Corridos del rio me la puso en el Lavadero

Cuando Alberto me la saco de la boca la tenía ya bien dura. Yo, ya sin bombacha sabía que en segundos nada más iba a ser clavada como me lo hacían habitualmente los muchachitos del barrio.
Era sábado, un día caluroso de octubre. El rio corría entre una frondosa arboleda propicia para la intimidad pretendida por los chicos pletóricos de leche de macho.
No era la primera vez que me llevaban allí. Todas las chiquillas amigas de las vergas sabíamos que el que te dijeran “vamos a pasear al rio” significaba prepara la concha y lávate bien el culo.
Por eso Alberto tenía ahora su pija dura y pronta a calzármela en mi generosa concha.
Pero sucedió algo. Algo inesperado. Escuchamos gritos y a un hombre y una mujer a unos 100 mts.
Alcanzamos a escuchar algo así como
– Mocosos pervertidos ¿Qué es lo que están haciendo?
El susto nos llevó a salir corriendo. Corrimos una considerable distancia y asustados no nos atrevimos a seguir con nuestra actividad en ese lugar.
Alberto me dijo con un dejo de frustración.
– Que mierda. Con las ganas que tengo de culearte, tengo la poronga como un hierro caliente.
– Yo también quiero Alberto. Me gustaría mucho que me des tu pija dura.
– Encima, dije, al salir corriendo deje la bombacha tirada, mi madre se fastidiara por haberla perdido.
– Jajá, rio Alberto, se te va a enfriar el culo gordo abierto que tenes.
Mientras lo decía el chico me levanto el vestido por atrás descubriendo mi cola desnuda.
Sin decir nada atine a bajarme la falda pero sin enojarme con Alberto por su atrevimiento
Yo sabía bien que había una pija alzada interesada en mi concha, un muchacho con sus huevos llenos de leche dispuesto a dejarme abierta de par en par
Y aquí estaba yo: una nenita desvergonzada que volvía a su casa por las tardes con las rodillas embarradas por ponerse en cuatro para que la perforen.
Ya en el barrio, regresados del rio, nos sentamos en el cordón de la vereda con Alberto.
– Te quiero culear gorda… no aguanto más… tengo la pija dura de lo caliente que estoy.
– Ya lo sé Alberto… Cuando te la chupe en el rio me di cuenta enseguida que cuando me la pusieras me ibas a dar para que guarde. Me cogiste bien la boca Albertito.
– Es que hace como dos semanas que no la pongo, ¿y a vos? Cuando te montaron por última vez.
Me dio algo de vergüenza pero le respondí…
– Ayer… a la salida del cole…
– ¿Si? ¿Y quién te cogió?
– Uno de séptimo… Me llevo a un galpón de su casa para darme…
– Yo también te quiero dar pija gordita. Me dijo.
Pensó unos segundos y me propuso.
– Mira, a esta hora mi mama está durmiendo la siesta con mi hermanita menor, si entramos despacito podemos ir al lavadero de la terraza y te lijo bien la concha, putona… ¿qué dices?
-Bueno… vamos. Dije yo levantándome para ir con él.
La casa de Alberto no estaba lejos. Tardamos solo unos momentos en llegar hasta ella.
El chico me pidió que esperara fuera mientras el verificaba que su madre durmiera con su hermanita.
Salió a los pocos segundos y me indico que podíamos entrar sin hacer ruido.
Entramos en el más absoluto silencio y detrás de el subí por una angosta escalera en caracol a la terraza.
En una de las esquinas de ese techo había una pequeña construcción sin revoque con un tanque de agua encima.
Entendí que ese era el lavadero.
– Dale gorda vamos que te voy a meter el chorizo que te chupaste en el rio. Me dijo Alberto e ilustro sus intenciones de cagarme bien a pijazos metiéndome un dedo en el culo… No, No me toco la cola… directamente el hijo de puta me enterró un dedo en el orto.
– aia! Dije yo sorprendida mientras apuraba el paso para el lavadero.
Era claro que este Alberto me iba a recontragarchar hasta vaciar sus huevos calientes en mí.
Desde que estuvimos en el rio me había dado cuenta que el chico sabia reconocer a una chica regaladita que se bajaba la bombacha cuando la manoseaban un poco.
Y como sabemos bien esa clase de chicas un muchacho que se da cuenta de eso no perdona y te parte al medio como un queso.
El lavadero era un cuartucho desordenado y bastante sucio. Había una pileta grande para lavar la ropa con una canilla de bronce vieja, también habían por todas partes trastos en desuso y ropa vieja. Evidentemente el lugar no era usado con asiduidad y era utilizado como un cuarto baulera.
En cuanto entramos Alberto cerró la puerta e inmediatamente se sacó la pija dura sacudiéndola delante de mí mientras me preguntaba:
– ¿Ves esto Gorda tragavergas? ¿Sabes para qué sirve?
– Mírala putona… me repitió – ¿Sabes que te van a hacer con esto?
– ¿Me vas a coger con esa pijota Albertito?
Alberto me agarro de la mejilla y me dio un beso metiéndome toda la lengua dentro de la boca, me escupía dentro de la boca mientras me manoseaba las nalgas desnudas con rudeza.
Yo me dejaba hacer con absoluta pasividad dispuesta a dejar que me abriera por todos lados con su pija gorda y cabezona.
Parados me beso y me metió mano mientras yo le agarraba y le sacudía su enhiesta garcha, así estuvimos varios minutos hasta que se separó de mí y me dio vuelta de las tetas.
Con la pija en la zanja de mis gordas nalgas Alberto me lamia el cuello y me apretaba las nalgas.
Me dijo en el oído que él sabía que yo era una puta que se dejaba, que todos en el colegio lo decían, que me iba a dejar llorando como me dejo tal o cual.
Yo escuchaba y me daba mucha vergüenza. Me imagine a los chicos más vergones que me habían cogido relatar cómo me habían dejado renga al romperme el culo y me ponía triste que Alberto ya supiera antes de llevarme al rio lo trolita que yo era.
Mientras pensaba en esto Alberto me puso contra la pileta y me enrosco el vestido en la cintura, 30 segundos después mi concha recibía a los abrazos a esa pija de macho culeador.
Recibí pija durante un largo rato en mi cachucha mojada. Alberto me daba como para que me acuerde de el durante un buen tiempo.
Después una larga pistoleada el chico me la saco sin haber acabado, me empujo de la cabeza y me di cuenta inmediatamente que tenía que chuparle bien la verga. En realidad me equivoque más que chuparle la pija el maldito me garcho por la boca hasta casi hacerme vomitar.
Me decía lo puta que era, me tiraba del pelo y me la metía hasta los huevos en la boca que ya me dolía.
De un empujón me tiro de culo al piso y quede allí sentada mientras el tiraba la ropa vieja que había en el galpón sobre el piso.
Me levanto de las tetas y me empezó a chuponear de nuevo babeándome con su lengua por toda la cara.
Me dijo mirándome a la cara:
-Dicen que sos muy llorona cuando te dan por el culo ¿Te hacen llorar gorda culo roto los amiguitos?
– Es que me duele cuando me dan duro, respondí yo.
– Acóstate culo para arriba que te reviso la colita para ver si esta cerradita. Me dijo
No me dio tiempo a hacer lo que me dijo. Me dio dos nalgadas y me tiro sobre el piso boca abajo.
Me abrió las nalgas y me escupió el culo, metió un dedo y se rio.
– jajá. Se nota que ese culo no es solo para cagar que roto lo tenes,
– Si… Me lo cogen siempre. Respondí avergonzada. Sentí que Alberto se subía sobre mis nalgas y percibí el glande duro buscándome el agujero negro.
Extrañamente, me sorprendí al notar que mi ojete se cerraba y no se abría ante la presión de la pija.
Alberto, impaciente por culearme me dijo malhumorado:
-Vamos gordota abrí el orto, ábrelo te dije hace como que te vas a tirar un pedo.
– Pese a mis intentos por relajarme mi culito no se ablandaba, probé con la sugerencia de Alberto.
Hice fuerza como que me tiraba un pedo y casi me muero de vergüenza cuando el pedito se salió de mi culo.
Alberto aprovecho y me clavo media verga.
-Toma culona pedorra. Te voy a partir el culo putona.
Yo gritaba y le pedía que no me monte tan duro, que me ardía el culo.
-Albertito por favor te lo pido no me des tan fuerte… buhhh… ayayay mi dios… Me lo vas a romper más todavía… me duele mucho el culito Albertito.
Las palabras se confundieron en un llanto… lloraba y me mordía los puños. Alberto me daba sin asco, seguramente él también quería tener su cuento para los amigos de cómo había usado a la gorda puta de 6° grado.
Después de culearme durante unos 15 minutos me disparo varios chorros de leche en el interior del culo.
Descansamos un rato y me levante, me puse el vestido y salimos del lavadero.
Yo caminaba como una gallina poniendo un huevo y sentía la leche de Alberto empastada en la zanja del culo, apreté las cachas para no chorrear, al salir vi a la hermanita de Alberto detrás de la pared del lavadero. Sin duda la niña había escuchado todo.
Bajamos la escalera y vi a la mama de Alberto en la cocina. Ella me miro curiosa y note un rictus de burla en su rostro, como diciendo “Me parece que mi nene te puso en tu lugar”
Salí, Alberto se despidió de mí diciéndome en el oído.
– Como vas a cagar lechita esta noche gordita.
Tratando de disimular la mancha que ya transparentaba el vestido a la altura de las nalgas, sin bombacha y con muchas ganas de cagar me dirigí a casa.

Publicado en: Relatos porno

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