El amigo obeso de mi esposo y yo

Hola a todos. El siguiente escrito es una experiencia reciente que viví cuando fui a visitar a mi esposo. Él está ahora trabajando en Europa desde hace más de un año y yo he ido a visitarlo dos veces y él ha venido también un par de veces.
El relato lo empecé a modo de diario sin saber a ciencia cierta lo que pasaría después, pero realmente lo terminé una semana después.
Para los que no me conocen, lo que cuento les podrá parecer una fantasía pero para los que me conocen, sabrán que el relato cuenta lo que ha pasado tal como lo recuerdo yo, es decir, éste como todos mis relatos son experiencias reales (lo menciono por los chicos que me escriben preguntado eso).
Antes de compartir el rato, quiero aclarar unos detalles que se me pasaron comentar cuando fui escribiendo el texto:
El amigo de mi esposo es uno de sus amigos mexicanos que vive en Europa desde hace poco más de un año y que es bastante cercano a él. Este amigo decidió hacer un viaje por varias ciudades de Europa gastando lo mínimo posible por lo que fue pidiendo asilo a todo conocido en el continente. Por supuesto y a pesar de que mi esposo estaría ausente tres días de los siete que pidió hospedaje, aceptó recibirlo en nuestro departamento con la ingenuidad y entrega que lo caracteriza.
Este hombre yo lo conocí en México y es actualmente un hombre divorciado, sin hijos, que resulta bastante simpático y con una gran agilidad mental para los comentarios ocurrentes.
Les pido por favor que si este “preámbulo” es omitible, me lo digan cuando puedan para dejar de añadir cosas que no noto que no son necesarias.
Y bueno, les comparto esta última experiencia que me ha encantado escribir para dejar testimonio de las aventuras sexuales que me he atrevido después de ser lectora de estos relatos y decidir vivir y compartir las experiencias sexuales que me da la vida mientras puedo experimentarlas. Espero les guste y los animo a que comenten al respecto.

LUNES

Yo creo que pronto me baja la regla. Espero a nadie le moleste que empiece así pero hay una razón para decirlo. Resulta que ahora mismo estoy sola en mi habitación pero no puedo dormir a pesar de la hora y de que mañana tengo que despertarme temprano. Estoy inquieta, un tanto ansiosa y algo (bastante) cachonda. Del otro lado de la puerta de mi cuarto está la sala del departamento y, en el suelo, duerme plácidamente en calzoncillos un amigo de mi esposo.
Cuando salí al baño lo vi ahí tendido con un brazo sobre la cabeza que le tapaba la cara pero, cuando estaba sentada en el water con las pantis a medio muslo, me empezó a entrar un cosquilleo en la entraña y poco a poco se me empezó a acelerar el corazón: estaba cachonda… ¡estoy cachonda y sin poder dormir por esta excitación que me acelera el corazón!
Y, la verdad (lo juro) yo misma no me lo explico.
El hombre en el suelo es un tipo moreno, con pelo escaso en el rostro que lo hace parecer más feo de lo que ya es. Es bastante gordo….¡con el asco que me dan las personas con tanto sobrepeso como él! Y, sin embargo, ahí me quedé mirándole las piernas llenas de vellos…torneadas a pesar (o tal vez por eso) de la cantidad de grasa que tiene en el cuerpo.
La única explicación es que me va a bajar la regla pues dos o tres días antes de que me baje siempre se me sube la calentura en e cuerpo como cohete.
Es de lo más grotesco: Yo, chica saludable y esforzada en el gimnasio, atraída sexualmente por un hombre (un animal, con perdón de la expresión) como éste.
En fin.
Espero dormir algo y que por la mañana desaparezcan estas ansias de ser suya, de sentirme sucia por querer sexo con alguien como él.

MARTES

Me desperté en la cama cansada pero contenta de volver a la normalidad. Me sentí como cualquier otro día y me reí de mis “calenturas” de anoche, mandándolas en mi mente al rincón de “objetos perdidos”.
Con esa actitud renovada salí de mi cuarto esperando que todo volviera a la normalidad pero, en el mismo momento que lo vi, no pude evitar sonrojarme y sentir una punzada en mi estómago vacío. Le di lo buenos días y me dirigí corriendo al baño, pero sospecho que notó que algo extraño me pasaba porque al regresarme el saludo y salir disparada, hubo un instante en el que el tiempo se detuvo y noté que sus ojos se entrecerraban al mirarme, como el que de repente reconoce algo, y se queda con la boca abierta y la postura congelada. Estoy segura de que en ese instante de tiempo suspendido, él pudo notar mi rubor en las mejillas, mi sonrisa tímida de “trágame tierra” y mi mirada de “¡corre!” justo antes de darle la espalda y cerrar la puerta del baño.
Cuando salí recuperé el temple y la mañana transcurrió finalmente con normalidad: desayunamos algo rápido y salimos juntos. Parecía que todo volvía a la rutina y así lo sentí al correr las horas hasta que recibí su llamada por teléfono: él y varias personas más del evento al que vino, saldrían en la noche y, por supuesto, estaba invitada y más que eso: según él, no dejaría de insistirme hasta que aceptara acompañarlo.
No me hice mucho del rogar, lo confieso. La calentura de mis hormonas me llegó al contestar el teléfono.
Pensé que tal vez podría jugar un poco con alguno de los asistentes durante la salida al bar y así calmarme un poco la calentura, pero la verdad es que por mucho esfuerzo que hiciera por convencerme de lo grotesco del asunto, no dejaba de pensar en él. ¡¿Qué estaba mal conmigo?!
No lo sé. Sólo sé que la idea de que sus regordetas manos me tocaran con deseo me hacía mojarme. Eso sí, la idea de besarlo en la boca, probar y mezclar su saliva con la mía, eso sí me repugnaba. Extraño, ¿no? Sólo su cuerpo grasoso y voluminoso haciendo contacto con mi piel me excitaba.
Miré la hora al colgar la llamada y noté que todavía me daba tiempo de sobra para ir al departamento y reposar un poco antes de salir, pero cuando llegué me volvieron las ansias y me puse inquieta. Un cosquilleo en la boca del estómago me conscientizaba de mi deseo por el sexo. “Tranquila mujer que todo es una fantasía tuya”, me decía a mí misma para calmarme. Pero las ansias ahí estaban, el cosquilleo en la panza y la humedad entre mis piernas era evidente e irrefrenable. El único remedio que conocía en esas situaciones era el mismo que usaba cada que estaba así: arreglarme pensando en estar lo más bella y sexy posible para los hombres que me vieran en la calle.
Así empezó el viacrucis conocido con el guardarropa: ¿Qué me pongo?
Me vestí y cambié una cantidad infinita de veces: “te hace ver gorda”, “te ves muy golfa”, “te ves muy puritana”, “te ves vieja”, “pasada de moda”, etc.
Así estuve bastante tiempo, cambiando de prendas frente al espejo continuamente, hasta que finalmente me decidí: falda asimétrica a la rodilla, top negro, suéter negro corto con manga 3/4, botas negras, medias naturales, tanga con encaje y bra liso negro. Cabello suelto y maquillaje ligero pero cargado de negro en los ojos. Creo que me veía muy bien, es decir, joven, sexy y elegante, sin ser formal.
Salí con una mezcla de entusiasmo y nervios. ¿Se daría cuenta que me arreglé para él? ¿Sus amigos lo notarían?
¡Qué nervios! Quería que él notara mis intenciones pero nadie más. La ansiedad y la calentura habían desaparecido una vez que salí a la calle y me dirigí al encuentro de “mi hombre”. Me encontraba segura, muy segura. Tanto, que estaba decidida a sólo darle un taco de ojo, es decir, deleitar sus pupilas con mi cuerpo y que terminara solo y caliente como hot dog dando vueltas en el suelo de mi sala con la plena consciencia de que dormirá solo, deseándome como perro a su hueso pero conociendo su lugar en el suelo de mi sala.

Mis planes funcionaron al principio. Tanto el amigo de mi esposo como los asistentes hombres no dejaban de verme y piropearme. En aquel momento ya no deseaba a ese hombre gordo ni a nadie, así que decidí actuar normal, disfrutar de la velada y ser “encantadora”.
El lugar es un bar latino por lo que después de los primero tragos se abrió la pista de baile con las pocas mujeres que asistimos.
No es por presumir pero noté a los chicos luchando por bailar conmigo salsa y, más de uno, incluso intentó sacar provecho de las vueltas y los pasos intentando pegar su cuerpo al mío o deslizando “sin querer” su mano cerca de mi trasero o mis senos.
A todos puse freno como pude sin enfadarme por sus atrevimientos, pero el alcohol seguía llegando y mi deseo sexual aumentando a cada gota.
Todos notaron esto último, pues llegué al punto de ser más descarada y cambiar los papeles siendo yo la que ahora acercaba seductoramente el cuerpo a mi pareja de baile en turno entre risa y jolgorio.
También bailé con él y, lo más importante, en algún punto se convirtió en mi única pareja de baile. Se movía bien y me movía muy bien. También con él perdí la vergüenza y él perdió la distancia. Bailábamos pegados y su mano iba y venía con los movimientos cada vez más cerca de mi trasero. En el último baile, cuando apagaron la música, su mano se deslizó sin timidez desde mi espalda hasta mis nalgas, apretando una sola vez y suavemente mi trasero. Por poco grito con ese atrevido movimiento pero pude contenerme y guardar la compostura. Mi respiración, en cambio, se agitó de excitación y se confundió, ante los demás, con lo agitada que una termina después de bailar un par de horas.
Como todavía era temprano, decidimos ir a otro bar a platicar y relajarnos aunque yo pienso que la idea era poder ligar con las chicas que íbamos, pues todos revoloteaban alrededor de nosotras.

Encontramos otro bar, en una calle peatonal con mesas en la calle a pesar de la hora. Tanto él como yo buscamos quedar sentados lado a lado aunque en realidad los lugares se fueron cambiando, en general, durante la noche. En aquellos momentos era claro que yo estaba acompañándolo a él y, aunque yo estaba ya algo alcoholizada, se me ocurrió exagerar mi estado etílico para ver si mi compañero se animaba más conmigo o yo tendría que cambiar los planes que habían cambiado a la idea original de llevármelo a la cama.
Así que entre juego y plática, las cosas relevantes que noté me indicaron que esa noche no estaría sola durmiendo: nos llegamos a tomar de las manos; su mano acariciaba disimuladamente mi espalda y hasta llegó a apoyarse sobre mis piernas acariciándome sutil y brevemente.
A pesar de que era claro lo que pasaba y que cualquiera adivinaría lo que vendría después, la realidad es que tampoco nadie podía asegurarlo pues podría suceder que pasado el efecto del alcohol y la fiesta, recobráramos la compostura dejando todo en una buena salida y nada más.
Nos quedamos hasta que cerró el bar y varios pedimos servicio de taxi.
Con nosotros se subió uno de los amigos del evento, pues llevábamos la misma ruta, y eso hizo que yo me intimidara y regresara a actuar con decoro, como corresponde a una mujer casada. Esto ocasionó que se enfriara la situación para cuando entramos al departamento.
Por un momento me pareció que era lo mejor, que todo era una calentura con consecuencias impredecibles y que era una señal del destino de que no debía de pasar nada entre nosotros. Yo me lo tomé así pero, haber visto la cara de perro mojado del amigo de mi esposo y notar sus ojos que reflejaban a una persona como aquella que ve marcharse frente a él un sueño y que no puede hacer nada más que contemplar cómo se pierde en el horizonte, me dio algo de pena y algo de ternura verlo, pero de cualquier modo intenté seguir con la nueva situación y empezar a prepararnos para dormir.
Entonces hizo algo que lo regresó al ruedo: fue al refrigerador y mirando la puerta abierta me preguntó si se me antojaba una copa.
Sonreí ante la poca sutil estrategia y me negué cortésmente pero él insistió y yo terminé aceptando advirtiéndole que sólo una. Me acomodé en el sillón sin las botas y el sweter y él me acompañó sentándose a mi lado. Al quejarme de mis pies, inteligentemente, se acomodó en el sillón mientras me ofrecía un masaje. ¡Eso fue un gran movimiento de su parte y también un gran detalle! No me permitió negarme así que me dispuse a recibir sus caricias sin mayor resistencia.
Poco a poco sus manos subían por ellas, conquistando cada vez un poco más: los pies, los tobillos, las pantorrillas…mis piernas iban cediendo ante su avance placentero, mis ojos se cerraban, mi respiración pasaba por mi boca en ocasiones logrando sacar algún sonido de satisfacción. Tenía las manos grandes y fuertes, por supuesto pero se detuvo en el momento decisivo al llegar a mis rodillas. Entendí que de mí dependía el siguiente movimiento, así que cuando abrí los ojos y lo vi sentado tan lejos, mirándome esperando algo y con el deseo en sus ojos, estaba decidida: di un trago a mi copa, lo tomé de la mano y sólo dije “ven” y lo guié a mi habitación. A penas entramos comencé a desnudarme quedándome en ropa interior. Él hizo lo mismo con una velocidad y una agilidad que me dejó sorprendida. Nos quedamos contemplándonos un momento. Efectivamente, era un hombre demasiado obeso para mi gusto y demasiado feo de cara pero incomprensiblemente ardía de deseo por sentir esa piel flácida y esas manos firmes sobre mí. Su pene erecto quedó un poco oculto por sus lonjas por lo que no tenía idea de cómo sería a pesar de tenerlo desnudo frente a mí.
Fue a mi encuentro salvando los tres pasos que nos separaban buscando mis labios. Lo vi venir en cámara lenta, espantada por besarlo en la boca y es que, por alguna razón, era lo único que me repugnaba todavía, pero en el mismo momento en que su lengua reptó dentro de mi boca buscando la mía, el asco se convirtió mágicamente en deseo. No sé cómo explicar esto pues no sé si sea normal y a la gente le pase que de tanto desprecio se le antoje a uno más llenarse de eso tan desagradable. Pues así me pasó a mí. Me besó con desenfreno y yo a él, tomándolo de la cara para sellar bien nuestros besos y probando su lengua, su saliva y sus labios, intentando impregnarme de tanto desagradado tan excitante.
Mientras nos besábamos frenéticamente, me levantó del suelo con mis piernas abrazándolo y me llevó al colchón. Justo cuando mi espalda tocó la superficie, sus manos fueron sobre la tanga que me puse para él y la retiró aventándola sin ver. Hecho lo anterior, me abrió las piernas que tenía dobladas y se metió de lleno entre mis muslos. ¡Madre mía! ¡Me empezó a comer la vagina como si fuera un dulce! Me succionaba los pliegues suave y firmemente, pasándome la lengua sin pudor y buscando penetrarme con ella y recorrer y adeñuarse de toda mi vagina. ¡Qué rica manera de chuparla! Inmediatamente me tenía gimiendo como loca ante cada lamida o succión sin podérmelo creer. No tardé en sentir que me venía el orgasmo y con mis gemidos crecientes y rítmicos se lo hice saber para que no parara. Su lengua áspera empezó a lamerme de arriba abajo estimulando mi clítoris hasta que me inundó un orgasmo profundo que no acababa. Intenté retirar mi vagina de su alcance pero a la fuerza se mantuvo lamiéndome mientras el orgasmo se quedaba pulsando en un nivel máximo debido a los movimientos de su lengua. Con mucho esfuerzo de mi parte pude finalmente apartarme y caer sin fuerzas y rendida sobre la cama en lo que el orgasmo pasaba. Lo primero que pensé cuando logré que me regresara el alma al cuerpo fue en lo increíble que era éste hombre con el sexo oral. Acostada todavía, me retiré el cabello del rostro buscando a mi amante y me sorprendió ver su cara frente a la mía. Me sumió un beso sucio, apasionado y lleno del olor de mi vagina impregnado en todo el rostro. Me levantó los brazos y empezó a besarme y lamerme desde las muñecas hasta las axilas para luego comerse mis pezones. Yo ya estaba más que satisfecha en ese momento así que sólo me dejé hacer, disfrutando de las caricias y los besos. Entonces abrió mis piernas y se incorporó para ubicar mi vagina frente a su miembro. Me preguntó por condones y le di casi sin moverme del buró que tenía a mi lado.
Una vez que se puso el condón, me acomodó de tal manera que tuve que levantar un poco mis caderas y su pene erecto entró como cuchillo caliente en mantequilla. Suave, pero eso era por la lubricación tan tremenda que tenía de lo mojada que estaba, lo importante era que pude sentirla dentro, lo que indicaba que al menos tenía un grosor suficiente para estimularme. Largo, descubrí que no era, pero después de esa lengua, ya no era importante.
Estando boca arriba, piernas abiertas, mis manos tocando sus brazos, sentía su carne voluminosa deslizándose entre mis muslos, su panza colgando, casi recargada sobre mi vientre y pechos y sudando a mares, pero lo peor y al mismo tiempo de lo más excitante, fue notar el sudor de mi amante goteando copiosamente sobre mí, sobre mi cara, sobre mis brazos y sobre mi cuerpo entero. Mientras me penetraba, esforzándose lo que podía, sólo pensaba en ese contacto sudado y esas carnes colgando que se peleaban por moverse entre mi piel. Yo estaba viviendo una fantasía que no sabía que tenía. Mientras yo me fijaba en esto, mi amante resoplaba escurriendo sudor, moviéndose a su ritmo haciéndome suya. No duró mucho, a los pocos minutos me dijo “¡me vengo!” e inmediatamente gimió hacia adentro contrayendo los músculos de su cara en un rictus de placer. Una vez descargado su esperma en la punta del latex, se dejó caer a mi lado extenuado, y eso fue todo. Había terminado el sexo con ambos yaciendo boca arriba, uno al lado del otro, él agitado bañado en sudor y yo haciéndome a la idea de lo que había sucedido y también bañada en un charco de sudor generado más por su cuerpo que por el mío.
Después de unos minutos me levanté para limpiarme un poco en el baño, no sin antes tomar una bata de noche que saqué del ropero. “Te encargo un vaso de agua, linda, ya que regreses”. Su “encargo” me cayó un poco mal de momento, no sé, me pareció demasiada confianza, es decir, como si de la nada dejara de ser la mujer con la que se había acostado a pasar ser su criada. Naturalmente no me hice mucho caso y salí a hacer lo planeado sin darle más importancia. De regreso, eso sí, tomé un vaso, lo llené de agua y lo llevé al “rey del hogar” a la cama, el cual me miraba con un aire de suficiencia y “macho man” cuando regresé con el vaso en la mano.
Sin hacerle mucho caso, tomé mi pijama dispuesta a vestirme y meterme en la cama pero al notar esto él me dijo “no, ¿qué haces?…no seas así y vente a la cama así encuerada, anda….”. Esto lo dijo mientras se levantaba y me tomaba de la mano para meterme a la cama con él.
Sin deseos de discutir hice lo que me pidió, digo, qué más daba ahora que durmiera desnuda a su lado después de lo que hicimos.
Ya en la cama empezó a acariciar mis senos y mi abdomen, besándome de vez en vez en el hombro, el cuello o el pezón mientras me decía lo hermosa que era, lo mucho que le gustaba desde siempre, lo increíble que le parecía tenerme desnuda a su lado y lo feliz y dichoso que lo había hecho. Así estuvimos una media hora y yo estaba a punto de caer dormida cuando me propuso al oído “¿otra vez?”. Yo dudé. Ya había cumplido mi fantasía y no encontraba una verdadera motivación para volver a coger con él pero entre mis dudas, él ya estaba acomodándose bajo la sábana entre mis piernas: “bueno”, pensé, “esa lengua se ha ganado una segunda oportunidad”. Y de nuevo me comió el coño espectacularmente. De nuevo gemí y gemí sin poder contenerme hasta terminar en su boca. ¡Este hombre es increíble aguantando y disfrutando tanto del sexo oral a una mujer! Después de ese segundo estupendo orgasmo ya era suya de nuevo para que me hiciera lo que quisiera, así que un nuevo condón y yo me acosté boca arriba pero él entonces me indicó que cambiara de posición y me puso en cuatro patas para metérmela de espaldas. De nuevo su pene entró sin problemas aunque en esta posición sentí más y pude disfrutar sus embestidas que casi me estrellaban contra la pared. En esta ocasión tampoco duró mucho así y pensé que era todo pero no, por alguna razón seguía firme y al parecer deseaba cogerme de tantas formas como fuera posible. Me puso montada sobre él quien estaba con sus manos en mis caderas mientras yo intentaba mantener su miembro dentro de mí mientras subía y bajaba con mi cuerpo. Minutos después cambiamos de posición: él boca arriba y yo montando su pene pero dándole la espalda. En esta posición la penetración era más profunda (un poco más) pero su pene se salía de posición más frecuentemente. Finalmente regresamos a la postura de perrito pero ahora yo mirando a los pies de la cama mientras él me embestía con furia, aunque sin que realmente “me diera duro”, hasta que de nuevo terminó.
Una vez terminado el asunto nos fuimos a refrescar cada uno a la vez y decidí cambiar las sábanas y cobijas llenas de sudor en lo que él regresaba del baño.
Ya sin esa sensación pegajosa de su piel, se me antojó retozar en su pecho sólo por curiosidad. Supongo que le gustó porque inmediatamente se quedó dormido.
Afortunadamente estoy acostumbrada a los ronquidos de mi esposo por lo que me pareció tierno que él roncara de manera similar. Al poco tiempo, yo también caí dormida. Serían las 4 de la mañana.

MIÉRCOLES

Sonó la alarma y descubrí que tenía una resaca moderada y un mal humor de los mil demonios por la falta de sueño. No había de otra, tenía que levantarme.
Mi “bello durmiente” seguía roncando sin inmutarse por el despertador. Decidí bañarme y aprovechar que dormía para tomarme un tiempo para mí.
Hoy regresaba en la tarde mi marido y todavía tenía que arreglar el departamento y preparar todo para recibirlo, así que una vez que salí del baño decidí despertar a aquella masa que roncaba plácidamente sobre el colchón para que también se fuera a hacer sus cosas y evitar que fuera un problema.

Cuando salió del baño yo estaba todavía maquillándome pero ya vestida. Por supuesto hablé con él pues tenía que dejar en claro que esto no volvería a suceder. Fue cuestión de una noche y nada más y por supuesto mi marido, amigos o conocidos no sabrían jamás de lo ocurrido. Esto quedaba entre nosotros y con la esperanza de sellar el pacto y garantizar su discreción, le dejé una promesa al aire con la posibilidad de repetirlo en el futuro (cosa que no pensaba cumplir) con la única condición de garantizarme su silencio.

Misión cumplida. Recibí a mi esposo, salió de copas con su amigo y como sí me bajo la regla, no tuvimos relaciones como es su costumbre. Su amigo durmió en la sala y mi esposo a mi lado y la vida siguió su ritmo rutinario.

DIAS DESPUÉS

Mi gordo precioso siguió su camino. Mi vida siguió su curso y algunos de los párrafos que he escrito aquí los realicé en mis tiempos de ocio y otros con mi marido dormido, lo cual me prende.

Publicado en: Relatoseroticos

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