Descubrí que puedo ser persuasiva…

¿Qué les digo? Estaba profundamente enamorada. Llevábamos saliendo ya un año, y él siempre me respetó. Pero yo quería más, quería que él tomara mi virginidad.
No sabía cómo decírselo, ¿y si me terminaba por ser una descarada? Le pedí consejo a una amiga, y lo único que necesité escuchar fue un “Es hombre, muéstrale un poco de piel y ya verás cómo cae”.
Habíamos quedado en salir para festejar mi graduación, pero sin planear nada. Decidí que ese sería el momento, así que esa mañana salí temprano para comprar un poco de lencería, ya que no tenía más que calzones rositas y blancos. Elegí un conjunto negro de encaje, imaginando la cara que pondría Josué al verme. No estaba lista para usar tangas, por lo que escogí un cachetero pequeñito, muy sexy.
Después de la graduación ya estábamos en su coche, y yo sentía su mirada recorriendo mis piernas descubiertas poco a poco, hasta el borde del vestido. Levanté la cabeza para mirarlo, y de inmediato el desvió su vista hacia mis ojos y me preguntó “¿A dónde quieres ir amor?”.
Con una sonrisa de nervios le dije:
-Llévame a conocer tu casa, nunca he estado ahí
Así que fuimos. Yo ya sabía que iba a estar sola, porque sus padres trabajaban todo el día y él es hijo único. Creo que sospechaba mis intenciones, pero como no decía nada yo seguí hablando de tonterías despreocupadamente.
Entramos, y mientras caminábamos hacia el comedor él me ofreció algo de beber. Le dije que no, y pensé “Es ahora o nunca”.
-Quiero un beso -le dije, y el se acercó a besarme, de la manera en la que él siempre me besaba. Pero luego me volví más insistente, presioné mi boca contra la suya y comencé a suspirar. Entrelacé mis dedos en su cabello, y justo cuando el se iba a apartar lo empujé hacia mí, inclinando su cabeza hacia abajo.
-¿Qué estás haciendo? -intentó decir, pero yo no quería escucharlo hablar. Toqué sus labios con la punta de mi lengua para tentarlo, y Josué soltó un suspiro que casi sonó como un gemido.
“Ya lo tengo”, pensé, y entonces me pegué a él. Pasé mis manos por su espalda mientra él rodeaba mi cintura, todavía con cuidado. Nuestra lenguas ya jugaban con intensidad y yo solo me estremecía, sintiendo algo cálido descender desde mi ombligo hasta mi entrepierna. Tomé su camisa y empecé a desabotonarla y fue entonces cuando sentí su mano tocar mi muslo. Tomó mi pierna con fuerza y la levantó, de manera que ahora podía sentir lo duro de su paquete contra la tela de mi cachetero. Lo apreté aún más a mi, encajando un poco mi tacón en su nalga. Con la otra mano, Josué comenzó a deslizar primero uno de los tirantes de mi vestido, y luego el otro. Nuestras respiraciones eran agitadas, y podía sentir su deseo crecer contra mi sexo.
-Si me vas a quitar el vestido, quítamelo bien.
Juro que lo escuché gruñir. Soltó mi pierna, y con algo feroz en su mirada tomó mi vestido y lo jaló, rompiendo los botones que lo sostenían. La tela cayó, y ahí estaba yo frente a él, en lencería y con los tacones negros. Se quedó quieto, sin dejar de comerme con la mirada. Me excitaba imaginar como me veía, ya sentía mojada mi vagina.
Lo tomé de los brazos y lo empujé hasta la mesa. Le quité la camisa y comencé a besarle el fuerte pecho, bajando más y más. Mis manos recorrieron su espalda y luego sus nalgas, haciéndolo temblar.
-Te deseo -le dije en un susurró, y le desabroché el pantalón y se lo quité, liberando su erección.
Me quedé impresionada, nunca había visto nada que se me antojara tanto como su pene. Sin dudarlo, lo tomé con mis manos y comencé a lengüetearle la puntita, sintiendo el sabor de su líquido en el fondo de mis entrañas. Me gustó, así que comencé a chuparle el glande como si me estuviera comiendo la paleta mas rica del mundo. “Dios, Rebeca”, lo escuchaba gruñir, y yo con más gusto le chupaba. Metí su pene en mi boca hasta que toco mi garganta, y lo rodeaba con mi lengua mientras le acariciaba los testículos. Metía y sacaba, metía y sacaba, hasta que Josué comenzó a temblar.
Él tomó mi cabeza con sus manos para hacerme parar, y me dijo:
-No quiero correrme en tu boca.
Levanté mi cabeza para verlo, y justo cuando su mirada encontró la mía, me levantó y me aventó sobre la mesa. Él se subió también, de manera que tuve que recostarme contra la madera. Comenzó a lamer mi ombligo, y fue subiendo mientras con una mano acariciaba mi seno por encima del sujetador y con la otra me masajeaba el clítoris por encima del encaje.
Me retorcía, intentando asimilar el placer que Josué me provocaba. Gemía en voz alta, y él liberó mis senos para poder chupar mis pezones. Me estaba volviendo loca. Temblé y temblé, sintiendo todo tenso en mi interior. Y sin avisar, me corrí. Grité una sola vez, fuerte. Sentí mi sexo todo mojado.
No me dio tiempo de recuperarme. Terminó de quitarme el sujetador, y después bajó sus manos para quitarme el cachetero. “Eres muy bella”, susurró, y le creí. Y sin previo aviso, ahí, encima de su comedor, me ensartó de un golpe. Aullé de dolor, mientras sentía líquido caliente descender de mi vagina. Se quedó quieto, para que me acostumbrara a su imponente miembro.
Sonreí para darle ánimos, y entonces, comenzó a moverse. Primero fue despacio, pero para mi no era suficiente.
-Más rápido amor, te quiero sentir todo.
Entraba y salía más rápido, más fuerte, colisionábamos y yo creía que me partía en dos. Me agarré de la mesa con las manos. Jadeaba, y él gruñía, y no podía pensar en nada más excitante que eso.
Empecé a temblar de nuevo, más intenso que la vez anterior. Se movió más rápido, más rápido y Josué murmuraba mi nombre.
Creí que toda la cuadra escuchó nuestros gritos cuando llegamos al orgasmo, los dos juntos, cuando sentí chorro de semen chocar contra mi. Josué se quedó quieto y luego se desplomó encima de mi, sin sacar su pene de mi vagina.
-Felicidades por tu graduación, amor

Publicado en: Relatoseroticos

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