita comenzó a desabotonarse la bata por el escote con un nerviosismo evidente y un ligero temblor de manos.

– ¿Me pruebo los tres, señorito? O con uno ya vale

– Con uno ya nos haremos una idea de cómo te queda, muchacha, creo que son de la misma talla

Cuando se abrió la bata, a pesar de la gran vergüenza que sentía por desnudarse delante de aquellos dos sátiros, Isabel experimentó un gran alivio en sus carnes oprimidas, porque con aquel trajecito tan estrecho le costaba respirar bien, pero había algo más detrás de aquella sensación tan placentera, una emoción que no había sentido nunca y que le nublaba la vista y aceleraba el ritmo de sus pulsaciones, extendiéndose desde sus ingles hasta la boca del estómago. Su moral no la dejaba admitir que se estaba poniendo caliente delante de aquellos dos hombres que tenían las pollas tiesas por ella. No pudo evitar inspirar profundamente, con lo cual sus pechos se irguieron todavía más, por debajo del encaje semitransparente del sostén, marcando los pezones oscuros y erizados en el tejido blanco y suave.

Tanto el marqués como el capataz clavaron sus ojos en aquellas preciosas y altivas tetas, con unas miradas tan lascivas que a la viuda, por un momento, le pareció que la desnudaban completamente y que la hicieron sonrojar. Luego dirigieron su vista a la entrepierna de la nueva doncella, porque a pesar de llevar unas sencillas braguitas de algodón, aquellas poderosas caderas y aquellos pliegues de las ingles sugerían un pubis abultado y oscuro que el capataz miraba con arrobo y un hilillo de baba cayéndole por la comisura.

La mujer, azorada, tuvo el impulso de taparse con una mano, al comprobar que su negro y rizado felpudo se asomaba un poco por encima de la cinturilla de las pequeñas braguitas y sombreaba las ingles con la oscuridad del vello púbico, mientras con el otro brazo ocultaba como podía los transparentados pezones, pero le duró poco la estratagema porque el marqués le tendió unas medias negras de nylon con sus correspondientes ligas rojas

– Toma, empieza por ponerte las medias, guapa

Aquello, la hizo sentirse más turbada todavía, porque al agacharse para meterse la media por el pié, sus pechos quedaron totalmente expuestos a la vista de aquellos dos mirones, ya que por el mismo peso de las tetas, estas casi se salían del sostén . Luego, a medida que se iba incorporando, deslizando la media hacía arriba por la pierna, hasta llegar a la parte alta del muslo, los dos pares de ojos siguieron el movimiento de sus manos y se extasiaron al ver como la liga roja ceñía aquella carne tan blanca y suave, contrastando con el nylon negro. Muerta de vergüenza, repitió la operación con la otra pierna y cuando terminó por ponerse los zapatos negros de tacón alto, se quedó esperando las órdenes de Aramendi.

– ¡Que pedazo de hembra! ¿eh, señor marqués? (El capataz, recibió una fría mirada de su jefe y se encogió un poco junto a la pared)

– Anda Isabelita, ahora pruébate el uniforme, a ver cómo te queda

La viuda era un espectáculo digno de verse, vestida con aquella escueta ropa interior que dejaba intuir todos sus encantos femeninos, su melena negra suelta, unos zapatos de tacón alto y las medias enfundando aquellas piernas potentes, ceñidas por las ligas en sus muslazos blancos. El capataz la devoraba con los ojos, así que la pobre mujer se vistió todo lo deprisa que pudo, embutiéndose el estrecho uniforme de raso por la cabeza y colocándose la cofia y el delantal de doncella.

– Te queda un poco estrecho, porque eres demasiado mujer, y un poco corto porque eres muy alta, pero puede pasar ¿no? anda, danos tu opinión

– Bueno, señor marqués, le puedo echar un poco el dobladillo, para que no me quede tan corto

– No, no, jefe, a mi me gusta así de cortito, que lo deje como está

– Ya has oído al mastuerzo este, Isabel, le gustan las falditas cortas, igual que a mí, no hay problema ¿verdad?

– Hombre don Eufemiano, yo no estoy acostumbrada….

– ¡Tonterías mujer! Además, cuando pases el último mal trago que te queda por pasar, no te importará que se te vean un poco las braguitas cada vez que te agaches ja ja ja ja ja ja, ya verás como a eso no vuelves a darle importancia

– ¿El último mal trago? No lo entiendo señor marqués ¿a qué se refiere?

– A la desparasitación y a la revisión sanitaria. Es un poco desagradable, ya lo sé, sobre todo para las mujeres, pero las normas higiénicas de mi casa son esas y quien quiera trabajar aquí tiene que someterse al tratamiento, sea quien sea. No quiero piojos ni enfermedades cerca de mí

Diciendo eso, se dirigió con paso decidido hacia las cuadras del cortijo seguido por los otros dos y al llegar se acercó a un barreño grande de barro que estaba en el centro del patio

– Tú, Damián, llena esto con agua del pilón de las bestias y tú, Isabelita, ve quitándote mientras el uniforme y ponlo con cuidado de no mancharlo, en esa percha de ahí

– ¡Pero señorito! Aquí me podrán ver en ropa interior todos los hombres que pasen por la cuadra

– ¿En ropa interior? No, no, ja ja ja ja ja……tienes que quitártelo todo, muchacha, pero no sufras, que sólo te vamos a ver nosotros dos. Ahora irá Damián a cerrar los portones para que no pase ningún peón

– Pero don Eufemiano, por favor, yo soy limpia y aseada, eso de la revisión y los parásitos está bien para las vacas pero no para una mujer decente. A mí sólo me ha visto desnuda mi marido y don Tomás el médico, ¿cómo quiere usted dejarme en cueros aquí, en medio de las cuadras? Se lo suplico, por favor….

– Isabelita, no te pongas así, mujer, la desnudez no tiene porqué avergonzar a nadie y menos a ti, con ese cuerpazo que tienes, además, antes era tu marido el que le untaba el potingue insecticida ese a todas las doncellas nuevas que entraban en el cortijo ¿no te lo dijo nunca el muy truhan? así que ahora es justo que sea Damián, como nuevo capataz, el que te lo aplique a ti.

– ¿Mi marido? No, nunca me dijo nada

– Pues sí, era tu marido el que lo hacía y la revisión sanitaria te la haré yo mismo, para que no sufras la vergüenza de que te vea desnuda también el veterinario

– No, por favor, don Eufemiano, no me haga usted eso, que me vea don Tomás en su consulta y yo le pago al médico

La viudita seguía suplicándole al marqués que le ahorrara aquella humillación, pero como en su fuero interno sabía perfectamente que no había nada que hacer, comenzó a desnudarse con resignación. Estaba muerta de miedo y de vergüenza, pero temía más que sus hijos no pudieran cenar aquella noche y que la desahuciaran de su granja, así que se despojó del delantal y la cofia y se sacó el uniforme por la cabeza

Aramendi, sentado en una bala de paja, la miraba aparentando indiferencia y se acariciaba la verga con disimulo por encima del batín de raso, mientras el capataz hizo varios viajes desde el abrevadero hasta el barreño, con dos cubos de agua en las manos hasta llenar la bañera improvisada, pero sin perderse ni por un momento el excitante espectáculo.

– Coloca todas las prendas en la percha, con cuidado de no mancharlas, Isabel, ya has oído al señor marqués

Damián hablaba con las manos en los bolsillos y la mirada fija en su nueva doncella. A todas luces se notaba que él también se estaba masturbando a través de la tela del pantalón, pero ninguno de los tres dijo nada. El hilillo de baba le volvía a caer por la comisura de los labios mientras observaba como la viuda deslizaba una media por su hermosa pierna abajo, la enrollaba sobre el pie y la colocaba cuidadosamente en el perchero. Luego hizo lo mismo con la otra media y por unos segundos se quedó esperando que el marqués se apiadara de ella, pero el vozarrón del capataz la azuzó

– ¡Vamos, quítate ya el sostén y las bragas, que no tenemos todo el día, mujer! ¡Hay mucha faena que hacer en el cortijo!

Por un momento, el marqués temió que la viudita se rebelara, pero cuando vio que se llevaba las manos a la espalda para accionar el broche del sujetador, supo que tenía a aquella dócil granjera a su merced y que podría hacer con ella lo que quisiera tan solo con amenazar con despedirla. Viendo que, por lo nerviosa que estaba, no atinaba ni a desabrocharse el sostén decidió pasar a la acción y tranquilizarla un poco

– ¡¡¡Damián, mastuerzo, como vuelvas a gritarle a Isabelita te largas de la cuadra y no participas en la desparasitación!!! ¡¡¡Sigue llenando el barreño y respeta a la señora!!! (y ya en voz baja) como hagas que la moza se arrepienta y se eche atrás te reviento los huevos, imbécil, una palabra más y te largas y te pierdes la diversión con la viudita. Ya la disfrutaré yo sólo

Aramendi se acercó a la temblorosa mujer y puso sus enormes manazas en aquellos hombros tan suaves y bien formados acariciando amablemente su piel

– Tranquila, tranquila mujer, no te pongas nerviosa. Este trámite lo pasan todos los que entran a trabajar en la casona y no tienes por qué avergonzarte. Venga, yo te ayudo y verás como así es más fácil y termina todo esto rápidamente, a ver, deja que yo te quite el sujetador

Sin esperar respuesta para evitar una posible negativa, deslizó los delgados tirantes hacia abajo y tiró de las copas del sostén, liberando de golpe un par de tetas esplendorosas y redondas, coronadas por dos pezones marrones y gordos. El marqués tuvo que contener sus ganas de agarrárselas y acariciarlas al ver como rebotaban y temblaban levemente al quedar libres del fino encaje que las apretaba, pero se contuvo a duras penas y siguió con la operación.

– ¿Ves como no pasa nada, mujer? Esto no tiene nada de malo, ahora quitamos las braguitas, y ya estás dispuesta para ponerte en manos de Damián

Viendo que la viudita ya no temblaba y que parecía totalmente entregada y sin voluntad para oponer resistencia, don Eufemiano se agacho delante de ella y puso le puso las zarpas en las caderas. ¡Qué piel más suave y fresca! pensó, mientras tiraba de la cinturilla de las bragas y las iba deslizando hacia abajo. Lo hacía lentamente, regodeándose con lo que iban descubriendo las finas braguitas al ir descendiendo por las ingles. Los pelillos negros y rizados del pubis iban apareciendo ante sus ojos a medida que el elástico bajaba, era un felpudo espeso y salvaje como a él le gustaba.

– ¡Caramba, niña, que peludo tienes el coñito!

– Sí, señor marqués, desde que me hice mujer tengo esa pelambrera, a mi Roque le gustaba mucho que lo tuviera así, sin depilármelo

Luego, cuando entre la maraña oscura, apareció la hendidura rosada y húmeda de la vagina, el marqués sintió como la erección de su badajo se volvía incontrolable y la polla le asomaba por los pliegues del batín. Aquella mujer tenía un clítoris increíble, grande y abultado, que sin duda le proporcionaría buenos orgasmos por el simple roce con las bragas y que en aquel momento asomaba, descarado, fuera de su capuchón

– ¡Bueno, bueno, bueno! Pero chiquilla que barbaridad ¿esto te lo ha visto el médico?

– No me asuste don Eufemiano ¿Qué es lo que tengo?

– No lo veo muy bien, pero no sé si esto será normal, tan grande, espera que lo palpe

Cuando le frotó la pipa con el dedo, la viudita sintió un estremecimiento que le recorrió el cuerpo desde la entrepierna hasta la coronilla. No sabía lo que le pasaba, pero nunca había sentido algo así. A pesar de la enorme vergüenza que estaba sufriendo, aquel extraño placer seguía avanzando por su cuerpo de manera implacable. Cuando Aramendi le terminó de bajar las bragas del todo y se la sacó por los tobillos, ella colocó sus manos en los hombros del marqués y le ayudó a que se las sacara levantando un poco las piernas, como si aquel sátiro que se encontraba arrodillado delante de ella, con la cara a un palmo de su coño, estuviera haciendo la cosa más natural del mundo al bajarle las bragas.

– Venga, muchacha, ahora súbete al barreño para que el capataz te unte el cuerpo con el tratamiento

El marqués propinó una palmada en aquel hermoso y amplio culo cuando Isabel, ya completamente desnuda, se volvió para dirigirse hacia el centro del patio, porque al ver aquellas dos nalgas blancas y tersas delante de él, vibrando a cada paso, no pudo resistir la tentación de tocarlas.

Como el barreño de barro reposaba en una estructura de madera, elevada un metro sobre el suelo, quedaba completamente expuesta a la vista de los dos hombres, pero algo dentro de ella la impulsaba a exponer todavía más su desnudez, por lo que separó mucho las piernas y ni siquiera hizo el intento de taparse un poco con las manos. Es más, se dio cuenta de que como Damián no había cerrado los portones, bastantes trabajadores del cortijo había entrado en las cuadras y, a hurtadillas, estaban mirándola desde sus escondrijos más o menos discretos, pero no dijo nada ni protestó, porque ese placer oscuro que llevaba un rato sintiendo, se hizo mucho mas fuerte al notar tantos pares de ojos recorriendo con lujuria su cuerpo desnudo, seguramente clavados en sus tetas y en su coño y eso la excitaba bastante

– Abre mas las piernas, moza, deja que te “junte” con la crema

El capataz, con un gran bote de crema translucida en sus manos callosas, iba untando la piel de Isabel con aquel potingue. Al principio, por los pies y los tobillos lo hacía de una manera rápida, pero al pasar de las rodillas hacia arriba fue ralentizando sus movimientos y recreándose en los muslos de la viuda. Cuanto más se aproximaba a la entrepierna, mas apretaban sus manos las carnes firmes y tersas de aquel pedazo de hembra y viendo que ella no se resistía ni protestaba decidió atacar a fondo aquel coño de labios gordos y oscuros, ya bastante mojados por los jugos que destilaba su dueña.

– Date la vuelta que te tengo que “juntar” bien de crema el chocho, Isabelita…….eso es cariño, jajajajaja………échate “palante” y apoya las manos en las rodillas, que se te abra bien la almeja

Siguiendo paso a paso las obscenas indicaciones del garrulo, de una forma resignada y obediente, aquella hermosa mujer se dio la vuelta dejando pasmados a todos los mirones que se habían colado en la cuadra. Estaban más o menos ocultos, espiando disimuladamente y hasta ese momento no habían disfrutado la visión de su delicioso trasero blanco y redondo, pero cuando se inclinó hacia adelante, con las piernas bien abiertas para que Damián tuviera un perfecto acceso a su entrepierna, varios de ellos no pudieron reprimir un murmullo de admiración y hasta algún silbido delator que todos, incluida la viuda, por oscuras razones fingieron no oír.

– Tengo que meterte los dedos, moza, pero no te asustes que estoy “jarto” de hacérselo a las vacas y ellas nunca me protestan jajajajajajajaja

– Señor marqués por favor, eso no ¿cree usted de verdad que todo esto es necesario? por lo que más quiera, que no me haga eso ¡qué vergüenza!

– Tranquila mujer, solo es un momento, relájate que Damián sabe lo que se hace

Sintió aquellos dedos ásperos y callosos del capataz entrar hasta lo más íntimo de su coño, untándole con aquella crema pegajosa y que ella adivinaba que era sólo vaselina. Unos dedos que se curvaban en el interior de su vagina y rozaban unos lugares sensibles y mojados, provocándole un gusto estremecedor y haciendo que las piernas le temblaran ostensiblemente. Durante unos interminables minutos aquel gañán desconsiderado disfrutó como un cosaco follándosela con total impunidad con unos dedazos que parecían morcillas y que la penetraban una y otra vez, entrando y saliendo de su interior

– ¿Te queda mucho Damián? Abrevia que yo tengo que reconocerla y tu ya has disfrutado…digo untado bastante crema a la señora

– Si, si, enseguida acabo y le dejo a usted, señorito, solo déjeme que le dé un poco de esto por las tetas a la Isabel ¿vale? que no se las he catado todavía ………a ver, tú, mujer, agáchate que no te llego bien a las tetas

La joven viuda obedecía como una sonámbula. No comprendía lo que le estaba pasando pero era incapaz de negarse a todos aquellos abusos y humillaciones. Sentía un placer desconocido inundar su pecho y exacerbar cada poro de su piel, porque sentirse tan expuesta a la mirada de todos aquellos hombres que ahora la observaban a escondidas, desnuda y en posturas obscenas, la estaba matando de gusto. Hombres que siempre la habían respetado por ser la esposa de su capataz, que habían compartido con ella risas y conversaciones y con los que se cruzaba cada día por el cortijo, podían ahora contemplarla a placer, totalmente desnuda y vejada por las manos del que ocupaba el puesto de su marido muerto.

Se colocó a “cuatro patas” en el barreño mientras el capataz procedía a embadurnarle los pechos con aquella crema. Tal vez por la calentura que llevaba aquel patán, no era capaz de medir la fuerza con la que le amasaba las tetas, o puede que por la ojeriza que le tenía quisiera hacerle daño, pero lo cierto es que a Isabel se le saltaron las lágrimas por los pellizcos, tirones en los pezones y estrujones que le dio el rústico hasta que se cansó de magrearle aquellas hermosas ubres. Aquel dolor, en contra de lo que pudiera pensarse, aumentaba todavía más su placer y sobre todo cuando el hombre se colocó detrás de ella y, a través del pantalón, la hizo notar su potra tiesa presionando contra su culo como si quisiera penetrarla en un coito simulado.

– Vaya, con la viudita del Roque ¿pues no tienes los pitones tiesos la tía? Jajajajaja ¿ha visto usted señor marqués? a la señora le va la marcha. No, si yo siempre dije que esta moza era una guarrilla

-¡Imbécil, mastuerzo, quítate ya de en medio, que eres un inútil y cierra esa bocaza! Venga que ahora me toca a mí, que lo vas a estropear todo

De un empujón, el señorito apartó al garrulo y tomó su puesto delante del barreño, limpiando el cuerpo de la mujer de toda la crema que la cubría. Delicadamente, casi con cariño, Aramendi fue lavando con sus manos las tetas de la viuda, rozando como por casualidad aquellos pezones enhiestos y duros por el agua fría y por el placer oculto que la recorría. Siguió frotando con suavidad la espalda recta y bien formada y el vientre liso, el culo poderoso y redondo, insistiendo un poco en la hendidura que separaba las dos nalgas y por fin los muslos blancos y suaves de la joven. Cuando llegó al pubis, el roce de la mano con su clítoris inflamado hizo que Isabel sufriera una contracción placentera y el marqués decidió no seguir con aquello para prolongar el suplicio de su víctima.

– Bueno, muchacha, ya estás limpia y preparada, ahora bájate y colócate en esa mesa para que yo pueda examinarte con comodidad y darte el visto bueno, te estás portando muy bien

La viuda se levantó, quedándose de pie sobre el barreño con su cuerpo, mojado y brillante por el agua. Parecía la estatua de una diosa griega y casi todos los hombres que la contemplaban, medio escondidos y emboscados por la cuadra, viéndola allí en medio del patio tan desnuda como su madre la trajo al mundo, no pudieron resistir la tentación de seguir tocándose sus pollas tiesas, soñando que se la follaban.

– ¿Como me pongo señor marqués?

– Ponte en pompa, Isabelita, y con una mano sepárate uno de los cachetes del culo para facilitarme la operación

– ¿Así está bien don Eufemiano?

– Perfecto, perfecto, eres una buena chica, muchacha, si sigues así tendrás una recompensa jajajajaja

Aramendi nunca hubiera creído que le resultara tan fácil someter a semejante belleza de mujer, tan cándida y dócil, con tan poco esfuerzo y sin usar la violencia. Otras veces se había follado a algunas de las mujeres del cortijo, criadas o aldeanas de su dominio, pero eran putitas redomadas que gozaban con la promiscuidad, o mujeres decentes y luchadoras que le habían marcado la cara con las uñas. Y ahora tenía delante de sus narices a aquella madre de familia, joven y atractiva, en pompa y con el culo abierto así que no perdió el tiempo y con mucho cuidado, para no asustarla, empezó a meterle el dedo meñique por el ano, embadurnado en vaselina

-¿Tu marido te la metía por aquí? ¿te follaba el culito? Lo digo porque eso puede ser causante de muchas infecciones y tengo que saberlo

– No, señor marqués, el sólo me la metía por delante y por su edad muchas veces no podía porque se le ponía floja

– Ah, entiendo, el Roque no te daría mucho placer entonces ¿verdad?

– Algunas veces, con la boca, me daba gustito, señor marqués, pero poco, la verdad

El zorrón del Aramendi, viendo que la viuda cada vez estaba mas a gusto contándole sus intimidades y que a pesar de su situación humillante tenía el coño literalmente chorreando de gusto, vio que era el momento que había estado esperando desde que la vio entrar por las puertas del despacho

– Bueno pues creo que una mujer tan hermosa como tú se merece algo mejor. Mira, te voy a proponer que pruebes una cosa. Mientras sigo explorándote el culito te voy a poner la punta en la vulva, solo la puntita ¿eh? sin meterla, y si te molesta o te duele lo más mínimo la quito y no pasa nada ¿te parece bien?

– ¿En la vulva? Como usted quiera señor marqués, pero ¿donde está la vulva?

– Tu tranquila, ahora lo verás, pero prométeme que si no te duele no me dirás que me retire

Rápidamente, con la mano con la que no le estaba “explorando” el culo, Aramendi colocó aquella verga de caballo, tiesa como un palo, en la puerta del coño de la muchacha, teniendo cuidado de rozar a la primera ocasión su hermoso clítoris. Como lo tenía supersensible, por tanto roce y por el placer que sentía exhibiéndose desnuda en la cuadra abarrotada de pajilleros, el zurriagazo de placer fue instantáneo

– Agggggg, pero don Eufemiano, eso no es la vulva, es el coño ¿es que quiere violarme?

– Tranquila, chiquilla ¿te duele acaso? Ya te he dicho que solo te voy a meter la puntita, es para que pruebes el gusto que da, no voy a violarte, tranquila

Sin darle tiempo a quejarse y aprovechando su turbación, dejó el metisaca del meñique por el culo y le introdujo el dedo corazón, dilatando con eso un poco mas el apretado y virginal agujerito

– ¿Te duele ahora, muchacha? ¿te da gustito?

– El culo me duele un poco, y la vulva me da gustito, señor marqués

– Perfecto, todo va bien, no te pongas nerviosa, ya falta poco

Como un maestro de la tauromaquia, el marqués estaba toreando a la viudita y haciendo una gran faena, porque milímetro a milímetro, y mientras la distraía con aquel dedazo que tenía perforándole el ojete del trasero, fue introduciéndole su vergajo cada vez mas y mas adentro en la vagina de la nueva doncella hasta metérselo entero

– ¿Te duele ahora, cariño?

– Agggggg señor marqués, aggggg, ¿el culo o la vulva? Agggggg

– Las dos cosas, Isabelita, dime lo que sientes

– Agggggg señor marqués, me da gusto por los dos sitios

– ¿Y ahora?

De un empellón metió aquella enorme y negra polla hasta el sentío de la muchacha, mientras cambiaba el dedo corazón por el pulgar en el trabajo trasero de dilatación

– Aggggg, aggggg, ahora gusto, gusto, señor marqués agggggg en en el culo y en la vulva agggggg y en el coño señor marqués, porque eso que me está follando es el coño, no la vulva agggggg

Si ella estaba gozando, Aramendi no le iba a la zaga. Su vergajo había penetrado a la viuda como un cuchillo en la mantequilla. Aquella mujer, después de años de abstinencia, era una fiera y su vagina estaba tan lubricada y era tan caliente y suave que el marqués casi se corrió al metérsela teniendo que hacer verdaderos esfuerzos por no eyacular.

Los grititos de Isabelita recorrían el patio de la cuadra a cada golpetazo que le metía su patrón, y todos los mirones, ya sin recato ni disimulo, se acercaron a la pareja con las pollas en las manos, dándole sacudidas a sus miembros para gozar del espectáculo

Damián tampoco perdió el tiempo y pidiéndole permiso al marqués, puso su nabo enrojecido y tieso en la boca de la viuda. “Chupa, so guarra, que ya sabía yo que el Roque no podía contigo, hoy te vas a enterar de lo que es un hombre, dele fuerte señor marqués”. El capataz se corrió en la boca de la doncella justo cuando a ésta le llegaba el primer orgasmo, pero eso fue solo el principio, porque don Eufemiano, después de haber gozado a conciencia de aquel coño decidió cambiar de agujero

– Isabelita ¿te duele ahora? Metiéndole por sorpresa la cabeza de aquel carajo enorme por el esfinter, don Eufemiano, en el paroxismo del coito, la penetró brutalmente, hasta que las bolas peludas y gordas rebotaron contra las nalgas blancas.

– Agggggg siiiiiiiii, me duele, cabrooooooooon aggggggg pero no me la saque, siga, siga agggggg no se pare, señor marqués

Un nuevo orgasmo sacudió a Isabelita. Uno más de todos los que hubo esa tarde en las cuadras del cortijo, porque cuando el capataz se retiró de la boca de la doncella, otro peón ocupó su lugar, lo mismo que sucedió cuando el patrón ya no pudo echarle mas polvo a su nueva empleada y al quinto round cayó nokeado hacia atrás. Los mas fuertes de los jornaleros se pelearon a golpes para consumir su turno en el coño y en el culo de aquella hermosa mujer, pero ella aguantó hasta el final, hasta que el último de los mozos de cuadra quedó satisfecho. La historia no acabó ahí, pero sólo os diré que con el tiempo Isabelita la viuda dio mucho que hablar.

Publicado en: Orgias

Deja un comentario